Convicción
Después de varias escalas, Vadim y Nathan finalmente llegaron a Salvador de Bahía, donde les esperaba Melvin. Las primeras palabras que se intercambiaron Vadim y Melvin, mostraron el cariz cautivador que tendrían sus conversaciones.
─ ¡Bienvenido al país del futuro! dijo Melvin.
─ ¿Qué quieres decir? preguntó Vadim.
─ ¡Dicen que Brasil es el país de la eterna esperanza!
Como Nathan lo suponia, Vadim y Melvin mostraban mucho interés el uno por el otro. De hecho, se estimaban mucho. Mientras se dirigían en coche hacia la posada, Melvin explicó el motivo por el que se había enamorado de ese país. Describía poéticamente su interesante gente y sus paisajes de ensueño. Melvin contó que las culturas amerindia, africana y europea se habían juntado en Brasil y que todas seguían aún vivas ahí. Mientras bordeaban la costa hacia el norte, Nathan se dio cuenta rápidamente de que se encontraba en un país extraordinario. Estaba encantado y le parecía fuera de lo común, como si estuviese dentro de un cuadro. Las selvas tropicales inundaban el paisaje con el océano Atlántico y un estupendo cielo azul de fondo. Llegaron a un lugar llamado Sitio do Conde. En las playas, se podían ver pequeñas casas de madera hechas con hojas de palmeras y rodeadas de cocoteros. En la posada, Nathan y Vadim conocieron al simpático João, un gran amigo de Melvin y, sin lugar a dudas, un sibarita. Él mismo había diseñado los planos de la posada y, con orgullo, contó con lujo de detalles cómo lo había logrado. Tanto la casa de grandes dimensiones como el exótico jardín con piscina estaban construidos con gran magnificencia. Nathan dijo que se veía que habían sido construidos con pasión. Al acabar de mostrarles toda su propiedad, João indicó las habitaciones a sus huéspedes. Quince minutos más tarde, se encontraban todos en la terraza de la piscina. Hacía mucho calor, pero debajo de la sombra de los árboles frondosos, la temperatura se hacía más agradable. João hizo que les sirvieran leche de coco fresca. Melvin agradeció a sus amigos el haber venido y se dirigió a Vadim:
─ ¡Por fin nos volvemos a ver! Esta vez, tendremos más tiempo para debatir nuestras ideas.
─ Gracias a ti, por haberme invitado.
─ ¡Gracias a ti también, por haber respondido a mi invitación!
─ Tenéis mucho en común, dijo Nathan. Los dos intentáis alcanzar el mismo objetivo. Es estupendo que os volváis a ver.
Vadim habló dirigiéndose a Melvin:
─ Sé que te conocen por presentar y compartir tu filosofía, un modo de vida que quiere alcanzar la paz del alma y el bienestar interior.
─ El alma brilla por sí misma, respondió Melvin. En gran medida, se vuelve más consciente de sí misma al reflejar su luz en las demás almas.
─ Puedes así liberar a los hombres de sus ilusiones, dijo Vadim, y mostrarles la realidad pura que se encuentra más allá de lo que vemos comúnmente.
─ Tú también lo haces, dijo Melvin. Gracias a tu trabajo, la gente puede entender mejor que el mundo no es un conjunto de circunstancias dadas por el azar, sino un sistema gloriosamente ordenado.
Nathan escuchaba a aquellos extraordinarios hombres.
─ Lo que ciertamente tenéis en común, dijo, es que ambos sois capaces de influir en las convicciones profundas de la gente.
─ Por lo tanto, de toda la humanidad, agregó Vadim.
─ Ciertamente, dijo Melvin, al final, la humanidad consiste en la suma de todas las convicciones que se encuentran en la fuente de todo sentimiento y de todo acto.
─ Otra cosa que tenéis en común, dijo Nathan, es que ambos pensáis en la importancia de explicar la esencia del mundo.
─ Justamente por ello, la comunicación con los demás es una condición importante, dijo Melvin.
─ Exacto, asintió Vadim. Si nos quedamos en un mundo de ideas que se pliega sobre sí mismo, nuestra productividad se detiene. El diálogo nace al confrontarnos con los demás.
─ El conocimiento sólo puede aumentar a través del intercambio abierto de ideas y, de igual manera, se generan la estima, la comprensión y la admiración, dijo Melvin.
─ Al interesarnos los unos en los otros, dijo Vadim, nuestras almas se encuentran. Nuestras ideas se mezclan y se propagan dándole sentido a nuestra existencia.
─ ¿Ves la diferencia entre nosotros, Nathan? rebatió Melvin.
─ En todo caso, ninguna diferencia esencial, respondió el joven. Quizás por experiencia, Vadim confía más en las pruebas tangibles y para Melvin es más importante, en la medida de lo posible, abstenerse de juzgar.
─ Nuestro objetivo común, concluyó Vadim, es lograr que el mundo sea más feliz.
Melvin propuso a Nathan y a Vadim, después de un largo viaje, descansar el resto del día. Les esperaría en Salvador al día siguiente para mostrarles la ciudad. Por la tarde, Nathan y Vadim decidieron ir a ver la costa. Alquilaron un coche y se dirigieron a Mango Seco, un lugar encantador. El cielo era de un azul puro, la playa irradiada por el sol y el agua de un verde maravilloso. Vadim se sentó a la sombra de los árboles y Nathan se sumergió en el mar. El agua era completamente transparente. Cuando el calor se hizo menos abrasante, los dos hombres fueron a pasear por el poblado, luego regresaron a la posada de Sitio do Conde para la cena. La cena estaba deliciosa. Al día siguiente, cogieron el coche para ir a Salvador. Melvin les esperaba en su casa para recibirles con todos los honores. Vivía en Santo Antonio, una auténtica zona de edificaciones encantadoras. Su casa daba a la bahía. En lo alto de su terraza, Melvin vio llegar a sus invitados. Bajó para hacerles pasar y les recibió con bebidas refrescantes. Luego, les llevó a conocer la ciudad. Comenzaron por Pelourinho, en el corazón de la ciudad. Una zona acogedora con variadas plazoletas y casas pintadas de colores. La ciudad ofrecía muchos restaurantes, terrazas, bares y se oía música muy rítmica por doquier. Melvin contó que en ese lugar, la cultura africana estaba tan arraigada que a Salvador se le conocía como “la memoria africana de Brasil”. Las mujeres negras vestían hermosos vestidos blancos y llevaban sus cabellos peinados con regio esmero. Mientras caminaban, casi todas las personas que encontraban les saludaban de manera amigable. Melvin contó que los habitantes de Salvador era gente muy alegre que aprovechaba cualquier ocasión para una fiesta. Tras un gran paseo por la ciudad, los tres amigos llegaron a una pequeña plaza en la que había un grupo de chicos y chicas de cuerpo atlético que bailaban capoeira, un deporte de combate mezclado con danza en el que los atletas, sin tocarse, realizan todo tipo de figuras con difíciles movimientos de piernas, entre otros. Los tres hombres tomaron asiento en la terraza de un restaurante delicadamente decorado. Melvin ordenó un plato típico de la región, pollo con pasta de gambas frita en aceite de palma con pimientos y salsa de tomate. De aperitivo, pidieron tres caipiriñas, la bebida nacional de Brasil. Se quedaron un rato admirando las acrobacias de los bailarines de capoeira. Nathan estaba asombrado. Se habían juntado todas las piezas para poder conversar de manera agradable, la actividad favorita de los tres hombres. Nuevamente, Nathan dirigió la conversación. Mientras hablaba, señaló a los bailarines y dijo:
─ ¿Es la pasión una condición para la felicidad?
─ Sentimos felicidad, principalmente, cuando podemos expresar nuestra creatividad y alegría, respondió Melvin. Al ver a estos jóvenes, suponemos que han estudiado sus movimientos con precisión durante días. Al compartirlos con nosotros, expresan su creatividad y su alegría.
─ Así también lo creo, dijo Vadim. No creo que exista un solo camino a seguir para conocer la felicidad. Una vida feliz se obtiene al buscar un camino que nos parezca el correcto y seguirlo.
─ Sí, dijo Melvin, primero debemos descubrir quiénes somos realmente, para luego desarrollar nuestros talentos y compartirlos con los demás.
─ Así como tú lo demuestras de manera ejemplar, dijo Nathan.
─ Pienso que de hecho, respondió Melvin, nosotros dos hemos aprendido a desarrollar nuestra felicidad al compartir nuestros conocimientos y, de esta manera, podrán expandirse automáticamente. Por ello es probable que busquemos siempre un público nuevo.
─ Es un proceso que vivo siempre con mis estudiantes, dijo Vadim. Al dar una clase, transmito mis ideas y las distribuyo en tantas partes cuantas haya de asistentes, cada uno con un pasado y un contexto diferente.
─ En efecto, me he dado cuenta, dijo Nathan, de que sus estudiantes captan sus mensajes desde diferentes puntos de vista. Las creencias y los sentimientos de sus estudiantes filtran la información que usted les da.
─ Que hace que nuestros oyentes puedan descubrir cosas en las que nosotros probablemente no hayamos pensado, señaló Melvin.
─ Es lo extraordinario de este trabajo, cuanto más compartimos nuestros conocimientos, ¡más aprendemos!
─ No hay nada más satisfactorio que conocer a alguien que comparta con nosotros su experiencia interior, afirmó el filósofo.
Nathan estaba encantado con el giro que había tomado la conversación. Trató de aprovecharla al máximo y propuso un nuevo tema:
─ Formáis parte del grupo de quienes, día tras día, buscan el bien sirviéndose de la inteligencia. ¿Es posible enseñar este camino?
─ Pienso que es posible, respondió Vadim. Sin embargo, el bien es algo que aprendemos por nosotros mismos. En realidad, tenemos la tendencia de convertirnos en aquellos que nos rodean. Podemos ver tal tendencia en todos lados, ya que nuestro entorno nos contagia.
─ Tendemos de hecho a adaptarnos al nivel de quienes nos rodean, admitió Melvin. De esta manera, enseñamos lo que muestra nuestro comportamiento.
─ Confirmas lo que siempre he pensado, dijo Nathan. El bien puede enseñarse, puede transmitirse.
─ Ciertamente, confirmó el científico. Pero cabe agregar, que para obtener realmente la bondad, el oyente deberá por supuesto hacer lo que se debe.
En los días siguientes, los tres hombres conversarían juntos a menudo. Se instalaban aquí y allá de la costa del estado de Bahía. Los lugares eran cada vez más hermosos. Había transcurrido la primera semana en Brasil y Vadim debía regresar a San Francisco. Como se había previsto, Nathan no regresaría con él. Sabía que aún tenía mucho que ver y aprender en Brasil. Por la noche, Vadim se había despedido de Melvin, quien incluso había organizado una fiesta a la que había invitado a sus vecinos. Durante la noche antes de su regreso a Estados Unidos, Vadim pasó la velada con Nathan. Hablaron del país que Vadim había escogido como su nueva patria.
─ ¿Por qué has escogido vivir en Estados Unidos en vez de otro lugar? preguntó Nathan.
─ Ya desde niño me sentía atraído por ese país. Siempre supe que algún día viviría allí. Pero permíteme responderte con otra pregunta. ¿Cuáles han sido tus impresiones de tu estancia en Estados Unidos?
─ Es un país aparte, con una mentalidad muy particular. En varias ocasiones, me impresionó la sinceridad y la actitud positiva de los americanos.
─ Exacto. Porque los americanos son pioneros, sus ancestros vienen de los cuatros rincones del mundo. En mi caso, por ejemplo, el bagaje que llevé conmigo fue mi formación rusa tanto intelectual como cultural.
─ Quizás sea un país que no tenga una larga historia, pero posee la historia intemporal de todos sus habitantes.
─ Es rico en historia de todas las culturas que aquí conviven. Es capaz, mejor que nadie, de observar la evolución interior de la humanidad y de manifestarla.
Vadim había respondido perfectamente a la pregunta de Nathan. Desde niño deseaba colaborar con la evolución interior de la humanidad y Estados Unidos era para él el lugar ideal para continuar su trabajo.
─ Tu contribución posee un gran valor, dijo Nathan, y te deseo aún más éxito.
Al día siguiente, Nathan acompañó a Vadim al aeropuerto y se despidieron. Los dos hombres se habían convertido en grandes amigos.
─ Gracias a ti, dijo Nathan, entiendo aún mejor cómo las pequeñas cosas de este mundo tienen infinitamente más sentido bajo la luz del orden universal.
─ En cuanto a mí respecta, dijo Vadim, gracias a ti he adquirido una confianza absoluta en que todo se desenvuelve en el universo según un plan. A partir de ahora, esta confianza que ya tenía antes de conocerte, es inquebrantable.
─ Deborah me dijo más o menos lo mismo cuando nos despedimos, señaló Nathan.
─ Eres, con mucho, la persona más extraordinaria que ella y yo hayamos conocido. Melvin me ha dicho también lo mismo.
Con la mirada fija en él, Nathan escuchaba a Vadim.
─ Sé que han depositado en mí grandes esperanzas, dijo dulcemente.
─ Sobre todo confiamos en ti, Nathan. Todos creemos que vas a restablecer el equilibrio entre el alma y la razón.
Al intercambiar estas impresiones, los dos hombres se separaron. Nathan regresó a la posada. No paraba de pensar en las últimas palabras de Vadim y pasó el resto del día en el mar. Debía marcharse al día siguiente.
Llegado el día, Nathan alquiló un coche y le comunicó a Melvin que se dirigiría al noreste del país a explorar el litoral entre Salvador y Recife. El camino de la costa, bordeado de cocoteros, pasaba por selvas tropicales, atravesaba pueblos de pescadores y bordeaba estupendas playas de arena blanca. Nathan empezaba a arreglárselas con el portugués. La región era muy variada y muy cálida, en todo el sentido de la palabra. En las grandes ciudades, Nathan se tomaba su tiempo; quería llevarse consigo todos los recuerdos posibles. Se quedó entonces varios días en Aracaju, en Maceió y en Recife. En cada una de estas ciudades conoció gente formidable. Recife era particularmente hermosa. Fue la ciudad en la que estuvo más tiempo. Finalmente, devolvió el coche de alquiler y tomó un avión para regresar a Salvador.