Acción

 

 

De repente, Nathan tuvo que frenar de golpe ante un rebaño de ovejas. Consiguió frenar el coche justo a tiempo. Unos instantes más tarde se oyó otro frenazo. Al volante de la caravana, Charlie había estado a punto de chocar contra ellos. Nathan y Charlie aparcaron en el arcén de la carretera. Los jóvenes se bajaron de los vehículos. Las ovejas, impasibles, no manifestaban ninguna intención de dejar el lugar y los jóvenes no veían ningun pastor ni ningún vehículo. Nathan propuso ir a buscar al pastor. Charlie le acompañó mientras que los demás se quedaban esperándoles.
Nathan y Charlie vieron a lo lejos un hombre viejo sentado en el suelo, la cabeza inclinada sobre el pecho. Ofrecía una triste imagen de desolación. Los jóvenes se precipitaron hacia él. Los rasgos del hombre daban testimonio de una vida pasada al aire libre. Llevaba un sombrero de pastor muy desgastado y sus ropas estaban sucias. Nathan le preguntó si era su rebaño el que se encontraba en la carretera. El pastor levantó la cabeza pero no respondió. Había llorado y Nathan y Charlie se compadecieron de él.
─ ¿Qué ha pasado? le preguntó Nathan.
El pastor miró a los jóvenes y después miró al vacío que tenía ante él.
─ Cuéntenos lo que ha pasado, insistió Nathan.
─ Ya nada tiene sentido... dijo el pastor desconsolado.
Nathan podría facilmente presentarle una serie de contraargumentos, pero se dijo a sí mismo que, por el momento, lo que el hombre necesitaba era comprensión.
─ ¿Las ovejas son suyas? le preguntó.
─ Eso da igual, respondió el pastor.
─ ¿Qué quiere decir? preguntó Nathan.
─ Aunque sean mías,¡me las van a quitar! se indignó el hombre haciendo una señal en dirección a algunas casas cueva para que Nathan entendiera bien quienes eran los responsables.
Nathan tradujo para Charlie y luego se dirigió al pastor:
─ ¿Es por eso que está triste?
─ No, no es por eso.
─ ¿Qué pasa entonces?
─ Mi mujer está gravemente enferma y no creo que viva mucho más tiempo.
Nathan se tomó algo de tiempo para comprender la situación lo mejor posible.
─ ¿Su mujer está en casa? preguntó.
El pastor asintió con la cabeza e indicó con la mano un viejo caserío que no estaba lejos.
─ ¿Quiere que vayamos a verla? sugirió el joven.
El pastor levantó los ojos. Nathan vio la esperanza renacer en la mirada del hombre. Había conseguido su objetivo.
─ ¿Podría hacer algo por ella? preguntó el pastor.
Nathan no respondió, pero ayudó al hombre a ponerse de pie. Charlie se apresuró a ayudarle.
─ ¿Qué vamos a hacer ahora? se inquietó Charlie.
─ Empecemos por reagrupar el rebaño, respondió Nathan. Después conduciremos al pastor a su casa e iremos a ver a su mujer.
Antes de que Charlie hubiera podido responder, Nathan explicó:
─ Este hombre se siente terriblemente solo y nos necesita.
Volvieron junto a sus compañeros. Charlie contó lo que había pasado. Nathan pidió a Charlie y a Paul que se fueran hacia el caserio con la caravana y el coche. El y las chicas acompañaron al pastor a pie. Jessica le dijo a Nathan que no se sentía tranquila.
─ Nathan, ¿no le habrás dado falsas esperanzas a este hombre?
─ La esperanza, respondió Nathan girándose hacia ella, sé lo que es. ¿Pero qué entiendes tú por “falsas” esperanzas?
─ Pues, que tal vez ahora este anciano piense que podemos curar a su mujer.
─ Sería peor si no tuviese esa esperanza.
La respuesta de Nathan no había servido más que para aumentar el nerviosismo de la joven.
─ ¿Y si no podemos hacer nada? Murmura.
─ Jessica, por el momento, este hombre necesita nuestro apoyo. Gracias a nosotros, anda y está volviendo a casa.
Jessica reflexionó un momento sobre esta constatación.
─ ¿No ves las cosas de una manera demasiado positiva? le preguntó a Nathan.
─ ¡Tienes que tener más confianza en el efecto que podemos tener sobre la gente! le respondió.
Jessica quería saber lo que quería decir con eso, pero justo en ese momento llegaban al caserío. Charlie y Paul estaban sentados, esperándoles.
El pastor le dijo a Nathan que le siguiera hasta el primer piso. Había que subir por una escalera exterior. Nathan le pidió a Lucy y a Jessica que le acompañaran. Charlie y Paul se quedaron esperando abajo. El pastor abrió la puerta. Su mujer estaba en la cama. Nathan y las chicas entraron en la habitación. Estaba oscuro. Olía a cerrado. La habitación era pequeña y estaba sobriamente amueblada. La cama era estrecha y estaba dispuesta contra la pared. El pastor abrazó a su mujer y le susurró que tenía visita. La mujer miró a los tres jóvenes y les sonrió. El pastor les dejó y se fue para abajo.
Jessica y Lucy estaban visiblemente incómodas. Nathan se giró hacia Lucy:
─ Lucy, dijo, imagina que fuera tu madre la que estuviera aquí en vez de esta mujer. ¿Qué harías?
─ Para empezar, me gustaría que hubiera más luz.
─ Pues venga, le dijo Nathan.
─ ¿Qué quieres decir? preguntó Lucy.
─ Descorre esas pesadas cortinas, explicó Nathan. O mejor aún, coge una silla y quítalas para que haya más luz en la habitación.
Lucy dudó. Se sentía incómoda pero hizo lo que Nathan le pidió. Jessica le ayudó a retirar las cortinas. La habitación tenía ahora una luz muy agradable. Nathan se volvió entonces hacia Jessica:
─ Jessica, ¿tú que cambiarias?
Jessica abrió la ventana.
─ Cambiaría la cama de sitio para que estuviera frente a la ventana, dijo la joven.
─ Buena idea, exclamó Nathan. Voy a ayudarte.
Nathan explicó a la señora lo que pensaban hacer. Ella parecía feliz por su intervención. Los jóvenes desplazaron la cama con cuidado hasta conseguir una buena vista desde ella. Jessica y Lucy estaban contentas de ver la sincera felicidad que manifiestaba. El objetivo de Nathan se había conseguido y se dirigió a las dos jóvenes.
─ Chicas, me voy con el pastor y vuestros compañeros a ver si podemos recuperar las ovejas robadas. Lo mejor es que os quedéis aquí para ocuparos de la mujer del pastor.
─ ¿Qué podemos hacer por ella? preguntó Lucy.
─ No podemos ni siquiera hablar con ella, añade Jessica.
Nathan abandonó la habitación sin contestar. Volvió enseguida con algo para refrescar a la enferma que entregó a las jóvenes. Tenían aire desesperado pero obedecieron a Nathan.
─ ¡Seréis unas madres estupendas! aseguró Nathan con una sonrisa.
Jessica y Lucy sonreían orgullosas.
Nathan bajó de nuevo y le dijo a Paul y a Charlie que sus compañeras se quedarían con la enferma mientras que ellos iban a buscar a las ovejas. Tradujo lo que acababa de decir al pastor. Éste no se mostró muy tranquilo con la idea de salir a buscar a los ladrones, pero estaba de acuerdo con la propuesta de Nathan. Los cuatro hombres subieron al coche y el pastor le indicó la dirección a Nathan. Subieron a lo alto de una montaña. Las mujeres y los niños que se cruzaban en el camino les lanzaban miradas de irritación. Charlie y Paul se sentían incómodos.
─ ¿Estás seguro de que debemos entrometernos en esta historia?
preguntó Charlie.
─ Si estuvieras en el lugar del pastor, respondió Nathan, ¿no te gustaría que alguien te ayudase?
─ Claro que sí, ¿pero no tienes miedo? dijo Paul
─ En una situación comprometida, hay que tener tres armas.
─ ¿Armas? exclamó Paul.
─ Tranquilo, le dijo Nathan, se trata de tres actitudes.
Intrigados, Charlie y Paul escuchaban a su amigo.
─ El miedo será vencido por la valentía. La cólera será vencida por la paciencia. El odio será vencido por la paz. Retened estos tres puntos.
Paul y Charlie meditaban lo que acababan de oír. El coche llegó a una plaza, en cuyo extremo opuesto, se encuentraban cuatro hombres sentados en una mesa.
─ Recordadme la primera arma, pidió Nathan.
─ El miedo será vencido por la valentía, respondió Paul.
Nathan dijo a los otros que esperaran y bajó del coche. Se acercó a la mesa y saludó a los gitanos. Enseguida se dio cuenta de quién era el jefe. Era el hombre que se encontraba en el otro extremo de la mesa.Nathan se dirigió a él. El hombre, barbudo, musculoso, llevaba una camisa chillona.Se llamaba Paco.
─ Buenos días, le dijo Nathan.
─ ¿Qué has venido a hacer aquí? quiso saber Paco.
─ Hay un malentendido que hay que aclarar, respondió Nathan.
─ ¿Qué malentendido? se extrañó Paco.
Nathan cogió una silla y se sentó. Señaló al pastor que se había quedado en el coche.
─ El hombre que estaba sentado en la parte delantera era un pastor de por aquí, empezó. Habia dos cosas que le hacían feliz en la vida y le eran indispensables: su mujer y su trabajo de pastor.
Luis, un hombre esbelto que llevaba un chaleco, parecía estar nervioso.
─ ¿Por qué nos cuentas eso? le dijo al joven.
Nathan no respondió enseguida pero miró a los cuatro hombres uno tras otro a los ojos. Por fin, le replicó a Luis:
─ No estáis obligados a escucharme. Si no os interesa, os podéis marchar.
Nathan intuyó que sus palabras habían tenido el efecto deseado.Su intuición se confirmó cuando Paco dijo:
─ Deja a este chico contar su historia, Luis.
Nathan le dio las gracias a Paco y prosiguió:
─ Hoy este pastor es muy desgraciado. Su mujer está gravemente enferma y además le han vuelto a robar ovejas. Está a punto de perder todo lo que le hace feliz.
─ ¿Qué esperas de nosotros? le preguntó Paco a Nathan.
─ Como sabeis, respondió el joven, cada vez que se comete un robo en la región, corren rumores de que sois los culpables. Sé que a menudo, esas acusaciones no son fundadas, pero a veces, lo son. Cuando no son fundadas, tiene que saberse; pero cuando son fundadas, es de interés público desenmascarar a los culpables.
─ Supongamos que los rumores son fundados, dice Paco. ¿Por qué deberíamos denunciar a uno de los nuestros?
─ Si en la ciudad se enteran de que vosotros mismos habéis denunciado a un ladrón de entre los vuestros, sería un gesto importante, respondió Nathan.
─ ¿Qué quieres decir? preguntó Paco.
─ Ya no se podría juzgar a un grupo de la población, respondió Nathan.
Miguel, uno de los demás hombres sentados a la mesa, tomó la palabra:
─ Queremos vivir en paz.
─ Ese también es el deseo del pastor y de las personas que viven en la ciudad, aseguró Nathan, pero no os conocen. Os tienen miedo y os excluyen.
Nathan se calló durante un instante para dejar que el silencio actuara. Desde que estaba cerca de estos hombres, había percibido intuitivamente que algunos sabían más de lo que habían dicho sobre el robo de las ovejas.
─ Os pido que lo habléis entre vosotros. Yo volveré enseguida.
Nathan volvió al coche e informó a los otros de la situación.
─ ¿Qué hacemos ahora? preguntó Charlie.
─ Voy a utilizar mi segunda arma, responde Nathan. La cólera es vencida por la paciencia, recuerda Paul.
Nathan le guiño un ojo.
Durante ese tiempo, los gitanos discutieron acaloradamente. Nathan sabía que había tocado un tema espinoso: la mayoría de los gitanos deseaba tener mejores relaciones con la población local porque los niños sufrían la segregación de la que eran víctimas y los adultos también estaban hartos de tantos prejuicios.
Después de un rato, Paco llamó a Nathan. Luis explicó al joven que sabía dónde se encontraban las ovejas. Nathan se alegró de oir eso y estrechó la mano de cada uno de los hombres. Cuando le tendió la mano a Paco, éste se levantó.
─ Voy a solucionar esta historia, prometió. Decidle al pastor que mañana, antes de que amanezca, habrán vuelto sus ovejas. Le doy mi palabra.
─ El pastor estará contento, dijo Nathan sonriendo.
Abrazó a Paco. Al despedirse, Paco le dijo:
─ Decías antes que la mujer del pastor está muy enferma.
Nathan asintió con la cabeza.
─ Le voy a pedir a “la que lo sabe todo” que os acompañe, dijo Paco.
─ ¿”La que lo sabe todo”? preguntó Nathan.
─ Vive en la cueva del espíritu moro y ya ha hecho muchos milagros, explicó Paco.
─ ¿El espíritu moro? ¿Milagros? preguntó Nathan.
La desconfianza del joven no pasó desapercibida a Paco.
─ Dime, le señala Paco, cuándo viniste a vernos, ¿sabías si la situación iba a acabar bien?
─ No podía saberlo, admitió Nathan, pero siempre confío en el futuro.
─ Tienes razón. Es una buena actitud. ¡Continúa así! le sugirió Paco, sonriendo.
Nathan comprendió el mensaje. Paco envió a una joven para que preguntara si la mujer podía venir. Nathan regresó al coche y anunció que las ovejas estarían de vuelta. El pastor, Charlie y Paul se quedaron muy impresionados por lo que su amigo había conseguido. Después, Nathan informó al pastor de la propuesta de Paco de ayudar a su mujer y le preguntó si estaba dispuesto a darles una oportunidad.
─ Como viene de ti, respondió el pastor, les daré una oportunidad.
─ ¿Qué quiere decir? preguntó Nathan. ¿Tanto confía en mí?
─ Confío sobre todo en el que te envía, explicó el pastor.
─ ¿El que me envía? se extrañó Nathan.
Justo en el momento en que Nathan estaba a punto de preguntarle más cosas al pastor, una mujer se acercó a ellos. Iba vestida toda de negro y llevaba un maletín en la mano. Era la mujer de la que le había hablado Paco. Cuando vio a Nathan, le miró detenidamente antes de sonreirle con ternura. Sus dientes, muy blancos, destacaban sobre su piel morena. Nathan se presentó:
─ Me llamo Nathan. ¿Cree que puede hacer algo por la mujer que está enferma?
La gitana siguió mirando a Nathan y no respondió directamente a su pregunta.
─ Hablas bien español, señaló, pero no eres de aquí.
─ Es cierto, reconoció Nathan. Estoy de paso. ¿Quiere ayudar a la mujer enferma?
La gitana miró al pastor y de nuevo a Nathan.
─ Os seguiremos, dijo ella.
─ Muchas gracias, dijo Nathan.
─ Aún no tienes que darme las gracias, respondió la gitana.
─ Le doy las gracias por venir, respondió Nathan. Lo que pase allí dependerá en buena parte de lo que usted haga.
La gitana sonrió y se sentó en el coche de Paco en el asiento de atrás. Los dos coches tomaron el camino de la majada. Una vez que habían llegado, todos se bajaron excepto Paco, que se quedó en el coche. Se disponía a echar una cabezadita. La gitana estaba allí con su maletín. Nathan le enseñó cómo llegar a la habitación de la enferma. Jessica y Lucy estaban de pie junto a la cama. La gitana le pidió a Nathan que le trajera agua hirviendo. Luego, abrió el maletín y sacó diferentes plantas. Nathan volvió con un hervidor que depositó junto a la cama y se volvió para abajo. Charlie y Paul se habían sentado en los bancos del patio. se sento junto a ellos.
─ Nathan, pregunta Paul ¿crees en las fuerzas misteriosas?
─ A menudo, se trata simplemente de fuerzas que no conocemos todavía, respondió Nathan.
─ Soy muy escéptico con respecto a este tipo de personas, dijo Charlie, y pienso que esto no tiene mucho sentido.
─ El futuro nos dará la respuesta, respondió Nathan. Pero recuerda que, con tal de tener un lugar en nuestros recuerdos, ¡todo tiene un sentido!
Nathan había pronunciado estas palabras enérgicamente dando a entender que, por el momento, era inútil extenderse más sobre el tema. “Ya veremos si la gitana puede hacer algo o no” añadió. Mientras tanto, el pastor había traído café y galletas y las puso sobre una mesita. Nathan aprovechó la ocasión para preguntarle de qué hablaba cuando hacía alusión a su confianza en el que lo habría enviado.
─ Según usted, ¿Quién me ha envíado?
El pastor le miró, se puso cómodo e inspiró profundamente.
─ Esta mañana, dijo, me sentía desesperado y recé pidiendo ayuda.
─ ¿Y qué ha pasado? preguntó Nathan.
─ En ese momento, Charlie y tú habéis aparecido, respondió el pastor.
Nathan había aprendido a reconocer los momentos en los que, como ahora, el silencio era la mejor respuesta. Se quedó callado. Después de un momento, cerró los ojos. Paul y Charlie no tardaron en seguir su ejemplo. Nathan se durmió con la intuición de que, a partir de ahora, estaría siempre en los lugares donde podría jugar un papel importante.