Claridad

 

 

Ya de noche, Nathan llegó a Estambul. Le impresionó enseguida el ambiente de la ciudad. Otro pasajero le indicó dónde reservar una habitación económica en el barrio de Gálata. Al día siguiente, tomó el desayuno en una terraza en el Cuerno de Oro. Luego, vagó por las estrechas callejuelas y por el laberinto de calles cubiertas. A la mañana siguiente, tomó el ferry que recorre el Bósforo, el estrecho sobre el que ha sido construida la ciudad. Nathan se bajó en un pueblo llamado Çengelköy. Desde ahí, fue en taxi hasta el pie de la colina de Camlica, donde vivía Koan. Ascendió la colina y divisó a lo lejos un salón de té. Se sentó en una mesa y pidió té a la joven que servía en el local. Era aún pronto en la mañana y el ambiente estaba tranquilo. Nathan disfrutaba de la tranquilidad del lugar. Una mujer mayor entró en el salón. Nathan la saludó y ella le sonrió. Se sentó un poco más allá de donde estaba Nathan y no pidió nada. Nathan se dio cuenta y se acercó a ella. Dirigiéndose a ella en inglés, le preguntó si podía pedirle un té. La mujer aceptó, pero Nathan no estaba muy seguro si había entendido lo que le había dicho. De todas formas, pidió dos tazas de té. Seguidamente, le preguntó si era de la zona. Negó con la cabeza. Nathan no estaba del todo convencido que le hubiera entendido, de todas formas, le preguntó de dónde era. Apuntó al este con la mano. Nathan ahora estaba seguro de que entendía lo que le decía. Supuso entonces que no podía hablar. Le preguntó si conocía a Koan. Hizo un gesto de afirmación y le sonrió. Después, Nathan le preguntó si sabía dónde vivía. La mujer se giró para indicarle el oeste. Nathan extendió la mano hacia esa dirección para confirmar. La mujer dirigió el brazo de Nathan con precisión hacia la casa de Koan. Nathan se convenció de que sabía exactamente dónde vivía Koan. Le agradeció y se levantó para pagar la cuenta. La mujer le había dejado muy impresionado y le preguntó a la joven del local si la conocía. Ella le miró atónita y le preguntó de quién hablaba. Nathan se giró para indicarle la anciana, pero ya no se encontraba en el lugar. Nathan le explicó que se trataba de la mujer para quien había ordenado el segundo té. La joven le respondió que no le había visto, dijo que le había parecido muy raro que Nathan se hubiese cambiado de lugar y que hubiese pedido dos tazas de té a la vez. Nathan estaba atónito. Se marchó del salón de té y siguió el camino que aquella dama le había indicado. Desde la colina se podía admirar una hermosa vista de la ciudad. El paisaje le hizo recordar las palabras de Rajiya: “Desde su casa, puede ver el mar fundirse con otro continente.” Nathan se sentó y disfrutó de la vista. Cansado por el ascenso, se tumbó en el suelo y contempló el cielo azul. Cerró los ojos y se dejó llevar por un sueño ligero. Se despertó rápidamente con la imagen de una casa de madera. Sin duda, ¡acababa de ver la casa de Koan! Se levantó y emprendió su camino. Un poco más allá, vio una casa de madera muy parecida a la que había visto en su sueño. Se dirigió hacia el lugar. En el jardín se encontraba un anciano con el pecho desnudo que rastrillaba la hierba. Tenía el cabello gris y llevaba barba. Parecía radiante y en buena forma. A su lado había un caballo blanco. Nathan supuso que se trataba de Koan. Se acercó y le preguntó en francés:
─ He oído hablar de un hombre que tiene poderes milagrosos, ¿eres tú?
El hombre paró de rastrillar, miró a Nathan y se secó el sudor que perlaba en su frente. Entonces, respondió:
─ ¡Las fuerzas son milagrosas sólo para quien no las conoce!
Luego, retomó su faena. Nathan ahora estaba completamente seguro de que acababa de encontrar a Koan.
─ Vengo a visitarte para pedirte un consejo, le dijo.
Koan miró a Nathan y siguió con su trabajo.
─ ¿Puedes aconsejarme sobre el camino que debo seguir? preguntó Nathan para precisar su pregunta.
─ Si escuchas bien, podrás oír el susurro del riachuelo, respondió Koan sin dejar de rastrillar.
Nathan escuchó atentamente y a lo lejos pudo oír el agua correr. Esperó a que Koan le diera más detalles.
─ ¿ Qué relación tiene mi camino con el riachuelo? preguntó.
─ El riachuelo es tu camino, respondió Koan sin interrumpir su labor.
Koan llevó su caballo a la caballeriza, un poco más allá de donde estaban. Nathan pensó por un instante que a Koan no le apetecía dedicarle su tiempo.
─ ¿No quieres ayudarme? preguntó.
Koan se detuvo y se volvió hacia Nathan.
─ Cumplo con todas las misiones que se me encomiendan. El asunto es si tú sabes cómo se te puede ayudar a partir de ahora.
Después de estas palabras, Koan siguió su camino hacia la caballeriza. Nathan pudo comprobar que el sol se hallaba en su punto más alto y pensó que quizás Koan había terminado con su trabajo del día. Koan se dirigió hacia la casa. Nathan le siguió. La casa estaba amueblada con simplicidad. Tenía una sola habitación con una escalera que llevaba a un piso superior. Los muebles eran una mesa, dos sillas, un sofá y algunos armarios viejos. Koan tomó una toalla y salió por una puerta trasera que daba hacia una terraza. Nathan oía el fluir del agua. Se sentó y esperó pacientemente a que terminara de ducharse. Koan volvió unos instantes más tarde. De un armario sacó algunas verduras y una masa, encendió el horno en el que colocó dos tortitas y un recipiente con las verduras. De cierta manera, Koan le recordaba a su padre. Koan rellenó las tortitas con las verduras, las enrolló y le dio una a Nathan. Nathan le dio las gracias y esperó a que Koan se sentase en la mesa. Koan llenó una jarra de agua y la colocó en la mesa junto a dos vasos. Aún no había dicho ni una palabra. Nathan le dio las gracias de nuevo. Saboreó una tortita y dijo:
─ ¡Está exquisita!
Koan asintió sin pronunciar palabra. Nathan intentó nuevamente.
─ Rajiya, la poetisa libanesa, me habló de usted.
Koan hizo una señal con la cabeza mientras seguía mirando hacia adelante. Nathan trató una vez más de reanudar la conversación.
─ Exactamente, ¿a qué te dedicas?
─ Observo el mundo y trato de no juzgarlo.
Nathan entendió rápidamente que Koan hablaba sólo para responder a lo que se le preguntaba.
─ ¿Cómo logras no juzgarlo?
─ Enfoco mi interés en la esencia de las cosas y no en su forma.
Nathan pudo corroborar que Koan hablaba sólo cuando se le hacía una pregunta.
─ ¿Cómo puede uno desinteresarse de la forma, cuando en el mundo físico todo se presenta en una forma u otra?
─ Si observas las fuerzas silenciosas contenidas en cada forma. Estas fuerzas nos enseñan mucho más que las formas temporales y, cada una de ellas, nos lleva hacia el estado puro.
Nathan percibía muy bien la visión extremadamente clara y profunda de Koan sobre la realidad, pero no entendía del todo cómo vivía exactamente su vida.
─ ¿Qué ves cuando conoces a las personas? le preguntó.
Koan se limpió la boca con la mano y bebió un sorbo de agua. Después, fijó en Nathan su intensa mirada y dijo:
─ Puedo ver directamente la sensibilidad de cada uno.
─ ¿Cómo?
─ A través del lenguaje superior del orden universal, es decir, el lenguaje de los sentimientos, la lengua en la que los mensajes se transmiten de una consciencia a otra.
La curiosidad de Nathan ahora aumentaba cada vez más. Koan tenía una habilidad realmente excepcional y Nathan quiso saber más.
─ ¿Puedes describir exactamente lo que ves?
─ Reconozco todos los deseos desde el momento en que se forman en el cerebro de una persona y, por tanto, puedo ver el deseo primario de cada uno de nosotros.
Nathan se tomó su tiempo para pensar.
─ ¿Qué has visto cuando Rajiya estuvo aquí?
─ Vi una sensibilidad que puede, por medio de las palabras, ubicar a la humanidad en el camino espiritual. Los poemas de Rajiya irradian amor. Podríamos, a través de las palabras, acercarnos mucho más a lo espiritual.
─ Pero, ¿las palabras no son sólo formas?
─ Las palabras evocan pensamientos y los pensamientos, a su vez, nos conducen a lo espiritual.
Koan se levantó y se ciñó su sombrero. Nathan le siguió. Descendieron por la colina.
─ ¿A dónde vamos? preguntó Nathan.
─ Hacia donde nos lleve el camino, respondió Koan.
Koan le hizo entender que respondía de forma pertinente sólo a las preguntas que consideraba convenientes. Prácticamente todas las personas que se encontraron por el camino le saludaban y él les respondía por medio de un saludo con la cabeza. Nathan apreciaba su compañía y trataba de entender su visión del mundo. Una pregunta surgió en su mente:
─ Puedes ver la sensibilidad de las personas y, por lo tanto, también su deseo primario. Entonces, ¿Por qué no le dices la verdad sobre el objetivo de sus vidas?
Koan miró a Nathan y apoyó la mano sobre su hombro.
─ No todo el mundo es suficientemente receptivo. Quienes son capaces de entender el objetivo de su vida, percibe mis mensajes como dulces melodías, pero todos los demás solamente retienen el eco de mis palabras.
Nathan y Koan siguieron caminando. A Nathan le atormentaba esa pregunta que constantemente le venía a la mente:
─ Koan, ¿qué puedo hacer para ayudar al mundo?
Koan sabía cuán importante era esta pregunta para Nathan, esa pregunta que se hacía desde su llegada a la Tierra y que le había impulsado a emprender su viaje. Nathan y Koan se sentaron en un banco.
─ Tanto tú como otros mensajeros, desencadenaréis una evolución espiritual sin precedentes que le permitirá a los seres humanos dejar de verse como entes individuales y aprender a verse como elementos únicos del orden universal.
Nathan sintió que su corazón latía con mayor intensidad.
─ Durante esta evolución espiritual, todos descubrirán su deseo interior y adoptarán un modo de vida en el que este nuevo conocimiento les dictará cómo desenvolverse.
─ ¿Qué me queda por aprender antes de que llegue ese momento?
Koan dejó que su mirada se perdiera por un momento a lo lejos, después volvió a mirar a Nathan antes de responder.
─ El elemento que relaciona todos esos deseos.
Después de estas palabras, Koan se levantó y retomó su camino. Nathan le siguió. Permanecieron en silencio hasta llegar al pie de la colina. Koan aparentemente sólo pretendía dar un paseo. Una vez en casa, se tumbó en el sofá y se quedó dormido. Nathan cogió una manta y la colocó en el suelo para dormir.
Al día siguiente, le despertaron unas gotas de lluvia que golpeaban los cristales. Koan, ya de pie, estaba preparando té. Cuando Nathan se despertó, le preguntö:
─ ¿ya es muy tarde?
─ Si puedes reconocer la perfección del orden universal, sabrás que la percepción del tiempo es relativa.
Estas palabras le recordaron nuevamente que se encontraba en compañía de alguien excepcional. Koan colocó la tetera sobre una mesita y llenó un vaso pequeño de té. Nathan le habló sobre su concepción del tiempo:
─ En Tailandia, aprendí que el tiempo puede ser muy relativo. Takara, la mujer que me hospedó, me contó que, en el estado puro, no hay ni pasado ni futuro.
Koan bebió un sorbo de té, luego volvió a verter en la tetera el té que quedaba en el vaso. Le añadió azúcar y lo revolvió antes de llenar dos vasos con la nueva mezcla. Tomó el suyo sin responderle a Nathan. Nathan recordó entonces que su anfitrión sólo hablaba si se le preguntaba algo.
─ ¿Cómo se viven el pasado y el futuro en el estado puro?
─ No se viven como lo que son, sino como presentes, en el aquí y ahora.
─ ¿Podrías explicarte mejor?
─ Cuando logramos asociar el pasado con una visión clara del futuro, nos damos cuenta de que la eternidad está contenida en cada uno de los momentos que vivimos plenamente.
A Nathan aún le costaba entender la magnitud del estado puro. Sabía que, para lograrlo, debía vivirlo en carne propia, pero no dejaba de hacer más preguntas.
─ ¿El tiempo es distinto en el estado puro?
─ No existe otro tiempo que éste.
Con todo, Nathan siguió sin entender y trató de reformular su pregunta de una forma más simple:
─ ¿Cómo es el tiempo en el momento en el que aún no hemos nacido?
─ Jamás ha habido tiempo dónde no existimos.
─ ¿Y en cuanto al tiempo después de la muerte?
─ No morimos, sólo cambiamos de forma.
Para Nathan era muy difícil entender esta última afirmación. Así que insistió:
─ Voy a decirlo de otra manera. Hubo un tiempo en el que no sabía tanto como ahora. ¡Sin embargo, necesité tiempo para adquirir los conocimientos!
Koan miró a Nathan con calma mientras vaciaba su vaso de té. Nathan pensó que, si Koan no le respondía, era porque no se trataba realmente de una pregunta. Reformuló lo que quería decir:
─ ¿Hubo una época en la que fui más joven?
─ Estás confundiendo la edad con el desarrollo de la consciencia... te lo vuelvo a repetir: “En lo absoluto del orden universal, todos los hechos suceden ahora, los que han sucedido y los que aún han de suceder.”
Con estas palabras, Koan había logrado colocar a Nathan en el camino correcto y permaneció en silencio. Llenó nuevamente los dos vasos. Nathan reflexionó por un largo rato antes de volver a preguntar:
─ ¿El orden que reina en el estado puro es distinto al del mundo físico?
─ Cada ser vivo conoce un único y solo orden, que vive según su propio nivel de consciencia.
El mensaje de Koan comenzaba a descifrarse en la mente de Nathan y se dio cuenta de que el sabio le había conducido hacia un maravilloso descubrimiento. Entendió que Koan podía estar en distintos lugares a la vez, así como podía vivir instantes diferentes al mismo tiempo y que, de igual manera, sucedía con todos los sabios de la tierra. Al encontrarse en una situación que no conoce ni tiempo ni espacio, cada uno de ellos puede moverse en distintas dimensiones y vivir el mundo físico, el de los pensamientos y el espiritual, a la vez. Koan le miró y sonrió. Su sonrisa hacía entender que Nathan acababa de tomar consciencia de algo importante. Se puso su ropa de trabajo y fue a cuidar de su caballo. Nathan le ayudó a realizar todo tipo de actividades. Mientras lo hacían, permanecían callados de manera que el resto del día transcurrió en silencio. Nathan tuvo entonces la oportunidad de reflexionar sobre todo lo que había aprendido junto a Koan. Tampoco intercambiaron palabra durante la cena. Nathan se convenció todavía más que era muy difícil alcanzar un conocimiento puro cuando el silencio se llenaba de demasiadas palabras. Ahora entendía por qué Koan hablaba poco. Para que rompiese el silencio, las palabras debían ser lo suficientemente importantes.
A la mañana siguiente, cuando Nathan se despertó, los rayos del sol ya se filtraban por los grandes ventanales. Koan, ya en pie, preparaba té. Cuando estuvo listo, Koan llevó la tetera y se sentó. Nathan le preguntó:
─ ¿Haces las mismas cosas todos los días?
Koan llenó los vasos y respondió:
─ ¿Conoces algo que jamás se haya realizado con anterioridad?
─ ¿No vendría siendo lo mismo cuando realizamos algo nuevo?
─ ¿Qué sería realizar algo nuevo?
Nathan comprendió que Koan le hacía reflexionar de nuevo sobre las preguntas que le hacía.
─ Si se hace algo por primera vez, ¿no sería algo nuevo?
─ ¿Cómo puede ocurrir si no existe antes en el pensamiento?
A través de sus preguntas, Koan hacía que Nathan fuera más allá de la realidad física y le hacía recordar que los pensamientos no estaban vinculados al tiempo. Recordó lo que decía Catalina a propósito de la memoria del mundo, de la energía que contenía todo lo que ocurría en el mundo. Luego, pensó en lo que Melvin había dicho acerca de las tres dimensiones.
─ ¿Cómo logras pensar siempre en tres dimensiones a la vez?
Después de probar con calma si su té estaba lo suficientemente dulce y después de agregarle un poco más de azúcar, Koan preguntó:
─ ¿Por qué crees que pienso en tres dimensiones a la vez?
Nathan pudo comprobar que Koan aplicaba su método. Ahora respondía siempre con otra pregunta que le permitiría al joven comprender mejor el asunto y hacía que surgiera inmediatamente una nueva pregunta.
─ ¿Tus pensamientos existen en las tres dimensiones, simultáneamente?
─ ¿Cuál pensamiento no podría hacerlo?
Con esta observación, Nathan comprendió que los pensamientos que forman parte de la segunda dimensión, pueden penetrar en las otras dimensiones, actuando como una especie de canal. De manera que las tres dimensiones nunca son independientes, sino que conforman un todo. Nathan reflexionó y luego preguntó:
─ Puedo ver cómo los pensamientos penetran en la realidad física, ¿pero cómo puede penetrar el estado puro en esta realidad?
─ ¿Acaso no ves la claridad del estado puro cuando se sumerge en la realidad física?
Nathan se preguntó a que claridad se refería Koan. Después de algunos instantes, obtuvo la respuesta que le aclaraba: se trataba de la claridad de la inteligencia en sí. En efecto, cada vez que entendemos algo de forma más clara, somos más conscientes del mundo en el que vivimos, lo que se traduciría como una forma de presencia del estado puro en el mundo físico. Koan se levantó para retirar los panecillos del horno. Nathan fue por el queso y el aceite de oliva. De nuevo, el desayuno transcurriría en silencio.