Belleza
Sophie llegó a Salvador con un hermoso día de sol. Su rostro resplandeció al ver a Nathan. Corrieron el uno hacia el otro y se fundieron en un profundo abrazo. Nathan le presentó Sophie a Melvin. Mientras se dirigían a la ciudad, Sophie habló de su éxito durante su visita a Estados Unidos. Sus esculturas habían obtenido gran admiración y aún tenía una serie de exposiciones que realizar. Dijo también que Jennifer y sus amigos habían sido formidables. Les enviaron recuerdos a Nathan. Agregó que habían dejado una impresión en ella que jamás olvidaría. Además, Sophie contó algo que a Nathan le dio mucho gusto oír. Zack y Deborah habían vuelto a ser pareja y estaban planeando ir a vivir pronto juntos. Aún no habían decidido si ir a vivir a Nueva York o a San Francisco. Los primeros días, Nathan y Sophie pasaron mucho tiempo en los rincones idílicos al sur de Salvador, a lo largo de las magníficas playas que se extendían hasta Itacaré. Para empezar, visitaron las piscinas naturales de Morro de São Paulo. A Sophie le impactó la belleza de la naturaleza y la amabilidad de sus habitantes. Después de Morro de São Paulo, siguieron su camino y descubrieron las playas paradisíacas de Maraú. Sophie y Nathan hablaron de lo que habían vivido hasta entonces. Supo que, a menudo, Sophie había recibido noticias suyas. Durante sus conversaciones, Nathan notó que su espiritualidad había evolucionado considerablemente. Pudo verlo, principalmente, por su manera de comportarse con los demás y por las preguntas que les hacía. En una playa solitaria, tumbados sobre la arena, Sophie le preguntó algo importante a Nathan. Quería saber cómo podía convencer a la gente de que cada uno de nosotros tiene un objetivo único en la vida y de que todos formamos parte de un orden universal.
─ Durante todo este año, en ocasiones he mantenido conversaciones sobre el orden universal en el que vivimos, dijo Sophie. Noté que era un tema complejo para quienes ni siquiera creen en la existencia de una fuerza superior.
─ Para aquellos que han perdido la fe en ese todo del que forman parte, redescubrir que existe una fuerza superior es precisamente ¡el objetivo principal de sus vidas!
─ ¿Cómo podríamos ayudarles a tomar Conciencia?
Nathan se apoyó en un codo y miró a Sophie. El sol destellaba en sus ojos verdes. Tenía un hermoso bronceado de tono acaramelado. El joven se dio cuenta del amor que profesaba por ella. No amaba a nadie con tanta intensidad como a ella. Se acostó en la arena para que la joven pudiera apoyar su cabeza en su pecho.
─ Es algo que me pregunto desde mi niñez, respondió el joven. Cada día que pasa, me lo sigo preguntando.
─ ¿Has hallado alguna respuesta? preguntó Sophie.
Nathan pensó un instante para encontrar las palabras correctas y respondió:
─ Descubrir que existe un poder superior es un proceso que sólo puede vivirse por experiencia propia.
─ ¿Podemos estimular este proceso en los demás? preguntó Sophie.
─ Solamente si la persona está preparada y no antes.
─ ¿Y cómo lo podemos saber?
Nathan pensó que Sophie esperaba un ejemplo concreto.
─ Si ves que una persona busca con sinceridad probar que realmente existe una fuerza superior, proponle por ejemplo sumergirse en el agua, sola, una noche despejada y mirar las estrellas en el cielo.
─ ¿En un lago?, ¿en el mar?
─ El lugar es indiferente. Cuando alguien contempla mucho tiempo la inmensidad del cielo, de inmediato tendrá una sensación extraña y podrá sentir que el universo es asombroso.
─ ¿Siempre se logra tener esta sensación?
─ Hay muchas maneras de sentirla. La única condición es querer sentirla.
─ ¿Qué sucede si tiene miedo?
─ Vencer el miedo forma parte del proceso. Diles que no hay nada que temer, sino que, por el contrario, si son receptivos tendrán una sensación maravillosa que quedará grabada para siempre en su memoria.
Al volver a Salvador, Melvin les dijo que le habían invitado a un congreso en Fortaleza y que Adriana y Claudio le acompañarían. Les propuso a Nathan y a Sophie ir con él y quedarse quince días en esa tranquila ciudad, al norte del país. Nathan y Sophie aceptaron su propuesta. El día del viaje, se encontraron todos en el aeropuerto. El pequeño Claudio durmió durante todo el vuelo. Sophie y Adriana charlaron tranquilamente para conocerse más. Melvin le habló a Nathan de la conferencia que iba a dar en Fortaleza.
─ ¿Te acuerdas que, durante mi ponencia en Los Ángeles, había dividido la realidad sensible en tres dimensiones? preguntó Melvin.
─ Aún recuerdo con precisión lo que dijiste, respondió Nathan. Explicabas que la realidad podía dividirse en tres dimensiones: la física, la intelectual y la espiritual.
─ Esta vez, quisiera abordar el tema en profundidad y mostrar que junto al conocimiento que se obtiene en estas tres dimensiones, también existe otro tipo de conocimiento igualmente importante, el interior, que nos permite entrar en contacto con el universo que hay en nosotros mismos.
─ Tengo una curiosidad. ¿Por qué no has mencionado nada en Los Ángeles?
─ Porque recientemente me he dado cuenta de que la fuente de tal conocimiento no se puede hallar en nuestra realidad tangible. Podrá parecer algo raro, pero me he dado cuenta de ello en el catamarán cerca de las islas de Abrolhos, mientras admiraba el espectáculo de ballenas con Claudio en brazos.
─ ¿Qué pensaste en ese momento?
─ Me acordé de la conversación que tuvimos en Arraial d’Ajuda y de lo que habías dicho a propósito de tu experiencia con el universo en el que vivimos.
─ ¿Qué entendiste en ese momento?
─ Supe claramente que, para entender la esencia de la vida, necesitamos algo adicional, más allá del conocimiento sensible.
─ ¿Qué? preguntó Nathan, curioso de lo que Melvin iba a decirle.
─ ¡... belleza, Nathan! Debemos aprender a reconocer la belleza y a sentirla por todos lados.
Nathan no pronunció palabra, sumido en sus pensamientos.
─ Me di cuenta de que para reconocer la esencia de la espiritualidad, no basta con el puro conocimiento. Si bien es cierto que el conocimiento nos ayuda a mejorar la comprensión de lo que sabemos en lo más profundo de nuestro ser, de igual manera es necesario sentir la belleza, la belleza en todas sus formas.
Nathan escuchaba atentamente.
─ Para poder sentir la belleza, debemos desarrollar una característica en particular: la receptividad. Cuanto más receptivos seamos, aún más reconoceremos la belleza.
Melvin esperaba la reacción de Nathan, que miraba por la ventana con aire soñador. Nathan respondió al cabo de un rato.
─ Tienes toda la razón, Melvin. Si aprendemos a reconocer la belleza, ¡descubriremos la esencia del hombre, de la naturaleza y de la espiritualidad!
Melvin estaba contento de que Nathan también compartiera su opinión.
─ El mundo es, por así decirlo, un milagro, prosiguió Nathan.
─ ¿Por qué lo dices? preguntó Melvin.
─ Adnan, un amigo que vive en Marruecos, me dijo un día que el nivel de Conciencia de los grandes mamíferos marinos era muy cercano al estado de meditación. Me dijo que si fuéramos capaces de ser lo suficientemente receptivos a tal silencio, podríamos desarrollar una inteligencia capaz de crear planes aún desconocidos para nosotros.
Melvin reflexionó en silencio.
─ ¿Piensas que he entendido esto mientras miraba el espectáculo de ballenas?, preguntó entonces a Nathan.
─ Sabes, Melvin, respondió Nathan, estoy convencido de que nos queda aún mucho por aprender de la naturaleza.
─ Un día conocí a un anciano formidable, un descendiente indígena, dijo Melvin. Sucedió en Lençois, una pequeña ciudad en una zona apartada del estado de Bahía. Se llamaba Thiago y trabajaba como guía en el parque nacional de la Chapada Diamantina.
─ ¿Cómo lo conociste?
─ Había asistido a una de mis conferencias. Era muy diferente de los demás asistentes. Después de mi ponencia, vino a mi encuentro para conocerme. Me dijo que sus ancestros eran indios pataxó, los primeros habitantes de la región. Recuerdo que me agradeció por mi forma de ser. Le pregunté cómo me veía y me respondió: “Como alguien que ayuda a los demás a entender lo que sienten y por qué sienten de esa manera.”
─ ¿Has vuelto a ver a ese hombre?
─ No, pero me dijo que nos volveríamos a encontrar. Le respondí que era probable que no sucediera, por mis múltiples viajes. Lo que me respondió me dejó atónito. Me dijo que llegaría el día en el que le buscaría en la Chapada Diamantina.
Melvin trató de recordar con precisión toda la conversación.
─ Le pregunté qué le hacía pensar que eso ocurriría. Me respondió algo aún más sorprendente. Me dijo que, si quería entender el verdadero origen de nuestra existencia, debía en primer lugar ser capaz de reconocer la belleza de la vida.
─ ¿Dijo alguna otra cosa?
─ Dijo que quien fuera capaz de lograrlo experimentaría una paz interior que le permitiría realizarse de verdad.
Nathan y Melvin permanecieron en silencio. Asomado a la ventana, Nathan miraba el cielo azul.
─ Quizás haya llegado el momento de buscar a ese hombre, dijo Nathan. ¿Sabes dónde encontrarlo?
─ Me habló de un campamento en el camino que lleva a la fuente mágica.
El avión aterrizó en el aeropuerto de Fortaleza. Era mediodía y el congreso sería al día siguiente. Todos en grupo se dirigieron primero al hotel y luego salieron a pasear por la ciudad. Fortaleza era una ciudad muy animada. El centro de la ciudad era agradable, ofrecía hermosas playas de arena y concurridos restaurantes y bares. Se oía música de fiesta y la gente, aquí también, era muy cordial y amigable, cualidades que, según ellos, se explican por vivir en un país de sol.
Al día siguiente, Melvin dio su conferencia. Finalmente, mencionó lo que había hablado con Nathan sobre la importancia de sentir la belleza. La conferencia fue todo un éxito. Nathan notó que Melvin era una persona distinguidamente reconocida. Una mujer del público le dijo a Nathan que los libros de Melvin tenían éxito no sólo en Estados Unidos, sino también en Brasil, en el que estaban actualmente en venta y muy de moda. Un día después de la conferencia, el pequeño grupo de amigos se dirigió a explorar la costa del estado de Ceara. A Nathan, los maravillosos paisajes de dunas le recordaron el desierto del Sahara. Como en el Sahara, en este lugar la naturaleza respiraba calma por doquier y producía una extraordinaria sensación de libertad. En la playa paradisíaca de Jericoacoara, comúnmente llamada por los locales Jeri, Melvin anunció que había decidido ir en busca de Thiago en la Chapada Diamantina. Agregó que desearía que Nathan y Sophie le acompañasen. Durante el trayecto de regreso a Salvador, Nathan y Sophie hablaron sobre la propuesta de Melvin. Sophie comentó que había leído mucho sobre la región y que había tenido el presentimiento de visitarla algún día. Los tres se marcharon a Lençois unos días más tarde. Adriana no podía acompañarles por sus obligaciones en el hospital donde trabajaba. Llegados a Lençois, Melvin, Nathan y Sophie pasaron la noche en un hotel y se marcharon en un auto la mañana siguiente hacia el parque natural de la Chapada Diamantina, donde la naturaleza se conservaba aún virgen.
Desde el comienzo de sus expediciones, los tres amigos estaban fascinados con el imponente paisaje de montaña y la extraordinaria variedad de la flora y de la fauna que descubrían a su paso. Caminaron por los profundo valles, a lo largo de los ríos y de los lagos de una belleza que les dejaba boquiabiertos. Después de algunas horas de caminar por la selva tropical, Nathan oyó un ruido que se amplificaba cada vez más. Un poco más tarde, Sophie oyó el mismo ruido y a su vez, también Melvin lo pudo percibir. Nathan aceleró el paso y fue el primero en llegar a la linde de la selva. Se detuvo y alzó la mirada. Sophie y Melvin se apresuraron a alcanzarle. Los tres quedaron estupefactos por la belleza del paisaje. Ante sus ojos, una majestuosa cascada se extendía por una laguna en todo su esplendor. Nathan y Sophie se apresuraron a aproximarse a la cascada y se desvistieron para saltar al agua. Melvin no les dijo nada y apoyó los codos en un peñasco para admirar el paisaje. Nathan y Sophie insistieron largo rato hasta que, finalmente, Melvin decidió unirse a ellos y sumergirse también en el agua.
─ Debe ser uno de esos pocos lugares de la tierra que han permanecido intactos hasta ahora, dijo Nathan.
─ ¿Sabes lo que pienso en este momento, Melvin? preguntó Sophie. Lo que has dicho sobre la belleza. Me pareció la parte más bella de tu ponencia y no soy la única en pensarlo.
─ Después de la conferencia, todo el mundo hablaba de lo que habías expuesto, dijo animado Nathan. Un hombre incluso me dijo algo muy hermoso. Dijo: “La belleza refleja la felicidad.”
─ Es verdaderamente muy hermoso, dijo Melvin.
Salieron del agua para seguir su camino. Encontraron a un grupo de jóvenes que iban de excursión por el lugar y le preguntaron a su guía si sabía dónde se hallaba la fuente mágica. El guía les respondió que, seguramente, buscaban la fuente encantada. Les dijo que la forma más fácil de llegar ahí era por los ríos. Debían seguir pequeños riachuelos hasta dar con un gran río. Luego, debían tomar una gaiola, un pequeño bote de río usado por los indios. Los tres amigos siguieron las instrucciones y, una media hora más tarde, llegaron al río São Francisco, un imponente río que atraviesa la Chapada Diamantina. Observaron que en la otra orilla había algunos indios en sus gaiolas. Les hicieron señas y uno de los indios vino hacia ellos en su embarcación. Melvin le preguntó si podía llevarles a la fuente encantada y el indio les invitó a subir a bordo. En el bote, los tres disfrutaban de los magníficos paisajes en los que se adentraban y se deleitaban con la tranquilidad reinante. Nathan comentó que era uno de los lugares más impactantes que jamás había visitado. Melvin le preguntó al indio por qué a la fuente a la que querían ir se la denominaba la fuente encantada. El hombre respondió que se le decía así, porque la fuente poseía un poder mágico. Todos los que mirasen el fondo a través del agua cristalina recordarían para siempre lo que es la belleza. Nathan acomodó su cabeza sobre el regazo de Sophie. Estaba en silencio, miraba el desfile del paisaje; pero al oír lo que el indio había dicho, se incorporó. Sin pronunciar palabra, Melvin y él intercambiaron una mirada. Un rato más tarde, el indio amarró la embarcación. Melvin le preguntó si conocía a un hombre llamado Thiago. Mientras les ayudaba a descender tranquilamente del bote, el indio le respondió que habían llegado precisamente a la morada de Thiago. Sophie propuso acordar una hora para regresar en bote. Melvin quiso hablarlo con el hombre, pero le respondió que estando en la morada de Thiago no debían preocuparse por nada y se fue en su bote por el río. Apenas los tres amigos se pusieron en marcha, un indio anciano vino a su encuentro. Tenía la piel oscura, el pecho desnudo y largos cabellos negros sujetos en una cola de caballo. A pesar de su edad, parecía estar en plena forma.
─ ¡Buenos días Melvin, me agrada que hayas venido con amigos!
Melvin alzó la mirada y reconoció a Thiago. Estaba sorprendido de que hubiera venido a buscarle hasta ahí. Se podía decir que el anciano hubiera sabido que Melvin iría a verle ese día.
─ ¡Buenos días Thiago!, respondió Melvin, ¡Y nosotros que pensábamos darte una sorpresa!
─ ¡Es difícil sorprender a un viejo guerrero como yo! respondió Thiago riendo.
Melvin le presentó a Sophie y a Nathan. Thiago saludó a Sophie, luego le extendió la mano a Nathan y la estrechó por mucho tiempo, mientras miraba al joven en silencio. Después le soltó la mano y se dirigió a los tres amigos:
─ Me honra vuestra visita y os doy la bienvenida.
Se giró sin más y les hizo señas de seguirle. Caminaron por la selva tropical en la que pudieron admirar orquídeas salvajes. Melvin, así como Nathan y Sophie, se preguntaba cómo era posible que Thiago hubiese venido en el mismo momento de su llegada. Thiago había dicho que les esperaba, ¿Pero, cómo era eso posible? Melvin no le había anunciado su visita, ni siquiera le había dado sus contactos. Al oír que Nathan y Sophie hablaban de lo mismo, Melvin les hizo entender con un gesto que él tampoco entendía nada. Decidieron dejar este asunto en el aire. Nathan dijo que sólo tenía curiosidad de ver el giro que tomaría ese viaje. Después de una larga caminata, llegaron cerca de un pequeño campamento delante de una profunda cueva. Algunas mujeres y niños recibieron al grupo.
─ Vivo aquí junto con nuestra pequeña comunidad, dijo Thiago. Soy el jefe. Los hombres están ahora en el trabajo. Son guías, acompañan a los visitantes por la región. Pronto estarán de vuelta.
Era ya algo tarde y el sol estaba a punto de ocultarse. Las mujeres estaban ocupadas preparando la cena. Al parecer, los tres visitantes iban a pasar la noche ahí. Thiago les explicó que al día siguiente les daría más información sobre la fuente mágica, antes de emprender la caminata para ir al lugar. Mientras tanto, Melvin había ido a refrescarse y Sophie se presentó ante al grupo de mujeres. Aunque no conocía la lengua, Sophie podía comunicarse con las mujeres indias y se adaptaba sin dificultad. Thiago fue a buscar madera para hacer una hoguera más tarde y Nathan le ayudó. La escena le recordó el día en el que había caminado junto al sabio y a la mujer india hacia la cima del Tajumulco, en Guatemala. También habían preparado una hoguera. Pero esta vez, la hoguera serviría para iluminar el campo una vez caída la noche. Melvin tuvo el honor de encenderla. Mientras tanto, los demás hombres de la comunidad habían regresado; tomaron asiento alrededor de la hoguera. Conocieron a sus huéspedes mientras degustaban la comida vegetariana que se había servido para la cena. Después de cenar, anfitriones y huéspedes se acercaron los unos a los otros para conversar.
─ He visitado grandes ciudades, empezó Thiago, pero ninguna me ha cautivado. Y tampoco entiendo porqué tanta gente elige vivir en esos lugares donde hay contaminación, pobreza y violencia.
─ La mayoría trata sólo de sobrevivir, respondió Nathan.
─ ¿Cuáles serían sus metas?
─ No tienen ni grandes objetivos ni ideales y viven a menudo sumidos en ellos mismos, siguió Nathan.
─ Están desamparados, confirmó Melvin, y buscan el bienestar material porque les han enseñado que es una necesidad.
Sophie se dirigió a Thiago:
─ Si pudieras cambiar el mundo en el que vive esa gente, ¿qué harías?
Thiago reflexionó un momento.
─ Me imagino ese mundo como un desierto espiritual. Haría que la gente conociera nuevamente la fuerza de la naturaleza para recordarles que forman parte de ella. Así pueden detenerse y reflexionar sobre los tres saberes existenciales.
Melvin traducía para Nathan y Sophie todo lo que decía Thiago, ya que tenían dificultad para entenderle.
─ ¿Cuáles son los tres saberes espirituales? preguntó Sophie.
─ Se trata de saberes que nos hacen entender por qué estamos en la tierra y cuál es nuestra meta en ella.
Thiago hizo un breve silencio antes de seguir.
─ El primer saber consiste en comprender de cuál entorno natural hemos venido, de cuáles padres y madres hemos nacido y en cuál comunidad hemos crecido. Para comprender nuestras posibilidades y nuestros límites, y continuar nuestra evolución a partir de ellos, es importante examinar cuáles son los genes y los valores que hemos heredado.
En ese momento, una mariposa de colores vivos se colocó en el hombro de Thiago, que seguía hablando sin distraerse:
─ El segundo saber es darse cuenta de que poseemos capacidades únicas. Aquí, la naturaleza también nos ayuda a recordar que somos el eslabón más reciente de la cadena evolutiva y que tenemos la formidable capacidad de imaginar, crear y de amar.
Después de estas palabras, Thiago se puso de pie y cogió una cesta de mangos. Todos pensaban que iba a usarlos para explicar el tercer saber. Pero, colocó la cesta en medio del grupo, tomó un mango, lo cortó y se lo comió. Mientras lo saboreaba, miraba a lo lejos, perdido en sus pensamientos. Melvin, Nathan y Sophie se miraron atónitos. Nadie dijo una sola palabra por un largo rato. Finalmente, Melvin le preguntó a Thiago si no había un tercer saber. Thiago le miró y cortó otro trozo de mango. Después de comerlo, respondió:
─ El tercer saber, podéis adivinarlo. Se trata de que un día, no estaremos más en esta tierra.
Calló y miró nuevamente a lo lejos con aire soñador. Nathan, así como Sophie y Melvin, estaba fascinado con Thiago, por su capacidad de enseñar y por su sabiduría.
─ Queremos agradecerte, dijo Melvin, por compartir con nosotros lo que la naturaleza te ha enseñado.
─ Nosotros también pensamos que mucha gente ha perdido el contacto con la naturaleza, agregó Nathan.
─ Muchos han incluso perdido el contacto con los demás, concluyó Sophie.
─ Todo lo que no se usa, languidece, repitió Thiago. Cuando no se siente la fuerza de la naturaleza, se pierde el sentimiento de fraternidad con la tierra; con el mundo de las plantas; con el reino animal y, por último, con los seres humanos.
─ El asunto es saber si todo el mundo es aún capaz de comprender la naturaleza, preguntó Melvin.
─ En este momento, mucha gente ni siquiera comprende sus propios sentimientos, respondió Thiago. Y sin embargo, sólo por medio de nuestros sentimientos podemos comprender la infinidad de la naturaleza.
Nathan estaba impresionado por los conocimientos que Thiago había adquirido sin ni siquiera ir a la escuela. Sabía por Melvin que Thiago no había siquiera leído un solo libro. Sin embargo, poseía muchos más conocimientos que la mayoría de la gente. Thiago les propuso ahora irse a dormir antes de que se hiciese más tarde, para estar bien descansados por la mañana y ponerse en marcha. Mientras tanto, ya estaban preparadas las hamacas de los visitantes.
A la mañana siguiente, el aroma a buñuelos calientes despertó a los tres amigos. A Nathan, el aroma le recordó su estancia en Marruecos en casa de Adnan. Después del almuerzo, Thiago, Nathan, Sophie y Melvin se marcharon hacia la fuente mágica. En el camino, Melvin quiso agregar algo a propósito de la conversación mantenida la noche anterior. Nathan le escuchó sin interrumpirle.
─ Thiago, me quedé pensando en lo que hablamos ayer. Incluso tomé notas porque quisiera hablar de ello en mi próxima conferencia.
─ Es también el motivo de tu presencia aquí, respondió Thiago. Enseñas a la gente a que preste más atención a la naturaleza.
─ Quiero, de hecho, clasificar los milagros de la naturaleza. Quizás ayude a algunas personas a que entiendan mis palabras dentro de su contexto.
Thiago opinó con la cabeza sin agregar más.
Un poco más tarde, Thiago se detuvo en un claro de la selva. Probablemente era un lugar que se escogía a menudo para descansar o conversar. Se podía suponer por los troncos de árbol dispuestos en círculo. Thiago se sentó y esperó a que todos siguieran su ejemplo. Compartió el agua que llevaba consigo con el resto del grupo. Estaba claro que había escogido este lugar para hablar sobre la fuente mágica. Después de cada oración, Thiago esperaba que Melvin tradujera sus ideas.
─ Si hoy habéis venido los tres aquí, no es por casualidad, sino para aprender una importante lección que os aclarará el objetivo de vuestras vidas.
Después de un instante de silencio, Thiago prosiguió:
─ Así como tampoco es casualidad que os hayáis conocido en esta vida, nada ocurre por casualidad. Melvin y, tú también, Sophie, le otorgáis una importancia vital al cumplimiento de la gran misión.
Melvin se limitó a traducir lo que decía Thiago. No hizo ninguna pregunta. Nathan y Sophie tampoco. Sin embargo, los tres tenían curiosidad por saber en qué consistía la gran misión de la que hablaba Thiago.
─ ¡La gente se fundirá nuevamente con la luz, que es la fuente de la vida sobre la tierra!
El tono de la voz de Thiago se tornó más grave.
─ Para ello, la gente deberá enfrentarse a la fuerza de la naturaleza. Lo que parecerá en un primer momento un gran caos, nos hará tomar Conciencia progresivamente del orden que reina en el universo y del papel exclusivo que cada uno desempeña en él.
Thiago bebió un poco de agua y prosiguió con el mismo tono.
─ Para enfrentarnos a tal fuerza, la naturaleza nos ha enviado a alguien. Alguien que, como ningún otro, puede entender a la humanidad y saber cómo llevar a cabo esta misión.
Cuando Melvin tradujo estas últimas palabras, todos supieron que la persona en cuestión no era otra sino Nathan.
─ ¿Estás seguro de tal profecía? preguntó Melvin.
Thiago habló nuevamente adoptando un tono más tranquilo.
─ Su llegada ha sido anunciada desde hace mucho tiempo.
Sophie tomó la palabra. También estaba convencida de que Thiago hablaba de Nathan. Melvin le tradujo su pregunta:
─ Pero, ¿Cómo puedes estar tan seguro de que se trate de esa persona?
─ Soy capaz de reconocer los diferentes niveles de Conciencia.
Thiago hizo una breve pausa y luego retomó la palabra.
─ Jamás he conocido a alguien que buscara la espiritualidad con tanta intensidad. Hablo de Nathan.
Ahora que se había pronunciado el nombre de Nathan, el silencio reinó hasta que el joven tomó la palabra.
─ ¿Cuáles son las informaciones importantes que vamos a recibir hoy ante la fuente mágica?
Thiago se tomó nuevamente su tiempo antes de responder.
─ Si bien nuestra capacidad de pensar es grande, tarde o temprano, nuestra mente chocará contra sus propios límites y podremos superarlos sólo si comprendemos que la naturaleza de nuestro ser no se halla en nosotros mismos.
─ Si no se halla en nosotros mismos, entonces ¿dónde? preguntó Melvin.
─ En nuestra espiritualidad, respondió Thiago.
─ ¿Qué entiendes por nuestra espiritualidad? preguntó Melvin.
─ Creo que sé de qué quiere hablar Thiago, dijo Nathan. Thiago habla de nuestro yo verdadero, que existe incluso antes de nuestro nacimiento y permanecerá después de la muerte... Thiago habla de nuestra sensibilidad.
Melvin traducía para Thiago lo que Nathan acababa de decir y le preguntó si era eso de lo que quería hablar. Thiago miró a Nathan y asintió con la cabeza.
─ Nuestra mente es limitada, pero nuestra sensibilidad es infinita, dijo.
─ ¿Cómo podemos entrar en contacto con ella? preguntó Sophie.
─ Aprendiendo a meditar cada vez mejor sobre las interrogantes esenciales que tenemos, respondió Thiago.
Thiago se puso de pie y anunció que lo que se tenía que decir ya estaba dicho. El pequeño grupo siguió su camino hacia la fuente mágica. Caminaban sin decir una palabra. Thiago les había dado suficiente material de reflexión. Después de un momento, llegaron a lo alto de una colina y se adentraron en una cueva. Estaba oscura, pero Thiago había traído unas linternas y repartió una a cada uno. Avanzaron con prudencia por pasillos estrechos hasta llegar a una gran sala. En lo alto, un orificio permitía el paso de los rayos del sol. Thiago indicó que apagasen las linternas. Sophie se aferró a Nathan tratando de hacerse una idea de la profundidad de la cueva ante ellos. Avanzó lo suficiente para poder darse cuenta de cuán honda era. Hizo que Nathan y Melvin también miraran. Debajo, se encontraba un lago de un azul cristalino. Era la fuente mágica. Thiago empezó a descender, seguido por sus invitados. Tenían la impresión de moverse en el corazón de una montaña. Se metieron por estrechos senderos. A medida que se acercaban al lago, la admiración por su belleza aumentaba. Una vez abajo, comprobaron lo limpia que era el agua. Intentaron calcular la profundidad del lago, pero no pudieron ver el fondo, si bien el agua era de una transparencia total. Thiago se sentó sobre una roca plana e invitó a los demás a sentarse junto a él. Sophie estaba muy entusiasmada.
─ ¡Se puede sentir que esta fuente tiene algo especial! exclamó.
─ ¿Cuáles son sus poderes mágicos? preguntó Melvin.
─ Sus aguas nos purifican de las mentiras que consideramos como verdades, respondió Thiago. Si entráis en el agua, a medida que os sumergís en la profundidad, desaparecen las mentiras que os han inculcado.
─ Si eso es posible, entonces sí se trata de magia, dijo Sophie. ¿Y eso sucede con todo el mundo?
─ Hay tres condiciones para que suceda como os digo, respondió Thiago. La primera es que debéis encontraros realmente en busca de la verdad. La segunda que, para sumergirse, no podéis tomar más aire de cuanto vuestros pulmones sean capaces de contener.
─ ¿Por qué? preguntó Melvin.
─ Los pensamientos se mueven por el aire, respondió Thiago, tanto los buenos como los malos, tanto los verdaderos como los falsos.
─ ¿Cuál es la tercera condición? preguntó Sophie.
─ Antes de sumergiros, debéis vaciar vuestro ser en su totalidad para que ningún pensamiento influya en vosotros.
Sophie no podía esperar más tiempo y se preparó para sumergirse la primera. Fue hasta el borde y vació su mente. Luego, inspiró todo el aire que pudo para poder descender lo más hondo posible y se sumergió. Reapareció dos minutos más tarde. Nathan la ayudo a salir del agua. Miró a Nathan sin decir nada, luego le abrazó y le dijo cuánto le amaba. Thiago sonrió y le indicó a Melvin que era su turno. Melvin se preparó y avanzó. Él también vació su mente, inspiró profundamente y se sumergió. Reapareció en la superficie aproximadamente al mismo tiempo que Sophie. Nathan también le ayudó a subir al borde del lago. Se podía ver que Melvin estaba impresionado. No pronunció palabra. Miró a Sophie, que le hizo un pequeño gesto para indicarle que entendía lo que estaba pensando. Luego, Sophie miró a Nathan. Era su turno ahora. Era perfectamente consciente de que esta experiencia sería determinante. Lo supo desde el momento en el que Thiago había estrechado su mano con la suya y le había mirado por mucho tiempo. Nathan se puso de pie, se preparó y avanzó. Nathan sabía que a partir de ahora, su don ya no sería un secreto. Antes de sumergirse, les pidió que, pasara lo que pasara, no se preocuparan, que permanecieran tranquilos y tuvieran fe, porque todo saldría bien. Una vez que Thiago, Melvin y Sophie se lo prometieron, Nathan llenó sus pulmones. Reinaba un profundo silencio. Nathan se sumergió. Los minutos pasaron. Melvin empezó a preocuparse. Fue hasta el borde y trató de ver a Nathan, pero por más lejos que tratase de ver, no le veía. Sophie sabía que Nathan a veces permanecía mucho tiempo debajo del agua. Lo había notado en varias ocasiones. Sin embargo, Nathan jamás le había hablado de su secreto. Pero después de largos minutos, Sophie también pensaba que esta vez su chico permanecía sumergido más de la cuenta sin reaparecer en la superficie. Se puso de pie y se acercó a Melvin, que se esforzaba en ocultar su preocupación. Cuando ya no pudieron ocultar su preocupación, se dirigieron hacia Thiago.
─ En verdad, resiste mucho tiempo bajo el agua, dijo Melvin.
Thiago, que seguía en su sitio, respondió con calma:
─ Confiad en él, sabe lo que hace.
Melvin cogió a Sophie de los hombros y la animó a que se volviera a sentar.
─ No te olvides de lo que Nathan nos dijo antes de entrar al agua, le susurró. Seamos fuertes y tengamos fe.
Sophie sabía que Melvin tenía razón, pero seguía preocupada, no podía evitarlo. Hizo de tripas corazón y trató de tener toda la fe posible en el desenlace de la situación. Lo logró por un momento, pero, al final, se le agotó la paciencia y se puso de pie. Regresó al borde del lago. Se preocupó aún más al no ver a Nathan y exclamó:
─ Sigo sin verle, ¡ no esposible!
Para Melvin también era demasiado tiempo. Angustiado, se acercó al borde, al lado de Sophie. Él tampoco veía nada. Los dos, desesperados, miraron a Thiago. El hombre respondió tranquilamente:
─ Como os he dicho hace rato, aunque nuestra capacidad de pensar es grande, tarde o temprano, nuestra mente choca contra sus límites. Cuando esto ocurre, nos queda sólo confiar. Ésta será una gran lección para vosotros.
Sophie le pidió a Melvin que tradujera lo que acababa de decir Thiago. La joven notó la serenidad de Thiago, que le sonreía.
─ Melvin, pregúntale cómo puede permanecer tan tranquilo, le suplicó.
─ Forma parte de la preparación de Nathan para la gran misión, respondió Thiago. Vosotros también os preparáis en este momento para esta misión. Sentaos, tratad de entrar en contacto con vuestra sensibilidad y, la ansiedad que sentís, dará paso a la calma y a la fe.
Todo esto les parecía fuera de lo normal; pero, a pesar de todo, Sophie y Melvin hicieron lo que Thiago les había pedido, volvieron a sentarse e intentaron seguir su consejo. Los minutos se hacían cada vez más largos, pero lograron recuperar una aparente tranquilidad. De repente, Thiago dijo:
─ ¡Podéis sentiros orgullosos de lo que habéis conseguido hoy! Ahora, Nathan puede volver, si no, también empezaré a preocuparme.
Thiago se puso de pie y se acercó al borde del lago. Melvin y Sophie se aferraron el uno al otro.
─ Creo verle, dijo Thiago de repente.
─ ¿Dónde? preguntó Sophie. ¡No le veo!
─ Espera, le dijo Melvin, creo verle también.
─ Sí, dijo Sophie, aliviada. Ahora yo también le veo. Está subiendo con rapidez.
Volvía la alegría. Algunos instantes más tarde, Nathan apareció fuera del agua. Parecía agotado y se aferraba al borde de la fuente. Melvin y Thiago quisieron ayudarle a salir, pero les hizo una señal de que antes necesitaba retomar el aliento. Era evidente que Nathan había sobrepasado sus propios límites. Thiago se acercó a él y empleó palabras simples para hablarle.
─ ¿Has llegado adonde pienso que llegaste?
─ Sí, Thiago, respondió Nathan, ¡Toqué fondo!
Melvin tradujo la conversación para Sophie, que esperaba con una gran toalla de baño. Nathan salió del agua y la abrazó. Se disculpó por la angustia que pudiera haberles ocasionado.
─ No tienes por qué disculparte. Al contrario, para mí, y supongo que también para Sophie, fue la experiencia más enriquecedora que jamás hayamos vivido.
Thiago abrazó a Nathan.
─ Me complace haberte podido ayudar.
─ No es sino el comienzo de lo que harás por mí, Thiago, respondió Nathan. ¡Tu ayuda será muy valiosa para lo que nos espera!
Tras este misterioso anuncio, el grupo regresó al campamento. Apenas llegaron, les esperaba nuevamente una comida vegetariana. Al despedirse de Thiago, Melvin no pudo evitar preguntarle:
─ ¿Crees que nos volveremos a ver?
Thiago tomó a Melvin en sus brazos.
─ Esta vez es Nathan quien nos lo dirá, pero tengo la sensación de que nos asignará una tarea común.
Nathan no respondió. Sophie se colocó delante de Thiago. Siguiendo el ejemplo de Melvin, le abrazó y luego embarcó en la gaiola que les llevaría de vuelta. Nathan también se despidió del indio. Cuando le abrazó, Thiago le transmitió un último gran mensaje.
─ Sea cual sea la amplitud de tu misión, jamás dudes de tu éxito.
─ La única duda que tengo es si la gente está preparada para escucharme.
─ Jamás subestimes la fuerza que te ha enviado, respondió Thiago. No olvides que cada quien sabe que no le corresponde a él saber el conocimiento último. Aunque estudien mucho y por mucho tiempo, en lo más profundo de su ser, todos saben que necesitarán la ayuda de la espiritualidad para lograrlo.
Nathan no entendió muy bien lo que Thiago quería decir, pero retuvo su mensaje. Cuando subió a la embarcación, le preguntó a Melvin si podía traducirle lo que Thiago acababa de decir. Al entender cómo le había animado Thiago a proseguir, Nathan le gritó mientras el bote se alejaba lentamente de la orilla:
─ ¡Debemos recordárselo a todo el mundo!
Nadie habló durante el camino de vuelta. Nathan, Sophie y Melvin se tomaron su tiempo para pensar en lo que acababan de vivir. En su viaje a Salvador, permanecían sumidos en sus meditaciones.
Durante los días siguientes, Nathan y Sophie visitaron una vez más Salvador y charlaron sobre la continuación de su viaje. Sophie habló de Uiara, la escritora brasileña que había conocido en Francia y que se había convertido en su amiga. Uiara hablaba francés con fluidez. Sophie le contó que hace un año Uiara había heredado una gran propiedad y, por ello, había regresado a su país natal. La casa en el campo que había heredado estaba ubicada en Curitiba, en el estado de Paraná. Vivía con su pareja y con su madre, a quien le había pedido que viviera con ellos. Sophie dijo que cuando Uiara supo que iría a Brasil, le había rogado que fuera con Nathan a pasar un tiempo en su casa de Curitiba. Sophie mencionó repetidamente cómo era de especial su amiga Uiara, por lo que Nathan comprendió que Sophíe estuviera tan impaciente de verla. Decidieron ir a Curitiba la semana siguiente y se lo comunicaron a Melvin. El día anterior a su partida, se encontraban con Melvin sobre la cómoda terraza en la parte alta de la casa. Sophie les dijo que iría a preparar unas caipiriñas frescas en la cocina. Nathan y Melvin se quedaron en la terraza y miraron a lo lejos por encima de los techos de Salvador hasta la espléndida bahía. Nathan se preparaba para dejar esta ciudad que tanto le había gustado. Los dos hombres hablaron sobre el futuro, sus proyectos y el hecho de que sus caminos se separarían. Melvin no dudó ni un instante cuán atado se sentía a ese lugar. Estaba convencido de que su lugar estaba ahí y que también lo estaría su misión. Explicó que Brasil era un país magnífico que disponía de todo lo necesario para hacer felices a sus habitantes, pero que le destrozaba el corazón la brecha existente entre ricos y pobres. Mientras Nathan le escuchaba, Sophie estaba de vuelta con tres grandes caipiriñas. Colocó los vasos sobre la mesa y los tres se acomodaron en los sillones de mimbre.
─ Es la primera vez que las preparo, dijo Sophie. ¡Espero que estén buenas!
Melvin probó un sorbo y le dijo a Sophie que estaba deliciosa. Nathan opinó lo mismo. A Sophie le alegró el cumplido. Les preguntó de qué hablaban.
─ Hablábamos de que Melvin había encontrado su lugar en la Tierra, respondió Nathan.
─ ¿Qué fue lo que te llevó a escoger Brasil para vivir? preguntó Sophie.
─ Es un país que siempre me ha gustado. Y desde mi primera visita a Brasil supe que podía hacer grandes cosas aquí.
─ Cuéntanos más, le pidió Sophie.
Melvin siguió con un tono grave y reveló el verdadero objetivo que se había planteado.
─ Aquí la gente se muestra muy optimista ante el futuro, pero...
─ ¿Están equivocados? preguntó Sophie.
─ No, todo lo contrario. Para muchos es incluso sumamente importante para sobrellevar su dura vida. Pero creo que en la evolución de la humanidad, la esperanza no es en sí una fuerza suficiente.
─ ¿Podrías darnos más detalles? preguntó Sophie mientras Nathan escuchaba con atención.
─ Si la gente vive sólo de esperanza, siempre anhelarán algo más y nunca se sentirán satisfechos.
─ ¿Qué alternativa les propondrías? preguntó Nathan.
─ Bueno, en ese orden de ideas, en los días que pasamos juntos aprendí muchas cosas. Ahora sé que la belleza se encuentra en cualquier lugar y se manifiesta bajo múltiple formas. Lo que quiero es que mis lectores y mis oyentes aprendan a ser más conscientes de la belleza cotidiana.
─ ¿Podemos esperar una vida mejor siendo conscientes de la belleza que podemos observar en nuestra vida cotidiana? preguntó Sophie.
─ Si somos capaces de ver la belleza en nuestra vida, sabremos que no tenemos que alcanzar nada más para ser felices, respondió Melvin.
Reinó nuevamente el silencio. Nathan posó su mano sobre el hombro de Melvin.
─ Cuando vuestro viaje por la tierra de la esperanza eterna llegue a su fin, dijo Nathan, ¡podremos rebautizar esta tierra como “el país de la belleza eterna”!
─ ¿Cuáles son vuestros planes después de visitar Brasil? preguntó Melvin a los dos jóvenes.
─ Después de Curitiba, a Sophie la esperan en Francia, respondió Nathan. En cuanto a mí, aún no lo sé, pero te mantendré al tanto.
Al día siguiente, Melvin acompañó a sus invitados al aeropuerto y se despidieron.
Melvin abrazó a Sophie y le dijo:
─ Sophie, debes saber que, por ser quien eres y por la belleza de tus esculturas, eres para todos la prueba fehaciente de que el mundo es un milagro.
Sophie agradeció a Melvin por sus hermosas y sinceras palabras. Asimismo, le deseó todo el éxito del mundo en su misión. Melvin se acercó luego a Nathan y le abrazó.
─ Nathan, haz que tus palabras se extiendan por el mundo entero para que la gente comprenda que no puede vivir sólo de la razón y pueda liberarse de sus ilusiones.
─ Para lograrlo, serás una gran ayuda para mí, le dijo Nathan.
─ ¿Cómo te seré de ayuda? preguntó Melvin.
─ Si persistes en la realización de tu propia misión.
Después de estas palabras, Nathan tomó a Sophie del brazo y se dirigieron hacia el avión. Era un viaje corto. Durante el trayecto, Sophie y Nathan charlaron sobre sus aventuras de esos últimos días.
─ ¿Cuál ha sido la principal lección que has aprendido aquí? preguntó Sophie.
─ Aprendí muchas cosas importantes aquí, pero lo más importante fue lo que aprendí en la fuente mágica. Estando allí pude sentir unas suaves energías que me hicieron entender, más que nunca, que cada uno de nosotros puede determinar su propia vida aprovechando las ocasiones que se nos ofrecen.
─ ¿Energías?
─ No hallo otra palabra para explicar lo que sentí, Sophie. Y para ti, ¿Cuál fue la lección más importante?
─ Cuando volviste a la superficie, pude ser más consciente de que debemos alegrarnos por todas las cosas que se presentan ante nosotros. Debemos apreciar todo lo que recibamos como un regalo, empezando por nuestra propia vida.
Nathan miró a Sophie con amor y admiración. Estaba encantado de que pudieran abrir sus corazones el uno al otro y compartir sus sentimientos más profundos. En ese momento, Nathan supo más que nunca la suerte que tenían por estar juntos. Nathan estaba profundamente convencido de que jamás podría compartir la misma intimidad con otra persona. Tomó a Sophie en sus brazos y se durmieron.