Honestidad

 

 

Algunos meses más tarde, ocurriría un hecho extremadamente desagradable en la tienda de Simón. Alguien había robado una importante cantidad de dinero que se acababa de depositar en la caja. Moshé acusó a Nathan. Señaló que sólo tres personas conocían el código: su padre, él mismo y Nathan. Nathan les aseguró que él no era el culpable. Llegaron a tener una discusión en la cual todos los obreros fueron testigos. Llamaron por teléfono y Simón llegó inmediatamente al lugar. Declaró que escucharía la versión de Moshé y la de Nathan, y que el que fuera inocente no tendría que preocuparse. Era importante saber la verdad. Simón abandonó la tienda con su hijo y le dijo a Nathan que le esperara y que no se marchara bajo ningún concepto.
Las horas pasaban. Nathan esperaba que Simón no se equivocara y le creyera culpable. No debía de ser fácil tomar partido cuando estaba en juego la honestidad de un hijo y la de un empleado. Nathan lo estaba pasando mal. Intentaba convercerse de que no debía preocuparse. Simón tenía suficientes pruebas de su honestidad. Pero el joven estaba, sobre todo, contrariado al pensar que ahora su patrón debía de estar pensando que le había dado demasiada confianza. Después de un momento, ya no estuvo tan preocupado. Aunque Simón le juzgase mal, el joven sabía que no tenía nada que reprocharle. En cambio, le preocupaba que Simón se sintiera profundamente herido. El veredicto sería de todas maneras doloroso, tanto si era culpable su hijo como si lo fuera Nathan.
La tarde estaba a punto de acabar cuando Simón regresó. Llamó a todos los obreros. La tensión era palpable. Todo el mundo estaba preocupado. Cuando todos los obreros estaban allí, Simón les dijo que volvieran a su casa y les dio vacaciones hasta el lunes siguiente. Varios obreros se dirigieron a Simón. Temían por su empleo. Pero sus preguntas quedaron sin respuesta. Simón pidió a Nathan que le siguiera hasta su despacho. Después de la salida de los obreros, volvió la calma. Nathan entró en el despacho. Simón estaba sentado en su sillón y miraba hacia la ventana. Reinaba un profundo silencio. Nathan no sabía a qué atenerse. Tomó una silla y se sentó.
─ ¿Quería hablar conmigo?
En ese momento, Simón se giró hacia Nathan y le miró, con los ojos apagados. Con voz triste, se expresó con emoción.
─ No hace falta que me hables. Sé lo que tengo que saber.
─ ¿Sabe dónde ha ido a parar el dinero?
─ No es la primera vez que desaparece dinero. Antes de que vinieras a trabajar aquí, ya tenía sospechas. He intentado enderezar las cosas, pero no han hecho más que empeorar.
Nathan no sabía qué decir. Le gustaría apaciguar el dolor del anciano. Por un lado, se sentía aliviado por no estar acusado, pero por otro, tenía un sentimiento de impotencia. Tenía una gran estima por este hombre que estaba sentado en frente de él y que se encontraba sumido en una inmensa pena. Su propio hijo le robaba… Nathan le dijo:
─ No entiendo el comportamiento de Moshé. Siempre ha tenido todo lo que uno puede desear. Posee varias casas desde que era pequeño y tiene suficiente dinero para pasar el resto de su vida sin problemas financieros.
─ Moshé ha olvidado que cuando nació no tenía nada, que la vida le ha dado todo. Pero está claro que no he sabido enseñárselo.
Nathan constató que Simón, además de estar decepcionado, se sentía culpable.
─ Le ha dado todo lo que un padre puede ofrecer. ¿Se siente responsable de su comportamiento?
─ Es la educación que ha recibido la que ha hecho de él lo que es ahora.
─ No tiene por qué sentir remordimientos. Soy testigo de su bondad hacia él.
Nathan ahora estaba más resentido con Moshé por la pena que le había causado a su padre, que por sus falsas acusaciones.
─ Ya hace varios años que no sé comunicarme con mi hijo. Sabes, tú y yo no nos conocemos desde hace mucho tiempo, pero pronto nuestra relación se ha hecho más sólida que la que tengo con mi propio hijo. Moshé también lo sabe y está celoso.
─ Lo sé, y a menudo he querido hablar con él, pero siempre lo ha negado. Por eso, sus celos no han hecho más que agravarse.
─ Eso no es lo que le ha incitado a robar, ya robaba antes.
─ ¿Dónde está ahora?
─ Se ha ido y me ha dejado con la mayor de las penas.
─ No la mayor, porque las cosas aún se pueden arreglar. Si estuviera muerto, la pena sería todavía mayor.
─ Es mejor perder algo bello, que no haberlo conocido nunca. Si hubiera sido honesto y ahora estuviera muerto, guardaría buenos recuerdos.
─ Todavía tiene recuerdos, nadie puede quitárselos.
─ Ahora el pasado está recubierto de una nube de tristeza. Cuando se tienen dudas sobre la honestidad de alguien, se ven con otros ojos los momentos que se han pasado juntos. Créeme, Nathan, ser traicionado por tu propio hijo es más doloroso que perderlo. ─ ¿Podrá perdonarle?
─ Ahora mismo sólo puedo verle de otro modo.
─ ¿No podrá nunca reparar su falta?
─ Para ello, tendría que tener remordimientos sinceros y manifestarlos.
─ ¿Cómo se puede saber si alguien es sincero cuando manifiesta remordimientos?
─ Sólo se puede constatar por sus actos.
─ Pero ¿cómo se reconoce la sinceridad de un acto?
─ Dejando que transcurra el tiempo. Nuestros actos nos determinan más de lo que nosotros les determinamos a ellos.
Nathan se acordaba de que su padre le había enseñado una cita muy parecida. Intentaba ahora analizar la situación de la mejor manera posible.
─ Me inclino a pensar que ha sido demasiado bueno con su hijo.
Simón miró a Nathan.
─ ¿Piensas que he sido demasiado bueno con él?
─ Es el único error posible, si es que se le puede llamar error.
Simón levantó la vista. Le enseñó a Nathan un antiguo dicho.
─ Si, por tu bondad, nunca has sido engañado, es que no has sido lo suficientemente bueno.
Simón y Nathan cerraron la tienda, cogieron el coche y volvieron a casa. La mujer de Simón les dijo que Moshé había hecho su maleta y se había ido. Moshé ya no estaba, pero Nathan continuó trabajando para Simón. Recibía cada vez más responsabilidades y Simón, que empezaba a hacerse mayor, se retiraba progresivamente de sus negocios. Los dos hombres decidieron dedicarse a la exposición de sus artículos en ferias comerciales. Asistían a ferias importantes en Francia y países limítrofes. Los negocios iban bien y los beneficios también.
Durante la temporada de invierno, Simón y Nathan participaron en una feria que tenía lugar en Hamburgo, al norte de Alemania, el país donde Simón conoció a su mujer, que nació y creció en Berlín. La última noche de la feria, Simón y Nathan volvieron al hotel para descansar y decidieron ir a cenar a la ciudad un poco más tarde. Simón ya había estado en Hamburgo. Le gustaba esa ciudad. Nathan y Simón llegaron al centro. Los restaurantes estaban abarrotados. Nathan temía no encontrar sitio porque no habían reservado. Simón aparcó el coche cerca del río Elba, el río que divide la ciudad en dos.
─ Si nos quedamos por aquí, dijo Simón, podremos encontrar una mesa con vistas al río.
─ ¡Creo que podremos estar contentos si encontramos una mesa libre!
─ Sólo será cuestión de paciencia.
Nathan reconoció ese tono de Simón que despertaba su atención de manera particular, como le pasaba también con su padre. Simón y Nathan pasaron por delante de los restaurantes. De repente, Simón se detuvo. Miró hacia arriba y vio una gran ventana en el primer piso.
─ ¡Entremos, propuso. Estoy seguro de que arriba hay una vista muy bonita!
Nathan y Simón entraron en el restaurante, saludaron a los camareros y subieron al primer piso. El joven constató que abajo, todas las mesas estaban ocupadas y temía que pasara lo mismo arriba. Al llegar al piso de arriba, recorrieron la sala con la mirada y, lo que Nathan temía, resultó ser cierto.
─ ¡Qué pena que no haya sitio libre, se lamentó. Huele muy bien!
Simón no dijo nada. Saboreó la vista sobre el Elba.
─ La vista es aún más bonita de lo que me imaginaba.
─ Tenemos que irnos a otro sitio a comer porque aquí las mesas están ocupadas.
─ Voy a preguntar.
Simón se acercó al camarero de más edad y se puso a hablar con él. Nathan vio que el camarero sacudía la cabeza. Simón continuó hablando con él y le mostró la ventana. Unos momentos más tarde, el camarero llamó a un colega para que viniera hacia donde estaba, le dijo algo y los dos hombres dejaron la sala. Simón volvió a donde estaba Nathan.
─ Puedes quitarte el abrigo.
─ ¿Vamos a esperar aquí?
─ No tenemos que esperar. Todo está arreglado.
Simón aún no había acabado la frase, cuando Nathan ve a dos camareros trayendo una pequeña mesa que sitúan delante de la ventana. Después traen dos sillas. Nathan y Simón tomaron asiento Nathan miraba a Simón que observaba con satisfacción las calles bellamente iluminadas al otro lado del río.
─ ¿Cómo sabía que encontraríamos sitio en este restaurante?
─ Simplemente pensé que era una buena idea entrar aquí.
─ Tiene el don de elegir bien.
─ Al intuir las cosas, puedes ponerlas en movimiento para dar vida a las ideas.
Nathan se dio cuenta, una vez más, cómo el concepto que tenía Simón de la vida se parecía al de su padre. Respondió:
─ Si todo el mundo se nutriera de buenas ideas, el mundo iría mejor.
─ Para empezar, comentó Simón, cada uno debería saber lo que son las buenas ideas.
─ Esto me parece sencillo.
─ La gente no recurre a los mismos conocimientos para saber qué ideas son las buenas. Hay mucha gente que prefiere sus propios conocimientos al conocimiento superior.
Nathan sabía que el conocimiento superior no era otra cosa que la fuerza interior de la que hablaba su padre. Era, de nuevo, una confirmación del parecido entre los dos hombres. Preguntó:
─ ¿Por qué no todo el mundo es consciente de la utilidad real del conocimiento superior?
─ Porque clasificamos nuestras prioridades dentro de un orden que nos es propio.
─ Pero, ¿no tiene la evolución personal una importancia capital?
─ Cada uno de nosotros tiene su punto de vista y éste depende de lo que le hayan inculcado.
Llegó un camarero a anotar el pedido. Era un joven de piel oscura. Los acontecimientos que siquieron producirían en Nathan una impresión fuerte y duradera. Uno de los clientes de la mesa de al lado se hacía notar. Hablaba en voz alta e imponía por su estatura. Debía de tratarse de un director que había invitado a los miembros de su personal a cenar. El director pidió rapidamente la bebida y se enfadó porque no se la habían traído enseguida. El camarero se sintió molesto por el comportamiento del hombre, pero permaneció amable y respondió que vendría a servirles dentro de momentito. Anotó el pedido de Simón y de Nathan, ya que estaban antes, para disgusto del director. El camarero, después de haber anotado el pedido, se dirigió a la cocina. En ese momento, el cliente hizo un comentario sobre el color de su piel. Algunos de los invitados a la mesa soltaron una carcajada de aprobación. Los otros, molestos, permanecieron pasivos.
Nathan vio al camarero perder su sangre fría y caminar hacia el hombre. Antes de que Nathan se diera cuenta, Simón ya se había apresurado a interponerse entre el camarero y el director. Simón agarró las manos del camarero y le miró directamente a los ojos:
─ El primero que se enfada siempre es el que no tiene razón.
─ Eso es fácil de decir. ¿Sabe usted lo que es estar siempre aguantando prejuicios?
─ Es precisamente en esos instantes cuando no debe olvidar que es un ser exceptcional. Eso le dará la fuerza necesaria para no perder el control. Debe verlo como una ocasión para no sentirse ya nunca más herido por este tipo de comentarios.
─ ¿Qué quiere decir?
─ ¿Quién tiene el poder sobre sus sentimientos? Ahí reside todo. ¿Es usted quien controla sus sentimientos o es que están bajo el control de otra persona?
─ ¿Debo entonces dejarme insultar?
─ Una persona correcta no profiere insultos. No puede insultar a alguien aunque sea grosero.
Los dos hombres se callaron. El camarero reflexionó sobre las palabras de Simón y se calmó. El cliente se divirtió e hizo algunos comentarios que, tanto Simón como el camarero, ignoran.
─ Considere lo que acaba de pasar como una lección, dijo Simón al camarero. Si puede sacar de ello una enseñanza, el dolor que siente tendrá sentido y usted saldrá reforzado. Simón soltó entonces las manos del camarero.
─ Puede estar orgulloso de usted, le dice. A partir de ahora, siempre controlará mejor sus sentimientos.
El camarero entendió perfectamente que Simón le había ayudado a comprenderlo y le dio las gracias. Simón regresó a su sitio en la mesa. Continuaron la conversación en francés.
─ ¡Qué cruel puede ser la gente! se indignó Nathan.
─ Lo más importante es aprender a dominar nuestros sentimientos.
─ De todas formas, es una pena que haya personas tan malas..
─ Sólo sus actos son malos. No se puede decir nunca que una persona sea mala.
─ ¿Esas personas tan crueles no son conscientes del daño que hacen a las demás?
─ Si no hubiese dolor ni sufrimiento en el mundo, no habría tampoco elecciones morales.
─ ¿Sería peor? preguntó Nathan
─ Eso significaría que, al igual que las máquinas, no tendríamos libre albedrío y, por lo tanto, ninguna posibilidad de evolucionar.
Después de un momento de reflexión, Nathan comprendió lo que acababa de oir.
─ Visto así, efectivamente, el dolor tenía sentido en cierta manera.
─ Esto nos da la posibilidad de tender hacia el bien y hacia la paz, declaró Simón.
─ ¿Hablaba este hombre en serio o quería simplemente hacerse notar? se preguntó Nathan.
─ No lo sé. El hecho es que los hombren pertenecen a diferentes culturas, pero la diversidad cultural puede acercarles. Simón dejó su mirada deslizarse sobre el río.
─ He aprendido que, a menudo, las ciudades divididas por un río conocen importantes diferencias de mentalidad. Vemos personas a las cuales esas diferencias vuelven temerosas y las pone a la defensiva, mientras que otras muestran interés y buscan un acercamiento.
─ ¿De dónde procede este temor? pregunta el joven invitado.
─ El temor descansa, a menudo, unicamente en la ignorancia. Muchas personas no son conscientes de que la diversidad cultural es precisamente lo que enriquece nuestro conocimiento.
Nathan y Simón miraban fluir el río. El reflejo de la luz sobre la superficie del agua daba la impresión de que el Elba era un ser vivo. Simón extendió la mano hacia la ventana:
─ Mira cómo fluye el agua y traza su camino hacia el mar, donde formará de nuevo parte de otro todo mayor. Un curso de agua no se plantea preguntas sobre la naturaleza de otro curso de agua, fluye tan lejos como puede para buscar su desembocadura.
─ Así tenemos todos que confluir los unos con los otros, concluyó Nathan.
Después, Simón informaría a Nathan de una decisión importante. Cuando acabara el verano, vendería su comercio y sus bienes inmuebles, y ya no trabajaría más. Ël y su mujer se trasladarían a Miami donde vivía su hermana desde hacía ya más de treinta años. A Nathan no le sorprendió la noticia. Simón ya había hablado en más de una ocasión de su deseo de pasar su jubilación en Florida.