Más allá de nuestra identidad existe un espíritu universal

 

 

Ni el país, ni siquiera el cuerpo que hemos heredado, tienen una importancia real. Ocurre lo mismo con las culturas y las religiones a las que nos han adscrito. En el absoluto no existen africanos, ni asiáticos, ni americanos. Como tampoco hay cristianos, musulmanes ni budistas. Todos estos apelativos son únicamente etiquetas que, por supuesto, nos ayudan a distinguirnos los unos de los otros, pero sin definir lo que somos en realidad. Es un poco como el nombre que llevamos, que es una etiqueta pero no define en nada lo que somos realmente.

 

Estos apelativos asignados a la forma que adoptamos actualmente designan la fase temporal en la que nos encontramos. Una fase precisa en el tiempo lineal, una forma única e individual que representa la eternidad aquí y ahora. Todo apego suplementario nos aleja de nuestra esencia real.

 

Cuando este mensaje es comprendido en su totalidad, ya no nos sentimos llamados a librar el combate de nuestros antepasados. Ya no nos sentimos obligados a amar a quienes ellos amaban ni a tener que odiar a quienes ellos odiaban. Abandonamos así la conciencia tribal en la que nos percibimos, distinta de la otra en función de nuestra nacionalidad, nuestras creencias o el color de nuestra piel.

 

Lo que está en juego es nuestra libertad. Efectivamente, la liberación profunda depende en gran medida de la manera en que nos percibimos a nosotros mismos, de no aferrarnos a nuestras identificaciones y de nuestra elección de dejar atrás nuestra historia tribal y ancestral. Esas identificaciones egocéntricas que han estado en el origen de tantas guerras y en el de la muerte de centenares de millones de seres humanos. Aprendamos todos a vernos como seres universales, sin identidad étnica o cultural. Nada más eficaz para todos los que esperan ver un día cómo nuestro mundo se transforma en un lugar sagrado para toda la humanidad.