Costumbre
Algunos días más tarde, Nathan se marchó de París. Sophie se quedó en su apartamento. Nathan había prometido llamarla regularmente como lo hacía con su padre y con Simón. El joven se llevó algo de ropa, algunos libros y sus notas. Siguió el camino que su padre tomaba para ir al sur de España. Conocía bien el camino, pero era la primera vez que lo hacía solo. Al día siguiente a mediodía, Nathan ya no estaría muy lejos de Andalucía. Se detuvo durante un rato en el puerto de Cartagena, desde donde se dirigió hacia el oeste bordeando la costa. Una vez fuera de la ciudad, alquiló una habitación con vistas al mar y se echó una siesta. Se quedó profundamente dormido, pero cuando se despertó aún tuvo tiempo de pasar el resto del día en el mar. Volver a ver el Mediterráneo le sentó muy bien. La agitación de los últimos meses se desvanecía. Cada vez estaba más convencido de haber tomado la decisión correcta al retomar su viaje.
Al volver de la playa, tomó el camino que bordeaba la costa esperando encontrar un sitio donde comer. De repente, se quedó bloqueado en el suelo arenoso. Intentó sacarlo pero se hundía aún más. No se veía nada a primera vista excepto una vieja caravana aparcada a unos cien metros. Nathan se dirigió hasta allí para pedir ayuda. Un joven vigilaba una barbacoa. Estaba asando pescado. Nathan reconocía el olor apetitoso de las sardinas asadas, cada vez más fuerte, según se iba acercando. El vehículo tenía matrícula de Gran Bretaña. Alrededor de la mesa, había otro joven y dos chicas.
─ Buenos días, dijo Nathan en inglés presentándose.
─ Encantado. Yo soy Charlie, respondió el joven a cargo de la barbacoa y luego presentó a sus compañeros de viaje.
─ Mi amiga Jessica, dijo, extendiendo el brazo hacia la joven ocupada en poner la mesa. Paul, dijo, designando al joven que estaba destapando una botella de vino. Y su amiga, Lucy, añadió mostrando la joven que estaba al lado de Paul.
─ Buenos días. Disculpad que os moleste, dijo Nathan, pero es que mi coche se ha hundido en la arena. ¿Podríais ayudarme?
─ ¿Es urgente? preguntó Charlie.
─ No, respondió Nathan, no tengo prisa.
─ Parece que la tengas, comentó Charlie.
─ No, aseguró Nathan, tengo todo el tiempo del mundo.
─ ¿Cómo ha ocurrido? preguntó Charlie. ¿Dónde ha sido?
─ El coche se ve desde aquí, respondió Nathan.
Nathan mostró a Charlie donde estaba el coche, pero el joven inglés sólo le echó un vistazo rápido a la dirección que le indicaba.
─ ¿Ya has comido? preguntó Charlie.
─ No, respondió Nathan.
─ Toma asiento, le propuso Paul.
Nathan se sintió tentado de aceptar la invitación pero no quería molestar.
─ Supongo que no esperáis a nadie más, dijo
─ No pasa nada, le dijo Charlie sonriendo. Habrá bastantes sardinas para todos.
Le mostró a Nathan un cubo lleno de pescado.
─ No nos molestas, confirmó Paul. Estaremos encantados de conocerte.
─ El coche tendrá que esperar un poco, dijo Jessica riendo.
─ Si todavía no has comido, disfrutarás con nuestra comida, dijo Lucy sonriendo.
─ Si realmente no molesto, responde Nathan, acepto encantado vuestra invitación. Reconozco que será un placer poder comer con vosotros.
Nathan tomó asiento y se presentó a sus anfitriones. Estaba encantado de su amabilidad. El ritmo trepidante de la vida parisina no era muy propicio para encuentros de este tipo. Los jóvenes ingleses contaron cómo habían llegado a Andalucía. Después de sus estudios, se marcharon de Londres en caravana. Durante su periplo, pasaron largas temporadas en diferentes lugares. Primero, en el sur de Francia, en la región de Burdeos. Después recorrieron todo Portugal, luego llegaron a Andalucía donde permanecieron en Sevilla y donde conocieron a un tal Pablo que les cambió radicalmente la vida. Pablo procedía de América del Sur, más concretamente de Colombia. Vivía en España, en Tarifa, una pequeña ciudad en el punto más meridional del país desde donde se podía ver África. Pablo había fundado una comunidad hacía algunos años. Los cuatro ingleses vivían allí desde hacía varios meses con treinta personas más de nacionalidades diferentes. Describían su vida comunitaria con muchos detalles y su invitado les escuchaba con atención.
─ Sólo estamos hablando de nosotros, dijo Charlie, en un momento dado. Háblanos un poco de ti.
─ ¿Qué os gustaría saber? preguntó Nathan.
─ Por ejemplo, ¿qué te ha traído hasta aquí? preguntó Jessica.
─ ¡Mi curiosidad! respondió Nathan.
─ ¿La curiosidad por visitar la región? preguntó Paul.
─ La curiosidad por saber lo que hay que conocer, declaró Nathan.
─ Y según tú, ¿Qué es lo que hay que conocer? pregunta Lucy.
─ ¡Lo que da sentido a la vida! respondió Nathan.
Los jóvenes ingleses intercambiaron una mirada. Pensaban que las respuestas de su invitado eran bastante originales.
─ Tengo la impresión de que deberías conocer a Pablo, dijo Charlie.
En ese momento pasó un vehículo todoterreno blanco de la brigada de vigilancia de la playa que se dirigía hacia el coche de Nathan y se detuvo a su altura. Nathan había aprendido que cuando se presenta una solución de forma espontánea, es bueno comprobar si ocurre alguna otra cosa en ese mismo momento. El vehículo ha llegado cuando Charlie le comentaba su idea de presentarle a Pablo.
─ De acuerdo, os seguiré hasta Tarifa, dijo Nathan.
─ Tenemos previsto salir mañana por la mañana, le advirtió Paul.
Nathan se preguntaba si sólo se detendría en Tarifa, o si se quedaría un tiempo como le ocurrió en París. Sería entonces la segunda etapa de su viaje. Nathan se levantó para ocuparse del coche. Charlie y Paul le acompañaron. Cuando llegaron junto al guardia, Nathan le explicó su problema en español. El guardia sacó del maletero el material necesario, puso su vehículo delante del coche para remolcarlo y volvió a subir al todo terreno para sacar a Nathan de la arena. Se notaba que el hombre estaba acostumbrado a sacar coches de la arena. Nathan le dio las gracias y volvió junto a Charlie y Paul.
─ Es útil saber español, dijo Paul.
─ Mi padre creció en un pueblecito no muy lejos de aquí, explicó Nathan.
─ ¿Es allí donde ibas? preguntó Charlie.
─ Salí de Francia con la idea de pasar primero por Andalucía, respondió Nathan, y he seguido el mismo camino que mi padre, pero en realidad no tenía en mente un destino concreto.
Durante ese tiempo, las dos chicas habían recogido la mesa y sirvieron un pastel. Los jóvenes abrieron otra botella de vino y charlaron hasta bien entrada la noche. Nathan se sentía intrigado por lo que había oído contar de la comunidad de Tarifa. Intentaba entender por qué cuatro estudiantes británicos de sociología habían tomado la decisión de vivir allí.
─ ¿Qué fue lo que os hizo uniros a esta comunidad? preguntó Nathan.
─ Debes saber primero cuál fue la razón que nos hizo emprender este viaje, dijo Charlie.
Jessica explicó:
─ Hemos iniciado este periplo porque la vida rutinaria que llevaba la mayor parte de la gente que conocíamos nos horrorizaba.
─ Queríamos otra cosa, añadió Paul. En esta comunidad, cada uno hace lo que quiere sin que a los demás les parezca mal.
─ Sí, allí vivimos libremente, afirma Jessica.
─ Pablo intenta crear otro tipo de sociedad, explicó Charlie.
─ En ese sentido, se encuadra dentro de nuestros estudios.
─ ¿Otro tipo de sociedad? preguntó Nathan.
─ Sí, dijo Paul, una comunidad basada en otra filosofía.
Nathan deseaba saber más:
─ Nathan, ¿nos encuentras ingenuos?
─ Al contrario, respondió Nathan, pienso que es interesante aunque sea ingenuo. Por otro lado, a cualquie avance le precede la ingenuidad.
─ La verdad es que soñamos con un mundo mejor, afirmó Charlie.
Lucy añadió:
─ Es un sueño que compartimos con los demás miembros de la comunidad que vienen de todas partes y que alimentan las mismas ideas.
─ Te sientes muy bien acogido, dijo Jessica, y aprendes muchas cosas cada día.
Nathan se giró hacia Paul:
─ Paul, hablabas de otra filosofía de vida. ¿Qué querías decir con eso?
─ Me costaría mucho hacerte un resumen en unas pocas palabras, dijo Paul reflexionando.
─ No es fácil de explicar, dijo Lucy, porque habría que hablar de todos los aspectos de la vida.
─ Intentamos que todos puedan expresarse, explicó Jessica.
Charlie completó:
─ La comunidad tiene sus propias reglas.
─ ¿Cuáles? preguntó Nathan.
─ Por lo que respecta a los ingresos de la comunidad, por ejemplo, explicó Charlie. Compramos mercancías en Africa y los vendemos a los países más ricos del norte. Así, nos quedamos al margen del gran sistema capitalista y contribuimos a la lucha contra la pobreza.
Paul añadió:
─ Pablo ha redactado reglas para ayudarnos a encontrar la tranquilidad lejos de la agitación del mundo.
─ Pablo sabe mejor que nadie cuánto estrés hay en el mundo, confirmó Lucy.
─ Lo que quiere, dijo Jessica, es enseñarnos la esencia de la vida.
─ Por ejemplo, nos enseña cómo distanciarnos del bienestar material, explicó Paul.
─ ¿Qué opinas, Nathan? preguntó Charlie.
─ Tendré que pensar en ello, respondió Nathan.
─ Dínos lo que piensas de verdad, insistía Jessica.
─ Me gustaría saber más cosas, aseguró Nathan.
Los cuatro jóvenes esperaban con impaciencia lo que Nathan iba a responder. El joven se dio cuenta. “Parece como si ya le dieran importancia a lo que puedo pensar” pensaba para sí mismo. Se expresó con cautela:
─ Por lo que decís, la comunidad os aporta a cada uno de vosotros algo enriquecedor y tranquilizador.
Después de un instante de silencio, prosiguió:
─ Para poder contestaros bien, debería pasar algún tiempo en vuestra comunidad.
Dicho esto, Nathan volvió a su hotel. Mañana partirían juntos hacia Tarifa. Antes de dormirse, Nathan volvió a pensar en lo que había aprendido sobre la comunidad que iba a descubrir. Se planteaba muchas preguntas. ¿Qué clase de personaje era ese Pablo? ¿Cómo podía tener tan rapidamente una influencia tan grande sobre su entorno? ¿A qué se parecía la vida en una comunidad de ese tipo? El joven esperaba que su estancia allí le aportara las respuestas a esas preguntas.
A la mañana siguiente, Nathan compró pan, queso y aceitunas, y se reunió con sus nuevos amigos para desayunar. Juntos discutieron sobre la ruta a seguir. Los jóvenes decidieron no ir por la costa sino por el interior para pasar por Granada. Los cuatro ingleses tenían curiosidad por visitar la ciudad ya que no la habían visto nunca. Nathan, por su parte, ya había ido varias veces con su padre para visitar a viejos amigos. Después del desayuno, los dos vehículos se dirigieron hacia el oeste. Paul y Lucy hicieron el viaje en el coche de Nathan mientras que Charlie y Jessica les siguieron con la caravana. El cielo estaba despejado y ya hacía calor.
Un poco antes de llegar a Granada, vieron un pueblo de casas cueva habilitadas en las paredes rocosas y pintadas de blanco para que fueran más facilmente reconocibles. Nathan recordó de lo que Mauro le había dicho un día y les contó a Paul y a Lucy lo que sabía. En esas casas cueva viven desde hace mucho tiempo gitanos. Su padre le explicó que los antepasados de los gitanos eran originarios de la India y que habían permanecido durante mucho tiempo en la Europa del Este. Más tarde, vinieron en grandes grupos a Francia y a España con la esperanza de encontrar una vida mejor. Desgraciadamente, arrastraban una mala reputación y se encontraban a menudo excluídos. Vivían a menudo en el exterior de las ciudades o, como aquí, en casas cueva.