Alternativa

 

 

Llegó por fin el día tan esperado. Pablo y dos amigos llegaron en un vehículo todoterreno. Nathan estaba en ese momento con algunas personas bebiendo un trago sentado en el patio. Los jóvenes se levantaron para saludar a los que acaban de llegar.
Pablo era un joven carismático con el pelo largo y negro. Charlie le presentó a Nathan y le contó cómo se habían conocido por casualidad.
─ ¿Te gusta estar aquí, Nathan? preguntó Pablo.
─ Me han acogido de manera formidable, respondió Nathan. Se vive bien aquí.
─ Eso es mérito tuyo, le señaló Pablo, que miraba atentamente al recién llegado. Los amigos de mis amigos son mis amigos, le dijo. Te propongo que dentro de un rato, comamos juntos para conocernos mejor.
─ ¡Será un placer! respondió Nathan.
Por la noche, Pablo fue a buscar a Nathan anunciándole que Maite había preparado una excelente paella. Nathan siguió a Pablo a su apartamento en el piso superior. El apartamento estaba pintando en colores vivos. Un fuego abierto envolvía al visitante con su típico calor y su olor benéfico. En medio del salón había una mesita baja redonda rodeada de grandes cojines. Mientras Pablo abría una botella, Maite salió de la cocina para recibir a Nathan. Después de haber llenado los vasos, Pablo hizo un brindis: ─ ¡Brindo por el milagro de Granada!
─ ¿El milagro de Granada? Se extrañó Nathan.
─ Las noticias vuelan, sonrió Pablo. Has producido una fuerte impresión en la comunidad y todo el mundo te respeta.
─ Por buenas razones, espero, dijo Nathan riendo.
─ Nathan, dijo Pablo seriamente, reconozco en ti las cualidades de un dirigente. Eres inteligente, puedes impresionar a los demás y consigues hacer entender bien las cosas. ¿Cuál es tu sueño?
─ Me gustaría descubrir la verdad que se esconde en lo más profundo de mi ser.
─ ¿Todavía estás buscándola?
─ ¿No lo estamos todos?
─ Mi sueño era el de fundar esta comunidad.
─ ¿Cuál era tu motivación?
─ Sabía que eso me haría feliz.
─ La verdadera felicidad es la que se da.
─ ¿Acaso cada uno de nosotros no debe alimentar sus propios sueños?
─ Aquí cada uno aprende a diferenciar sueño y realidad.
─ ¿Cómo ves el objetivo último?
─ Como muchos, deseo un mundo mejor. Aquí en Tarifa, quiero mostrar que es posible hacer las cosas de otro modo.
Nathan deseaba saber más, mucho más, pero no quiso comprometer su naciente amistad y decidió que plantearía otras preguntas más tarde. Hablaron sin parar durante el resto de la velada.
Durante las semanas siguientes, Nathan y Pablo tuvieron la ocasión de tener numerosos intercambios. La comunidad estaba preparando una fiesta. Dos veces al año, Pablo organizaba una gran fiesta que permitía a todos los miembros volver a ver a amigos y conocidos venidos de su país. Pero no era la única razón. La fiesta era, igualmente, la ocasión de presentar la comunidad y su filosofía de vida a los visitantes.
─ Es bonito ver tanta gente unida en torno a una idea, dijo Nathan.
─ Su alegría me hace feliz y me refuerza en mis convicciones, respondió Pablo. Me indica que vamos por el buen camino.
─ ¿No te da miedo que algunos dependan demasiado de ti? preguntó Nathan.
Pablo se tomó un tiempo para reflexionar. Apreciaba esas conversaciones con Nathan. Le había dicho que tenía el arte de plantear buenas preguntas, aquéllas que invitan a la reflexión y al diálogo con uno mismo. Respondió:
─ Muchas personas vagan sin rumbo fijo, necesitan un modelo que tenga una fuerte personalidad.
─ Tal vez, en efecto, te necesitaban para poder creer de nuevo en sus sueños.
─ Cada uno busca y escoge aquello que mejor responde a sus necesidades.
─ La cuestión es saber en qué medida somos libres para determinar nuestra existencia, dice Nathan.
Pablo veía lo que preocupaba al joven.
─ Sabes, Nathan, quiero simplemente liberarlos para que puedan utilizar su libre albedrío lo mejor posible.
Nathan comprendió ahora cuáles eran las razones profundas que habían empujado a Pablo a fundar la comunidad. A partir de ese momento, sus dudas acerca de Pablo se habían disipado.
─ Según tú, ¿qué es el libre albedrío? preguntó Nathan.
Pablo hablaba ahora en un tono tranquilo. Nathan reconoció esta voz que se apoyaba en la sabiduría de lo vivido.
─ A menudo parece que escojamos libremente pero en realidad, buscamos responder a las exigencias de nuestro entorno.
─ ¿Crees que escoger libremente es una ilusión? preguntó Nathan.
─ Una elección verdaderamente libre, emana siempre de lo más profundo de nuestro ser.
─ ¿Cómo reconocer lo más profundo de nuestro ser?
─ Aprendiendo de nuevo a sentir y abriéndonos plenamente a nuestra voluntad más profunda.
Nathan se tomó tiempo para dejarse impregnar por esas palabras. Luego preguntó:
─ ¿Podemos entonces determinar nuestros pensamientos?
─ Los pensamientos aparecen espontáneamente sin que lo decidamos. Pero podemos decidir lo que haremos con ellos. Podemos determinar en qué medida dejamos que los pensamientos influyan en nuestros sentimientos.
Nathan veía cosas parecidas a las que había aprendido anteriormente. Le impresionaba que Pablo, Mauro y Simón hubieran llegado a las mismas conclusiones, a pesar de las diferencias en su formación y en su existencia. Pablo continuó:
─ Si podemos reconocer los pensamientos de nuestro ser más profundo, también podremos comprender todos los aspectos de nuestros condicionamientos y liberarnos de ellos. A partir de ese momento, daremos un salto hacia otra dimensión.
─ ¿Otra dimensión?
─ Una dimensión en la que entendemos cómo encontrar la felicidad.
─ ¿Todos los miembros de la comunidad comprenden hacia dónde les quieres conducir?
─ Para algunos, lo que digo no parece ahora más que una bonita idea, pero un día, comprenderán esta sabiduría.
─ Pareces tener plena confianza en ellos y en esta evolución, señaló Nathan.
─ Todos los ríos, pequeños o grandes, desembocan en el mar, dijo Pablo.
Simón utilizaba la misma imagen. Nathan preguntó:
─ ¿Cuándo sabes que alguien ha comprendido tus ideas?
─ Cuando la cuestión de saber cómo ser feliz no se plantea, porque vive en la dimensión del maravilloso misterio.
─ ¿El maravilloso misterio?
─ En esta dimensión, el camino hacia la felicidad se hace cada vez más claro y cada experiencia nos ilumina un poco más.
Pablo se calló y miró los troncos que ardían. Luego retomó en voz alta su reflexión:
─ Al final, no hay nada más importante que las experiencias que hacen evolucionar a las conciencia llevándonos a un nivel más elevado y nos permiten alcanzar cierta profundidad.
─ ¿Qué vivimos entonces, exactamente?
Pablo echó un vistazo a Nathan, fijó de nuevo su mirada en las llamas y respondió:
─ Como ya he dicho…¡el maravilloso misterio!
Nathan no dijo nada durante un momento. Sabía que Pablo llevaba una vida espiritual de la que hablaba poco. Durante los escasos momentos en los que la gente hablaba, Nathan había aprendido a permanecer en silencio y, sobre todo, a escuchar. Pablo precisó: ─ Podemos reconocer algo del maravilloso misterio en todo lo que existe, pero es dentro de nuestra propia sensibilidad donde lo experimentamos totalmente.
─ ¿Se trata de una cuestión de fe?
─ Cada uno puede elegir determinar lo que entiende por “maravilloso misterio”. Intento simplemente sembrar granos preciosos.
─ ¿Sembrar granos preciosos?
─ Se trata de compartir mis experiencias y lo que he comprendido.
─ ¿Por qué hablas de semillas?
─ Cuando alguien está buscando de verdad el objetivo de su vida, su sensibilidad se convierte en un terreno fértil capaz de dejar crecer los granos que se han sembrado.
Esta conversación con Pablo hizo renacer en Nathan nuevas preguntas, pero se las guardó para más tarde. Durante los días siguientes, Nathan conoció a muchos amigos y conocidos de los miembros de la comunidad. Como solía suceder, no dejó a nadie indiferente. Nathan y Pablo pasaban ahora mucho tiempo juntos y su amistad crecía. Al final del invierno pasaron algunas horas navegando en la Costa de la Luz, que se extiende de Tarifa a la frontera con Portugal. Cuando caía la tarde, amarraban la barca en la bahía de Cádiz y escogían un restaurante con vista sobre la bahía. Se sentaron en la terraza, frente al mar. Reinaba un ambiente poco habitual, como si bajo el presentimiento de una amenaza cercana, la ciudad hubiera sido abandonada. Pablo también lo encontraba extraño; “Cádiz es normalmente una ciudad mucho más animada” remarcó. Pero lo más extraño para Nathan es que ese ambiente le recordaba a Sophie, sobre todo al día que se dijeron adiós en la playa de Sables d´Olonne. La última vez que la llamó le dijo que estaba bien, pero que no pasaba un día sin que pensara en él. ¿Sentía remordimientos o se trataba de otra cosa? Pablo se dio cuenta del silencio de Nathan.
─ Pareces perdido en tus pensamientos…
Nathan no quería aburrir a Pablo con su historia. Ni él mismo sabía qué pensar. Por el contrario, el momento podría ser ideal para plantear algunas preguntas a Pablo sobre su visión espiritual.
─ ¿Crees que algún día deberemos dar cuenta de nuestros actos? preguntó.
─ Sabes, Nathan, yo procedo de Colombia, un país donde hay muchos edificios religiosos pero donde la violencia se ve en todas partes. He perdido a muchos allegados y amigos, pero he aprendido algo muy importante. Pablo se tomó tiempo para elegir bien sus palabras y prosiguió:
─ Pienso que si algún día tenemos que aparecer delante de un Creador, no preguntará por qué no hemos sido más fuertes que nuestra esclavitud o por qué no hemos recomendado este libro santo o el otro. Ni siquiera preguntará en qué nos hemos basado para atribuirnos el derecho a matar.
─ ¿Qué preguntará entonces?
─ La única pregunta que nos hará, será: “¿Por qué no has llegado a ser lo que verdaderamente eres?”
Nathan no dijo nada durante un momento y se tomó algo de tiempo para comprender la visión de Pablo. Al final, le preguntó:
─ ¿Qué piensas de los argumentos morales a los que mucha gente se somete por voluntad propia?
─ La única moral que deberíamos tener es que nuestra búsqueda de la felicidad no se haga en detrimento de la felicidad de otras personas.
─ Es una pena que no todo el mundo lo vea así…
Sabía desde hacía tiempo que su aprendizaje en la comunidad estaba llegando a su fin y que pronto se marcharía de nuevo. Había aprendido muchísimas cosas al lado de Pablo. Todavía no sabía cuál sería su próximo destino, pero estaba convencido de que pronto, reconocería nuevas señales. Miró a Pablo:
─ Pablo, tengo que decirte algo.
─ Lo sé, Nathan.
─ ¿Qué sabes?
─ Que tienes que seguir tu camino.
Nathan se quedó extrañado.
─ Tu estancia aquí no ha sido para ti más que una etapa intermedia, prosiguió Pablo. Me siento honrado por tu estancia entre nosotros y me siento agradecido por todo lo que hemos podido aprender el uno del otro.
─ ¡Aún no se lo había dicho a nadie! ¿Cómo lo has podido saber?
Pablo miró a Nathan a los ojos y le puso la mano sobre el hombro.
─ ¿Me creerás si te digo que me parece haber tenido ya esta conversación en este mismo lugar?
─ ¿Sabías que había llegado el momento de proseguir mi viaje?
─ Para mí, no es ninguna sorpresa. Allá donde vayas, ampliarás tus conocimientos para luego continuar viajando.
─ ¿Sabes algo también sobre mi próximo destino?
─ Me acuerdo que te veía partir en un barco.
En ese momento, el viento empezó a soplar. Unas fuertes ráfagas levantaron la arena y aparecieron unas imponentes nubes de arena. La tormenta era impresionante y todos los clientes se apresuraron en ponerse a cubierto en el interior del restaurante mientras que el viento se llevaba sillas y mesas por delante. Nathan y Pablo, al igual que los demás, contemplaban el espectáculo que ofrecía la naturaleza. Todo el mundo estaba impresionado por el misterio que se desprendía. Un cliente decía en voz alta que este viento tenía tal fuerza que podía transportar arena del Sáhara hasta aquí. El viento mantuvo su violencia todavía durante un rato, antes de amainar de forma repentina. Nathan abrió la puerta y salió seguido de Pablo. Varios clientes parecían inquietos. Pablo cerró la puerta tras él y se reunió con Nathan. Los dos juntos miraban el continente africano más allá de la extensión de agua.
─ El misterio de la naturaleza es el más grande de todos, dijo Nathan pensativo.
─ Tú puedes aclarar una gran parte de este misterio y explicárnoslo, respondió Pablo.
Sorprendido, Nathan se giró hacia Pablo.
─ Me he dado cuenta desde que nos vimos por primera vez, prosiguió Pablo.
Nathan dirigió su mirada hacia el mar.
─ No es la primera vez que me lo dicen. Lo que pasa es que no sé cómo hacerlo.
─ Tal vez el consejo de Tagore pueda ayudarte. El poeta indio dijo un día: “No se puede atravesar el mar permaneciendo simplemente de pie mirando el agua”.
Justo en ese momento, el viento traía olores del continente que tenían enfrente y que Nathan todavía no conocía.
─ Otra cosa que dijo Tagore, continuó Pablo, es que: “ la misión del viento es repartir mensajes. Cuánto más fuerte es el viento, más importante es el mensaje”.
Cansados después de tantas señales, Pablo y Nathan decidieron pasar la noche en un albergue del centro de Cádiz. Al día siguiente, el sol brillaba y no había el menor soplo de viento. La ciudad volvía a estar tan animada como siempre. Se podría creer que la tormenta de ayer no había sido más que un sueño.
Pablo y Nathan volvieron a Tarifa. Nathan preparó su partida. Pablo se puso en contacto con Adnán, un amigo que vivía en Marruecos. Adnán se ofreció enseguida a alojar a Nathan. Pablo anunció la buena noticia al joven:
─ Uno de mis amigos te esperará a tu llegada a Tánger.
─ Gracias por todo lo que has hecho por mí, dijo Nathan.
─ Adnán es un buen amigo mío, dijo Pablo sonriendo. Estoy seguro de que os llevaréis bien.
Nathan organizó una fiesta de despedida y regaló su coche a la comunidad para agradecer su estancia. Al día siguiente, cruzaría el mar. Cuando llegara a la otra orilla y el barco estuviera amarrado en el muelle, habría llegado a África.