Búsqueda

 

 

Nathan había llegado a París. Se bajó del tren en la estación del Norte. Hacía sol y las terrazas de los cafés estaban abarrotadas de gente. Se paseó por la ciudad, se detuvo a comer algo y alquiló una habitación de hotel para algunos días cerca de la plaza Clichy. No tenía obligaciones escolares, podía dormir donde y cuando quisiera y tomar él mismo todas sus decisiones. Tenía la impresión de que empezaba una nueva vida. El joven decidió continuar explorando la ciudad al mismo tiempo que buscaba trabajo. Compró un plano de París y empezó su búsqueda. Saboreaba el ambiente típico de la capital francesa. De vez en cuando, entraba aquí y allá para preguntar si podían darle trabajo.
Tres días después de su llegada, Nathan se encontraba en “Le Sentier”, un barrio multicultural dedicado a la confección textil y conocido por su importante actividad económica. La actividad era permanente y reinaba un perfecto caos, pero Nathan encontraba el lugar interesante. Habló con varios empresarios del textil y conoció a Simón, un hombre de ascendencia judía con el cabello gris. Tenía aspecto cuidado, buena presencia y parecía ser un erudito. Regentaba un comercio textil con su hijo Moshé, un joven que daba la impresión de ser un niño mimado. La tienda tenía diez empleados. Simón estaba sentado en su escritorio. Estaba ocupado poniendo orden en sus papeles, pero a pesar de ello, Nathan se dirigió hacia él.
─ ¿Necesita un empleado más?
Sin levantar la cabeza, Simón le miró por encima de sus gafas y volviendo a sus documentos, le dijo al joven:
─ ¿Cómo te llamas?
─ Me llamo Nathan.
─ ¿Qué edad tienes?
─ Tendré dieciocho años el mes que viene.
─ ¿Tienes experiencia?
─ Nathan encontró que el hombre no manifiestaba mucho interés.
─ Tengo casi dieciocho años de experiencia de vida.
Simón levantó un momento la mirada hacia Nathan y depositó las hojas que tenía en la mano. Se arrellanó en el sillón. Nathan vio que su proyecto iba a tener éxito. Simón no se esperaba esa respuesta y se mostró de repente interesado. Miró a Nathan con atención.
─ Dame una buena razón para darte trabajo.
─ Veo que vienen aquí clientes de todos los rincones del mundo. Hablo cuatro lenguas y podría ayudaros a comunicaros con ellos.
─ Hacemos negocios con todo el mundo desde hace años y nos apañamos muy bien en francés.
─ ¡Vendrán muchos más clientes si saben que aquí se les atiende en su propia lengua!
─ Lo importante para mí es saber si eres honrado.
─ Yo siempre intento seguir siendo honrado aunque alguien no lo sea conmigo.
Este joven no es como los demás, pensó Simón. Le encontró incluso un poco extraño, pero había algo en él que le gustaba. Reflexionó un poco y, seguidamente, le dijo que al día siguiente podría empezar a trabajar como manipulador. Nathan le dío las gracias a Simón por su confianza y volvió al hotel satisfecho. Intuía que Simón tenía mucha experiencia de vida y que podría aprender mucho junto a él.
Al día siguiente, Nathan llegó al lugar de trabajo temprano. Simón le mandó un inventario y le pidió que ordenase el almacén diciéndole que era la manera ideal para aprender a conocer todos los artículos. La jornada había sido larga y cansada. La tarde ya estaba muy avanzada cuando Simón vino a buscar al joven.
─ Puedes parar. Ya has trabajado bastante por hoy.
─ Me han dicho que todo lo que se encuentra aquí tiene que ser embalado.
Simón vio el gran número de cajas que aún no están listas.
─ ¿Quieres trabajar con nosotros?
Nathan temía que Simón estuviera descontento. Creía que le diría que había trabajado muy lentamente y que no debía volver.
─ Espero que sea comprensivo, es mi primer día aquí.
Simón miró al joven y notó su angustia.
─ Si te gusta tu trabajo, siempre tienes que dejar algo para mañana.
Nathan se sintió aliviado. No debía de haberse inquietado. Ordenó su lugar de trabajo. Cuando el patrón estaba a punto de salir del almacén, el joven le preguntó:
─ ¿Sabe usted si todavía hay autobuses a esta hora?
─ No lo sé. ¿Dónde vives?
─ Tengo una habitación alquilada cerca de la Place Clichy.
─ Si quieres, puedo llevarte en mi coche.
Nathan se alegró de la propuesta. De camino al hotel, Simón dio rienda suelta a su curiosidad.
─ ¿Vives solo?
─ Sí, sólo hace unos días que estoy en París.
─ ¿Dónde están tus padres?
─ Crecí con mi padre en Bruselas.
─ ¿A qué se dedica?
─ Trabaja para un periódico como corresponsal de política internacional.
─ Dime ¿Por qué estás en París?
─ Acabo de emprender un viaje.
─ ¿Un viaje? ¿Y a dónde vas?
─ Todavía no lo sé.
─ ¿Buscabas un trabajo dentro del sector textil en particular?
─ El tipo de trabajo no tiene importancia para mí mientras me resulte instructivo.
Simón no dijo nada durante un instante, después le dice al joven:
─ Gracias a los viajes, tu universo se ampliará.
Nathan estaba encantado. Había seguido su intuición y había entrado así en contacto con Simón. Tenía la impresión de que el anciano tomaría una gran importancia en su vida y esa impresión no haría más que crecer a lo largo de la conversación.
─ ¿Le parece bien a tu padre que estés aquí solo?
─ Piensa que estoy preparado.
─ ¿Qué estás preparado?
─ Para trazar mi propio camino en la vida.
Llegaron delante del hotel. Nathan salió del coche y dio las gracias a Simón. Antes de irse, Simón le propuso algo:
─ En mi casa hay una buhardilla desocupada. Podrías hacer el trayecto hacia el trabajo conmigo.
─ Gracias por la propuesta. Lo pensaré y le daré mi respuesta esta semana.
Nathan esperó el final de la semana para ver cómo evolucionaban las cosas en el trabajo. Cuando llegó el fin de semana, se trasladó a casa de Simón y de Moshé. Conoció a la madre de Moshé y fue rápidamente aceptado. En los meses siguientes, Simón le daría a Nathan cada vez más responsabilidades. Nathan pasaría bastante tiempo con Moshé y se especializaría en la política de compras.