Cambio

 

 

Después del desayuno, Koan pidió a Nathan que le trajera unas verduras del huerto mientras él iba a buscar al caballo. Cuando Nathan regresó, colocó las verduras frescas en dos bolsas grandes que metió en las cestas sobre el lomo del caballo ya listo para partir. Nathan tuvo el presentimiento de que no volvería con Koan a su casa y se llevó su equipaje. Bajaron por la colina y los dos iban andando al lado del caballo. Nathan sabía que de nada valdría preguntar hacia dónde se dirigían. Una vez más, las personas que encontraron en el camino saludaban a Koan y él les respondía por medio de un saludo con la cabeza, sin decir nada. Después de andar una hora, llegaron a una gran plaza. Koan ató su caballo y le indicó a Nathan que lo esperase. Unos minutos más tarde, volvió en compañía de un anciano vestido de negro y de dos jóvenes que traían unos sacos llenos de provisiones. Los jóvenes, que parecían gemelos, tomaron los sacos del caballo y en su lugar colocaron los que habían traído. El hombre de negro se acercó a Nathan y se presentó:
─ Buenos días, Nathan. Me llamo Hakim. He venido para conocerte.
─ ¿De dónde eres?
─ Nací en Azerbaiyán, én la ciudad de Bakú, a orillas del mar Caspio.
El hombre golpeó el hombro de Nathan amistosamente e hizo algunos pasos con él. Los gemelos les seguían.
─ Se habla mucho de ti, dijo Hakim.
Nathan lo miró atónito.
─ ¿Qué se dice de mí?
─ Que te has convertido en la persona excepcional que ahora eres.
Nathan permaneció en silencio. Esperaba con curiosidad lo que diría a continuación.
─ Vuelve aquí durante el alba. ¡Iremos a un lugar en el que verás el futuro físico y la magnitud de tu misión!
Nathan no entendía muy bien de qué hablaba Hakim, pero sabía que era inútil preguntar. Hakim le había encontrado gracias a Koan, así que podía confiar en él. Hakim le dio una palmada en el hombro de nuevo y se marchó. Nathan regresó al lugar en el que le esperaba Koan y éste le anunció:
─ Nuestros caminos se separan aquí, Nathan. Ya estás listo para vivir la unión con tu elemento natural y para lograr el gran cambio que quieres ver en el mundo.
─ ¿Te veré nuevamente? preguntó Nathan.
─ ¡Aquí estaré cuando vengas a vivir por estos lares!
Con estas palabras, Koan besó a Nathan en la frente y le abrazó afectuosamente. Nathan supo que Koan había acabado su tarea. Se marchó del lugar y dio un paseo. Vagaba por el lugar desde hacía un rato, cuando vio unos baños turcos que le llamaron la atención. Ya acostumbrado a aprender a reconocer algunas señales, entró en el lugar. Además, le pareció que era el lugar perfecto para relajarse ante lo que le esperaría al día siguiente. En su interior, Nathan tomó una ducha caliente y entró en el hammam. Había poca gente. Se acostó en una placa grande de mármol en el centro de la habitación llena de vapor. Cerró los ojos y pensó en las últimas palabras de Hakim; sin embargo, una voz conocida interrumpió sus pensamientos. Se sentó y vio que delante de él estaba Moshé, el hijo de Simon.
─ Buenos días Moshé, le dijo Nathan. ¡Qué sorpresa verte por aquí!
Moshé también parecía sorprendido de ver a Nathan en ese lugar. Por su parte, Nathan no tuvo que pensar mucho para darse cuenta de que su encuentro debía tener un motivo especial. Le hizo un espacio en la placa de mármol e invitó a Moshé a que se sentara a su lado.
─ ¿Qué te trae por aquí, Moshé?
─ Vivo en Hafa, Israel, y vengo a menudo a Estambul por negocios.
─ ¿Y cómo va todo?
─ Con altibajos, como sucede a menudo en mi vida.
─ ¿Has vuelto a ponerte en contacto con tu padre?
─ No, no después de ese bendito día... ¿Y tú lo has visto recientemente?
─ Fui a visitarle a Florida, pero ya hace tiempo de eso.
Hubo un momento de silencio.
─ ¿Cómo está? preguntó Moshé.
Nathan notó cierta tristeza en Moshé.
─ Trata de disfrutar lo más que puede de los últimos años de su vida.
Moshé no dijo nada, sin embargo Nathan vio su tristeza, probablemente alimentada por el remordimiento. Nathan sabía que ese sentimiento igualmente podía conducir a una mayor consciencia... Nathan trató de encontrar las palabras adecuadas:
─ Pero tu padre sigue sufriendo... ¡como tú, Moshe!
─ Nunca tuve el valor de disculparme con él... ni contigo.
─ Eso no quiere decir que no sea posible acabar con esta situación.
─ No puedo volver atrás.
─ Entonces, valdría saber lo que puedes hacer ahora.
─ ¿Crees que pueda corregir mis errores?
─ Antes que nada debes corregirlo para ti mismo, para tratar de saber a qué aspiras realmente.
─ ¿A cuáles aspiraciones te refieres?
─ A las aspiraciones más profundas, Moshé. La aspiración que todos escondemos en lo más profundo de nuestro ser, aspirar al amor.
Nathan se puso en pie, llenó un cubo de agua fría y lo echó sobre el mármol. Se acostó y cerró los ojos. Moshé tuvo el tiempo para reflexionar. Las palabras de Nathan le hicieron recordar una conversación que había tenido con su padre. Simon había dicho que nuestras aspiraciones más profundas sólo podrían concretarse cuando tomemos consciencia del conocimiento superior.
─ No siempre es fácil seguir el camino del conocimiento superior, dijo Moshé.
Nathan mantuvo los ojos cerrados al responder:
─ Pero, sí es posible si entendemos que a lo que aspiramos se halla en nuestro interior. Entonces, estaremos listos para compartir de verdad con los demás sin esperar nada a cambio.
─ Mi padre siempre decía que podemos calcular todo, salvo cuando se trata del amor.
─ Tu padre es un hombre muy sabio, Moshé.
Moshé contenía las lágrimas. Nathan sentía compasión por él.
─ ¿Sabes?, Moshé, ¡puedes ofrecerle a tu padre una gran lección de vida!
─ ¿Qué podría enseñarle?
─ Al mostrarle tu remordimiento, harás que su tristeza desaparezca como por arte de magia. En ese momento de lucidez, comprenderá que sólo importan las emociones del presente, sin importar lo que haya ocurrido en el pasado.
Moshé reflexionó sobre lo que Nathan le acababa de decir y dijo:
─ Temo haberle herido tan profundamente.
─ Deja de subestimar la fuerza de la sinceridad. Esta fuerza está inspirada por nuestro conocimiento superior y puede curarlo todo.
Nathan pudo ver que Moshé dudaba poder lograrlo.
─ Quizás no lo creas así, pero, en resumidas cuentas, no eres el responsable directo de su tristeza, porque era inevitable.
─ ¿Qué quieres decir? preguntó Moshé.
─ De todas formas, tu padre hubiera vivido una experiencia similar para poder tomar consciencia de lo maravilloso que es el remordimiento. Si no hubiese sido a través de ti, hubiese sido mediante otra persona.
─ ¿Quieres decir que formaba parte de un plan superior?
─ Todo lo que sucede forma parte de un plan superior, Moshé. Es el sentido del orden universal. ¿O piensas acaso que nos hemos encontrado por casualidad?
Los jóvenes se pusieron en pie y fueron a ducharse. Gracias a la conversación con Nathan, Moshé se sentía liberado. Nathan y Moshé se marcharon del hammam. Se sentaron en una mesa pequeña y pidieron zumo de fruta natural. Nathan veía que Moshé seguía reflexionando sobre sus últimas palabras, así que dijo:
─ He aprendido dos verdades importantes. La primera es que podemos realizar todos los esfuerzos posibles para lograr un objetivo cualquiera, pero nunca lo alcanzaremos si ese objetivo no corresponde a un plan superior.
─ ¿Y la segunda?
─ Que es inútil querer evitar algo que esté dentro del plan superior, ya que de todas formas sucederá.
Moshé permaneció un momento en silencio antes de decir:
─ Esta semana reservaré un vuelo para Miami, lo haré cuanto antes.
─ Tendrás la ocasión de hacerle un bello regalo a tu padre.
─ ¿Cuál regalo?
─ ¡Poder perdonarte!
Moshé se sintió lleno de entusiasmo.
─ ¿Cómo puedo agradecértelo, Nathan?
─ Haz que la gente que conozcas siga el camino que será también el tuyo a partir de ahora.
Nathan y Moshé se pusieron en pie y se abrazaron.
─ ¿A dónde vas? preguntó Moshé.
─ Lo único que puedo decirte es que me voy mañana. Me esperan experiencias importantes.
─ Creo que has venido a la tierra sólo para vivir experiencias importantes.
─ Cuídate, Moshé, y dale mis recuerdos a tus padres.
Nathan y Moshé se despidieron con una sensación de satisfacción. Nathan pasaría el resto del día a orillas del Bósforo.