Compasión Selectiva

 

 

En estos días de terror que estamos viviendo, quisiera señalar algo que todos hemos notado. Algo de lo que todos somos conscientes pero de lo que al parecer nadie quiere hablar.


Lo que los occidentales sienten ahora es una indignación muy selectiva y poderosa que se identifica con el sufrimiento de las víctimas de los atentados terroristas. Tal reacción es ciertamente algo bueno y normal. Se siente compasión por las víctimas y sus familias. Pero, ¿por qué ahora y no antes? ¿Por qué no se es compasivo también hacia la cantidad de víctimas que existen en el mundo producto de las mismas guerras desde hace ya varios años?


Lloramos las muertes de París sin siquiera considerar quienes fueron asesinados en Líbano tan sólo un día antes. Asesinados quizás por el mismo tipo de fanáticos manipulados que lanzaron los ataques en Francia.


Al parecer para muchos occidentales es muy natural preocuparse más por la gente que consideran similar a ellos. De manera que me pregunto y quisiera que lo meditaran por un momento: Aunque la compasión que se siente y se expresa por las víctimas en París sea reconfortante, ¿es esa realmente la cuestión? Después de todo, ¿lo que maneja nuestra indignación selectiva no es más bien nuestra compasión selectiva?

Nuestra compasión selectiva es lo que nos ha metido en este caos. Los europeos se han visto siempre como seres humanos más humanos y a los de Oriente Medio y a la mayoría del resto del mundo como un poco menos humanos, no dignos de nuestra conmiseración. Son estos sentimientos los que impulsaron a Europa a colonizar, a abusar y a explotar a aquellos de piel más oscura.

El racismo histórico que los europeos reconocen ahora y que entendemos ha fomentado el colonialismo occidental no es algo del pasado. Sigue creciendo muy dentro de nuestras mentes. Cuando antes sentíamos un peso del hombre blanco, ahora sentimos su indignación. Ambos se basan en la misma arrogancia y en la misma atribución de cualidades menos humanas a personas que vemos diferentes a nosotros.


Seguimos tratando de civilizar a los de tez más oscura. Seguimos pensando que tenemos derecho a cambiarlos, doblegarlos a nuestro antojo, mejorarlos a la fuerza. Queremos persistir en enseñarles, condenarles y condenar su cultura, amedrentarles, disolver sus elecciones, armar a sus líderes opresores que por supuesto escogemos cuidadosamente para que saqueen sus recursos.


Destrozamos sus sociedades y esperamos ser capaces de cerrarles nuestras fronteras cuando tratan desesperadamente de encontrar algo de paz, algo de seguridad lejos de las zonas en guerra de Afganistán, Irak, Libia, Siria y cualquier otro lugar que hemos simplemente creado o apoyado con dinero y armas.

Nuestro racismo no ha cambiado. Está vivo y genera nuevas justificaciones cada día para nuestra compasión selectiva. Lo que ha cambiado es que los avances tecnológicos han creado armas de muerte y de destrucción aún más accesibles y asequibles. Aquellos a quienes en su momento oprimimos impunemente lejos de nuestros hogares, aquellos que no veíamos, son quienes ahora pueden encontrarnos y darnos a probar nuestra propia medicina.


Si queremos detener el terror y evitar que nuestras sociedades se conviertan en dictaduras opresoras como las que hemos apoyado en gran parte del resto del mundo, debemos dejar de intervenir, saquear, manipular y abusar. Debemos comenzar por dejar de identificarnos más con las víctimas de París que con las de Bagdad, Damasco, Beirut u otra parte.

Si fuéramos realmente civilizados como creemos, entenderíamos que todos merecen nuestra compasión por igual.