Conectividad

 

 

Al caer la noche, Nathan regresó cerca de la plaza para buscar un hotel y pasar la noche. Al día siguiente, fue a su cita a la hora convenida. Los gemelos que habían acompañado a Hakim ya aguardaban en el lugar. Sus nombres eran Oktay y Olcay. Le indicaron a Nathan que les siguiera hacia el coche. Olcay abrió la puerta trasera para Nathan y se sentó adelante, mientras que Oktay se acomodaba al volante. Se dirigieron largo rato hacia el sureste e intercambiaron muy pocas palabras. Nathan disfrutaba del paisaje en silencio. En la noche, llegaron a una zona de valles y planicies de diversas tonalidades. A la puesta del sol, todo el paisaje se tiñó de magníficos matices ocre. Después de pasar por un lugar llamado Göreme, Olcay señaló que habían llegado. Un poco más lejos, Hakim les esperaba. Recibió a Nathan dándole la bienvenida a Capadocia.
─ Esta región tiene algo de mágico, no la puedes comparar con nada que ya hayas visto.
─ Descubrirás más de la magia de esta región, Nathan.
─ El silencio del viaje me ayudó a disfrutar de la belleza del paisaje.
Hakim sonrió.
─ Los dos kurdos hablan poco, pero son buenos guías.
Hakim entró en una cueva convertida en casa. Nathan le siguió. Hakim abrió una puerta. Su nariz percibió el agradable aroma a comida. Hakim y Nathan entraron en una habitación estrecha y se sentaron en unos taburetes. Irina, la mujer de Hakim, vino a saludar a Nathan. Era una persona encantadora, mucho más joven que su marido. La mujer les trajo un cántaro con agua tibia para que pudieran lavarse las manos antes de comer.
─ Te contaremos lo que sucederá mañana, dijo Hakim, pero debes saber que después del ritual, te harás muchas más preguntas.
─ ¿Alguien podrá responderlas?
Hakim miró a su mujer. Irina respondió:
─ A partir de ahora, Sibyl te ayudará.
─ ¿Quién es Sibyl?
─ La joven que verás después del ritual.
Sorprendido, Nathan preguntó:
─ ¿Quién realizará el ritual?
─ Unos monjes de la ciudad de Konya, respondió Hakim.
─ ¿Podríais contarme más sobre el ritual?
─ Los monjes conectarán tu sensibilidad con lo más elevado. Entonces el mundo de las formas tomará otro aspecto.
Irina prosiguió:
─ Una vez que los pensamientos que te limitan desaparezcan, podrás conectarte directamente con el estado puro.
─ ¿Cuál será mi experiencia exactamente? preguntó Nathan.
─ Cuando te conectas con lo más elevado, respondió Hakim, tomas consciencia de tu verdadero potencial.
Nathan esperaba que Hakim le diera más detalles, pero no lo hizo. Supo que no le darían más información al respecto y disfrutó de su comida en compañía de sus anfitriones, que habían preparado unas deliciosas brochetas con especias. Al día siguiente, el canto del gallo le despertó. Hakim ya se había marchado e Irina le llevó el desayuno.
─ ¿Has dormido bien? le preguntó.
─ Muy bien, gracias.
Irina miró a Nathan como si quisiera preguntarle algo, pero no se atrevió a hacerlo.
─ ¿Hay algo que quisieras saber, Irina?
─ Descuida. Te dejo para que comas tranquilamente.
Dicho esto, salió de la habitación. Un poco más tarde, Nathan se fue colina arriba para meditar sobre el ritual que se celebraría ese día. El paisaje había cambiado de la noche a la mañana. Volvió a pensar en la experiencia que había tenido en el Sahara. Irina también salió afuera y fue a sentarse junto a él.
─ ¿Cuál era la pregunta que querías hacerme, Irina? preguntó Nathan.
─ ¿Es verdad lo que dicen de ti?
─ ¿Qué has oído decir sobre mí?
─ Mucha gente dice que eres un salvador.
─ ¿De qué podría salvarles?
─ ¡De este mundo!
─ Entonces, ¿a cuál otro mundo irían?
Nathan miró a Irina directamente a los ojos y le dijo:
─ ¡Todo lo existente forma parte de un solo y único mundo!
─ Mucha gente quiere ser liberada de los miedos y de los dolores del mundo actual.
─ Hablas de cosas de las que sólo uno mismo puede liberarse.
Irina le cogió la mano. Nathan sintió que en ese instante algo raro estaba sucediendo. Irina no hizo más preguntas, como si las palabras ya fuesen superfluas. Después de haber tenido su mano en la suya, la joven apretó levemente los labios e hizo un gesto con la cabeza que dio a entender que, para ella, Nathan sí era un salvador, aunque él no lo reconociera. Le soltó la mano y al ponerse en pie dijo:
─ Ahora tengo que volver, Nathan.
Nathan se había dado cuenta de la extraña reacción de Irina cuando le había cogido la mano y quiso saber más. Entonces, le preguntó:
─ Irina, dime lo que has sentido cuando te he cogido la mano.
─ Pude confirmar lo que ya sabía.
─ ¿Qué se ha confirmado?
─ ¡Que, en tiempos de oscuridad profunda, los Seres excepcionales son enviados para disipar las sombras con su luz, para que la oscuridad nunca sea total!
Después de estas palabras, Irina se marchó. Nathan había percibido en ella una certeza absoluta. Aún absorto en sus reflexiones, vio llegar dos coches. Nathan reconoció a Hakim que venía junto a varios hombres que vestían largas túnicas. Hakim les presentó a Nathan. Al no comprender su lengua, el joven supo poca cosa de lo que allí decían, sin embargo pudo darse cuenta de que los hombres estaban asombrados por lo que decía Hakim. Se despidieron de Nathan, subieron al coche y se marcharon del lugar. Hakim se dirigió a Nathan:
─ ¿Estás listo para esta noche?
─ Estoy listo para lo que debe suceder, como siempre.
─ Bien. Nos iremos al final de la tarde.
─ Quisiera saber algo sobre Irina.
─ Probablemente ya hayas notado algo especial en ella.
Nathan hizo señal de que así era. Hakim se sentó y le invitó a hacer lo mismo.
─ Conocí a Irina cuando era joven. Me encontraba en Armenia. Caminaba sola y sin rumbo alguno por las calles de Ereván. Hablamos y me dijo que toda su familia había sido asesinada.
─ ¿Cuál fue el motivo?
─ También quise saberlo, en su momento. Cuando supe de que se trataba, sólo pude hacer que se fugara conmigo.
Nathan sentía mucha curiosidad por saber más. Hakim continuó:
─ La gente decía que estaba maldita...No entendían que Irina tenía un don.
─ ¿De cuál don hablas?
Con la mirada perdida a lo lejos, Hakim respondió:
─ ¡Irina podía sentir con sus manos la presencia de la sabiduría universal!
Dicho esto, Nathan pudo confirmar todas sus sospechas. Hakim se puso de pie y apoyó su mano en el hombro del joven.
─ ¿Te ha llegado al alma, cierto?
Nathan hizo señal de que así era.
─ Sea lo que sea lo que haya querido saber, ten la seguridad de que ahora sabe la verdad.
Hakim le dijo que debía prepararse. Al momento de su partida, Irina vino a desear buena suerte a Nathan, pero no lo hizo con palabras, simplemente apoyó su mano sobre su pecho. Cualquier palabra habría estado de más. Nathan y Hakim se pusieron en camino y se dirigieron hacia Ürgüp, donde les esperaban Oktay y Olcay en un carruaje. Los dos hermanos saludaron a Nathan y ayudaron a Hakim a subir al carruaje. Nathan se sentó al lado de Hakim y Olcay tiró de los caballos para que se pusieran en marcha. En el camino, no lejos de Avanos, Hakim y Nathan se bajaron cerca de una gran roca y el carruaje desapareció en el horizonte. Tan lejos como alcanzaba la vista, no se veía ninguna vivienda. Hakim le dijo a Nathan que le siguiera y se adentró en un pasillo escondido en la roca. Después de algunos pasos, se hallaron ante una gran verja. Hakim abrió el candado y entró. Lo que vieron ante ellos superaba los límites de la imaginación. Un pasadizo secreto excavado en la piedra caliza conducía a una aldea subterránea formada por una serie de pasillos y decenas de habitaciones. Hakim le contó a Nathan que, en el pasado, la gente había vivido ahí para esconderse del enemigo. Los monjes habían escogido ese lugar para celebrar sus rituales. En una habitación central, unos músicos ensayaban sobre un estrado. Hakim llevó a Nathan hacia el centro del estrado y le dejó allí no sin antes decir lo siguiente:
─ Pronto te verás como nunca antes te has visto.
Unos monjes que llevaban anchas túnicas blancas y sombreros altos subieron al estrado. Se ubicaron a distancias iguales los unos de los otros y cerraron los ojos para concentrarse. Mientras la música resonaba en el lugar, empezaron a girar sobre ellos mismos. Conforme el ritmo de la música aumentaba, los monjes giraban cada vez con más rapidez hasta que entraron en trance. Nathan no se había movido de su lugar. Su vista se volvió borrosa. Concentraba su vista en las túnicas blancas que ondeaban como las alas de los pájaros. Al cabo de un rato, parecían mezclarse entre ellos como para recrear una gran ave. Nathan se vio volando sobre el ave. Lo único que le mantenía en contacto con el mundo físico era la música. Un poco más tarde, tuvo la sensación de que el ave subía al cielo y volaba atravesando las nubes. Luego, Nathan vio un ser que venía planeando con el viento hacia él y le dijo:
─ Soy el guardián del aire. En el mundo de las formas, me conoces como Leewana. Tienes el poder de la receptividad. Voy a ofrecerte mi habilidad para que tú también tengas el poder de la conectividad.
Nathan se lo agradeció. Sufrió una metamorfosis y se transformó en gotas de lluvia. Al caer al suelo, se vio como un río que corría por un profundo túnel subterráneo. Ahí, vio a otro ser que se dirigía hacia él y que también le habló:
─ Soy el guardián de la tierra. En el mundo de las formas, me conoces como Myate. Tienes el poder de la receptividad y ahora tienes el poder de la conectividad. Voy a ofrecerte mi habilidad para que tú también tengas el poder físico.
Nathan mostró su agradecimiento también a este segundo ser. Entonces sufrió una nueva metamorfosis. Se disparó a toda velocidad hacia las alturas y se transformó en una poderosa fuente que se desplomaba al suelo entre altas llamas. De repente, surgió un tercer ser y le dijo:
─ Soy el guardián del fuego. En el mundo de las formas, me conoces como Dian. Tienes el poder de la receptividad, el poder de la conectividad y ahora, también el poder físico. Voy a ofrecerte mi habilidad para que tú también tengas el poder de la transformación.
Nathan sufrió una nueva metamorfosis y se halló al lado de los tres entes. Los cuatro miraban ante ellos una luz de un blanco puro. De repente, aparecieron unas imágenes espectaculares de elementos naturales de un poder nunca antes visto. Los mares recubrían la tierra en su totalidad, las selvas ardían y los huracanes irrumpían en el lugar. Era un espectáculo irreal que iba más allá de la imaginación. Parecía que se trataba del fin del mundo. Súbitamente, Nathan abrió los ojos y volvió a la realidad. Las imágenes fueron tan impresionantes que jamás las olvidaría. Su corazón latía con rapidez. Miró a su alrededor y pudo notar que se encontraba en una montaña bajo un cielo estrellado. Estaba acostado sobre un manta, rodeado por esculturas colosales y por piedras inmensas con forma de cabeza. Nathan no recordaba cómo había llegado a ese lugar y se preguntó si no se trataba de una visión. Se puso de pie. Una gran planicie se extendía ante él. Poco a poco, se fue dando cuenta de que estaba despierto y de que lo que estaba viviendo era real. Sabía que debía de haber una explicación de cómo había llegado a esa montaña. Justo en ese momento, una joven rubia salió de detrás de una escultura. Tenía una lámpara de aceite en una mano y un cántaro de agua en la otra. Nathan se asombró al verla. Sonreía y se dirigía hacia él. Nathan le preguntó:
─ ¿Quién eres y dónde estamos?
La joven le dio de beber y le habló con dulzura:
─ Me llamo Sibyl. Estamos en la montaña Nemrud.
Nathan pudo recordar que Hakim e Irina le habían hablado de Sibyl, la joven que podría responder a sus preguntas.
─ He sido testigo de un acontecimiento impresionante, dijo Nathan. He visto de lo que es capaz la naturaleza.
─ Has visto lo que el mundo necesita, dijo Sibyl.
─ Parecía más bien el fin del mundo.
Sibyl se puso en pie, tomó la lámpara de aceite y dijo:
─ Ven, quiero mostrarte algo.
Nathan la siguió. Entraron en una especie de pasadizo secreto mucho más largo de aquel en el que había estado con Hakim. Al final del pasadizo, llegaron a una sala imponente, iluminada por lámparas de aceite, en la que había numerosos libros y documentos. ─ En esta sala, dijo Sibyl, se encuentran los secretos mejor guardados de la humanidad.
─ ¿Cuáles secretos?
─ Estos libros jamás se han destruido. Mi tarea es velar por todos los pensamientos que un día fueron escritos...
─ ¿Cómo puedes hacerlo?
─ Tengo el don de vivir todos los pensamientos que existen en esta dimensión.
─ ¿También puedes esclarecer las visiones?
Sibyl asintió con la cabeza.
─ ¿Podrías explicarme lo que vi durante el ritual?
─ ¡Por eso he estado dos días a tu lado!
─ ¿Dos días? ¿Cómo es eso?
─ Desde el día en el que los gemelos te trajeron aquí.
─ ¿He dormido aquí todo este tiempo?
─ El ritual te ha agotado por completo.
Sibyl se sentó al lado de Nathan y dijo:
─ Cuéntame lo que has visto sin omitir ningún detalle.
Nathan describió lo mejor que pudo lo que había vivido durante el ritual. Sibyl le escuchaba con mucha atención. Al terminar su narración, la joven permaneció un largo rato en silencio. Nathan tenía mucha curiosidad de escuchar su explicación acerca de su misión superior. La dejó un momento para que pudiera reflexionar con tranquilidad. Cuando volvió a sentarse cerca de ella, la joven parecía haber descifrado perfectamente la visión que había tenido.
─ Has tenido la misma visión que la de los otros tres mensajeros de los que me has hablado. Habéis sido enviados como mensajeros por las fuerzas de la naturaleza para conectarnos a la fuerza milagrosa que se halla en todas las cosas.
─ ¿Ellos también vieron cómo debemos hacer surgir tal conectividad?
─ Sí. La humanidad se ha alejado de tal manera de la naturaleza, que la única forma de volverles a enseñar a respetarla es a través del milagro de la vida.
Nathan se llevó las manos al rostro. Ahora entendía la magnitud de la tarea que les esperaba a Myate, a Leewana, a Dian y a él mismo.
─ Para lograr estos cambios, prosiguió Sibyl, primero se necesita que ocurra una situación de gran desequilibrio.
Nathan levantó la frente y dijo:
─ ¿Pero tendrá consecuencias desastrosas?
─ Tú y los demás mensajeros deberéis confiar en las fuerzas de la naturaleza, ya que están conectadas directamente a la sabiduría que abarca todas las cosas.
Nathan notó la confianza de Sibyl y agregó:
─ ¿Podrías decirme qué será del mundo después de estos acontecimientos?
─ Tales acontecimientos harán que nazca una consciencia colectiva nunca antes vista. Por todas partes surgirán maestros que vibrarán en una energía superior.
Las palabras de Sibyl aplacaron las inquietudes de Nathan.
─ ¿Podrías contarme más sobre la energía superior? preguntó.
─ ¡Es la energía que todo lo une, la energía del elemento interior!
Nathan recordó que Linh usaba en su visita a Vietnam el mismo término. También había aprendido que esta energía no sólo unía los elementos físicos, sino también todos los pensamientos. Sibyl prosiguió:
─ Luego, despuntarán los discípulos que plasmarán en actos los mensajes de los maestros... Así, por medio de la energía superior, las primeras comunidades se aproximarán las unas a las otras y todas las comunidades del mundo entero seguirán su ejemplo.
Poco a poco, las dudas de Nathan iban desapareciendo. Al notarlo, Sibyl agregó:
─ Ahora, sólo te queda apelar a tu sabiduría, Nathan. ¡Y a la confianza que depositas en el orden universal!
Nathan besó a Sibyl en la frente y dijo que ese último mensaje era la fuente de todos los demás mensajes. Al ver que había logrado su propósito, Sibyl sonrío satisfecha:
─ Ahora vayamos afuera, los gemelos deben de estar por llegar.
Le entregó una lámpara de aceite a Nathan y pasó delante de él. Siguieron por un pasillo especialmente sinuoso y finalmente llegaron al pie de la montaña. Ya fuera, notaron que el sol calentaba la llanura. Nathan y Sibyl se tumbaron para aprovechar la agradable temperatura.
─ ¡Gracias por todo lo que has hecho por mí, Sibyl!
─ ¡Gracias a ti, Nathan, por todo lo que harás por nosotros!
Los dos se durmieron. Más tarde, Olcay despertó a Nathan. Oktay esperaba en el coche. Nathan se puso en pie. Sibyl había desaparecido. Nathan subió a la parte trasera del coche y le preguntó a los dos hermanos dónde había ido la joven. Esta pregunta asombró a Oktay y a Olcay. Aparentemente, no sabían de qué les hablaba. Olcay se dio cuenta de que a Nathan le costaba entender la situación. Le dijo que Hakim les había encargado llevarle ahí después después del ritual e irle a buscar después de que saliera el sol. Nunca les había hablado de una joven mujer. Cuando Nathan le preguntó a los gemelos adónde le llevarían, Olcay tomó un mapa e indicó una ciudad enmarcada en un círculo. Se trataba de Samandag, una ciudad costera cerca de la frontera con Siria. Después de un largo viaje a través de muchos y hermosos campos frutales, llegaron a la ciudad de Iskenderun. Olcay sabía de un restaurante, conocido por su buena comida, y propuso ir a comer allí. Sentados a la mesa, Nathan pudo entender por qué los hermanos hablaban tan poco. Oktay sufría de un defecto de habla y para exponerlo lo menos posible a su problema, su hermano hablaba sólo si era realmente necesario.
Retomaron su camino y, durante el viaje, Olcay le hizo saber a Nathan que él y su hermano no se quedarían en Samandag. Debían marcharse y le desearon fuerza y alegría para lo que le esperaría. Nathan se lo agradeció encarecidamente sin hacer preguntas. En Samandag, los gemelos le mostraron a Nathan un hostal ubicado en las colinas desde el que se podía ir andando hacia el mar. Nathan siguió su consejo y reservó una habitación con vistas al mar. Una vez en su habitación, se acostó en la cama, desde donde podía admirar el mar azul, sin embargo, cansado por el largo viaje, se quedó dormido rápidamente.