Milagro
Una mañana en plena estación lluviosa, la vigilancia costera de Zamboanga, en las Filipinas, recibió el aviso de un naufragio en el mar de Sulu, la frontera natural entre Malasia y el archipiélago filipino. El navío Harap, procedente de Sandakan en Malasia, había experimentado problemas mientras navegaba hacia Zamboanga. Una tempestad de una fuerza inusitada había estado causando estragos desde hacía varios días. El mar estaba muy agitado y la violencia de las olas ya había hecho zozobrar varios barcos. La nave, desaparecida hoy, un paquebote malayo de grandes dimensiones, transportaba un gran número de pasajeros.
La noticia del naufragio se extendió rápidamente. E hizo cundir el pánico entre los habitantes de Zamboanga y sus alrededores. Muchos de ellos tenían familiares y amigos a bordo, y algunos de entre ellos ofrecieron su ayuda espontáneamente al equipo de salvamento. Hacia las nueve, las primeras fragatas llegaron al lugar del naufragio. Al ver el gran número de cuerpos flotando, el equipo de rescate se dio cuenta de la extraordinaria violencia de la tempestad que había azotado el mar.
En el informe que el responsable del equipo de salvamento debía presentar tras el suceso, se leía lo siguiente: “Reinaba una atmósfera misteriosa en el lugar de la catástrofe. No se oían gritos ni llamadas de auxilio... únicamente el angustioso silencio que lo invadía todo. En el aire reinaba la bruma y el mar estaba extremadamente calmado. De no ser por la presencia de los cadáveres, nada hubiera dejado suponer que acababa de producirse una catástrofe. Se hubiera podido decir que el mar se avergonzaba de lo que había provocado”.
Los submarinistas se sumergieron para localizar el navío, mientras que el resto del equipo de salvamento partía en busca de supervivientes. El navío, que fue localizado rápidamente, contenía numerosos cuerpos sin vida. A primera vista, parecía que todos los pasajeros habían perecido ahogados. El responsable del equipo de salvamento, un hombre que emanaba una autoridad adquirida durante largos años de servicio, nunca había visto una catástrofe de estas dimensiones. Sin embargo, no se dejó vencer por el desánimo y no mostró ningún signo de debilidad, exhortando sin descanso a sus hombres a seguir buscando posibles supervivientes. Según iban pasando las horas, la esperanza de encontrar personas con vida iba menguando. Tanto es así que, en un momento dado, tanto los integrantes del equipo de rescate como los que les habían acompañado quisieron abandonar la búsqueda. Un buen número de ellos había reconocido a familiares y amigos, y muchos se encontraban traumatizados viendo el número de víctimas. Pero el responsable del equipo de salvamento insistió en que nadie descansara hasta que todos los cuerpos fueran recuperados.
El equipo de salvamento llevaba ya trabajando sin descanso un buen rato, cuando se oyó un grito pidiendo ayuda. Provenía de detrás de una fragata. Inmediatamente, muchos de los miembros del equipo salieron corriendo hacia el lugar del que provenía el grito. Para su gran sorpresa, vieron un niño pequeño con el pelo castaño un poco largo y temblando de frío que estaba tumbado desnudo sobre un madero que flotaba sobre el agua. Por su tamaño debía tener unos cinco años. Sosteniendo la cabeza del niño el miembro del equipo que había pedido socorro balbuceaba llorando de la emoción:
─ ¡Respira!.. ¡Todavía respira!... ¡Está vivo!
El niño fue llevado al puente por varios miembros del equipo de rescate. Efectivamente todavía respiraba, simplemente había perdido el conocimiento. Llamaron enseguida al responsable del equipo de rescate. Éste se sorprendió al ver al pequeño, y se le quedó mirando lleno de asombro antes de tomarle el pulso. En cuanto sintió los latidos de su corazón, reunió en el puente a todo el equipo.
─ Esto es, les dijo con una potente voz, esto es por lo que hemos trabajado tan duro. ¡Nuestros esfuerzos se han visto recompensados! ¡Harap! ¡Qué el nombre de este barco quede para siempre grabado en vuestra memoria!
El responsable del equipo volvió a mirar al niño y cogió una manta para tapar el cuerpo helado. Los miembros del equipo intercambiaron miradas a la vez que experimentaban una furtiva alegría en medio de toda aquella desgracia. Sus esfuerzos no habían sido en vano. Uno de ellos comentó que el pequeño no era de la región, sus rasgos faciales eran diferentes y la piel era más clara. Otros también le examinaron atentamente sin llegar a determinar su procedencia. Más tarde encontrarían otros cuerpos con la piel aún más clara que la del niño.
El equipo de salvamento continuó la búsqueda pero, desgraciadamente, sin éxito. Las primeras fragatas regresaron con el niño a la base de Zamboanga. A su llegada, el responsable del equipo dio la orden de vestir al niño e inmediatamente lo llevaron al hospital local en estado comatoso. En el informe presentado tras la catástrofe, el responsable mencionó que era un milagro que el pequeño hubiera sobrevivido, sin embargo omitió a propósito el hecho de que el niño había sido encontrado desnudo. Naturalmente, todo aquello le intrigaba. Pero pensó que lo mejor era no mencionarlo, a fin de no llamar la atención. ¿Se había desnudado? ¿Se estaba aseando en el momento del accidente? Cualquiera que fuera la razón, el jefe de la brigada de salvamento pensó que sería mejor no mencionarlo para evitar revuelo.
Durante los días siguientes, el pequeño siguió en coma. Había empezado la identificación de los pasajeros. A bordo había principalmente malayos y filipinos, los pasajeros de piel clara procedían principalmente de Bélgica y de los Países Bajos. Formaban parte de un pequeño grupo de historiadores del arte que habían querido hacer la travesía hasta Filipinas.
Las autoridades belgas y neerlandesas fueron informadas del naufragio y del hecho que un niño había sobrevivido a la catástrofe. El informe contenía fotos y una detallada descripción de sus características físicas. Se informó a las familias de todas las víctimas, pero ningún familiar reconoció al niño.
El único que mostró interés fue el padre de Dunia. Dunia era hija única y formaba parte del grupo de historiadores del arte que había perecido en el naufragio. Desde hacía varios años vivía en Kuala Lumpur, en Malasia. Mauro se puso en contacto con las autoridades belgas para explicarles que no había tenido noticias de su hija desde hacía unos años. Se dijo que quizá durante ese tiempo hubiera tenido un hijo, y deseaba tener más información sobre el niño. Unos días más tarde, Mauro recibió mucha más información. Llegó precisamente un viernes a las doce. Unas horas más tarde se puso en contacto con el hospital de Zamboanga. La dirección del hospital le informó que el niño había salido del coma unas horas antes. Cuando Mauro preguntó la hora exacta a la que se había producido, le respondieron que había sido ¡a las doce del mediodía exactamente! Mauro no pudo evitar encontrar sorprendente que la hora fuera exactamente la misma en la que él había recibido la información.
Mauro era un hombre de cincuenta años que había viajado mucho y que le prestaba mucha atención a hechos fuera de lo común; para él este acontecimiento no era fortuito. Decidió ir a las Filipinas y visitar al niño. Para no despertar sospechas, a su llegada Mauro le dijo al personal del hospital local que era su abuelo y que su madre era una de las víctimas que se encontraban a bordo del Harap. Mauro pasó unos días junto al pequeño cuidándolo como un padre afectuoso. Muy pronto, se estableció un vínculo entre ellos que se hacía más fuerte día a día. Entre tanto, Mauro había recibido una respuesta definitiva informándole de que el niño no podía ser en ningún caso su nieto. Su hija Dunia nunca había estado embarazada y nunca había adoptado ninguno. Para Mauro, aquello no cambiaba nada. Al contrario, Mauro adoptaba su papel de abuelo cada vez más e incluso le dio un nombre al niño: Nathan.
Mauro aún no había podido descubrir el origen del niño, que todavía no había pronunciado ni una sola palabra. Nathan no tenía ninguna dificultad para emitir sonidos, pero no parecía poder llamar a las cosas por su nombre. A Mauro esto le resultaba extraño. Nathan no parecía en absoluto traumatizado y Mauro sabía que un niño de su edad debía ser capaz de hablar. Pero Mauro no dijo nada, y le enseñó a Nathan algunas palabras en francés para no despertar sospechas acerca de su origen.
Nathan se sentía un poco mejor cada día que pasaba. Según los médicos, no le había quedado ninguna secuela mental o física de la catástrofe. Con el tiempo, Mauro se dio cuenta de lo despierto que era Nathan y de que estaba dotado de una insólita curiosidad. Sin embargo, una enfermera se dio cuenta de algo bastante singular. Cada vez que le llevaba a Nathan una jarra de agua, unos minutos más tarde estaba vacía. Había observado al niño y había visto como Nathan se llevaba la jarra a los labios bebiendo lentamente hasta vaciarla. Cuando las dos enfermeras le comentaron a Mauro lo que pasaba, quiso verificar él mismo lo que le habían contado. Al día siguiente compró unas cuantas botellas de agua en una tienda. Llenó un vaso y se lo dio a Nathan, repitiendo esta operación veinte veces. Nathan vaciaba el vaso siempre.
Mauro, intrigado, se quedó contemplando al niño durante un buen rato sin poder encontrarle una explicación razonable. Para que el personal de enfermería no se preocupara, achacó el hecho a la elevada temperatura que reinaba en el hospital. Si bien es cierto que no era una buena explicación, Mauro, sin embargo, había conseguido convencer a las enfermeras de sus buenas intenciones y éstas no hablaron del suceso con nadie.
Entretanto, Mauro se había hecho amigo del comisario de policía local, un hombre que parecía tener mucha influencia en Zamboanga. Mauro le pidió que arreglara todos los papeles necesarios lo más rápidamente posible para poder llevarse a Nathan a Bélgica. Hizo hincapié en el hecho de que debido a sus obligaciones personales no podía permitirse perder mucho tiempo. Mauro le propuso al comisario una recompensa si podía acelerar el papeleo. “Dele prioridad a este asunto y se lo agradeceré.”, le dijo guiñando un ojo. Dos días más tarde, el comisario le trajo los documentos necesarios. Mauro reservó los billetes de avión y volvió a Bélgica con Nathan.
A su regreso, consiguió ser designado tutor de Nathan. Les contó a sus allegados que Dunia lo había adoptado. Todo el mundo encontró normal que a la muerte de su hija él hubiera querido ser el tutor del niño. Nathan creció en Bruselas. Vivía con su padre en el último piso de una casa señorial que daba a la Place des Bienfaiteurs, una de las numerosas plazas típicas que salpicaban la ciudad. Gracias a su floreciente economía, la capital belga atraía a numerosas personas de origen mediterráneo. Muchos de ellos venían a probar suerte y acababan por instalarse allí definitivamente. Esas diversas nacionalidades le daban a la ciudad una atmósfera sureña. Era pues, una época apasionante para vivir allí. Más tarde, Nathan se dio cuenta de que había crecido en un ambiente muy rico en lenguas y culturas.
El propio Mauro era originario de Andalucía en el sur de España, y vivía desde hacía mucho tiempo en Bélgica. Había crecido en Mojácar, un pueblo mediterráneo. Como corresponsal de un importante diario, pasaba largas temporadas regularmente en el extranjero. Durante sus ausencias, le pedía ayuda a su hermana que se ocupaba frecuentemente de Nathan. Como muchos extranjeros, Mauro volvía todos los años a su país natal. A pesar de todos sus viajes, ningún lugar en el mundo le proporcionaba una sensación de felicidad y de bienestar comparable a la que sentía cuando estaba en Andalucía. Nathan también esperaba con impaciencia las vacaciones en Andalucía. Todos los veranos pasaba allí al menos un mes. Esta región de España se había convertido para él en una segunda patria. Los largos viajes en coche hacía el sur eran por sí mismos inolvidables, y los paisajes jalonados de hileras de almendros, naranjos y olivos quedarían para siempre grabados en su memoria. Mauro y Nathan vivían sus más bellos momentos cuando distinguían a lo lejos la blancura de las casas encaladas de Mojácar, donde momentos después serían recibidos por todos los miembros de la familia.
En su juventud, Mauro tuvo la suerte de poder estudiar en Granada. Allí estudió filosofía y aprendió varias lenguas. Ya de niño sentía la ambición de explorar el mundo. Antes de emigrar a Bélgica, había trabajado un tiempo en la aduana del puerto de Almería. Desde su puesto fronterizo veía diariamente los barcos que llegaban y se iban, lo que había avivado aún más su deseo de viajar. Una vez hubo ahorrado lo suficiente para poder pagarse su primer viaje, dejó España para dirigirse a Bélgica. Escogió este país porque uno de sus tíos vivía en Bruselas. Por eso, le pareció un lugar ideal para pasar los primeros meses.
Antes de su partida, Mauro le había prometido a su hermana pequeña que podría reunirse con él en cuanto hubiera encontrado un alojamiento. No habían pasado tres meses de su llegada, cuando Mauro alquiló un apartamento y se trajo a su hermana a vivir con él. La suerte quiso que Mauro se casara con una amiga de su hermana que ésta había conocido en Bélgica. La mujer de Mauro era originaria de Lovaina, una agradable ciudad de provincias habitada por un gran número de estudiantes venidos del mundo entero. Dunia fue su única hija. Algunos años antes de la muerte de Dunia, la mujer de Mauro falleció a causa del saturnismo. Su sistema nervioso había resultado gravemente afectado por el plomo de las canalizaciones de agua al que había estado expuesta en la casa de sus padres. Los meses que precedieron y sucedieron a la muerte de su mujer no habían sido fáciles para Mauro, y éste se había refugiado en el trabajo. A su vez, Dunia no pudo llegar a perdonarle que no hubiera consagrado más tiempo a su madre enferma. Así que el dolor había sido aún más intenso cuando Mauro recibió la noticia de la muerte de su hija. Él hubiera querido realmente hablar con ella para darle explicaciones, pero cada vez que se presentaba una ocasión, él la dejaba pasar. Mauro era un respetado especialista en política internacional. Además de ello era un buen orador, y daba numerosas conferencias. Era apreciado por su perspicacia y su gran poder de persuasión, dos características que Nathan adquiriría igualmente con el tiempo. Entre tanto Mauro le había contado, sin ocultarle nada, como le había traído a Bélgica. Nathan recibió de Mauro, al que consideraba como un padre, una sólida educación y se convirtió en un joven extremadamente inteligente. Se distinguía mayormente de sus amigos y de sus compañeros de clase por su lucidez y por su actitud siempre relajada.
Pero Nathan poseía además una facultad muy particular, podía estar sin respirar bajo el agua durante largo tiempo. De niño, Nathan no se dió cuenta de este don y pensaba que muchos otros también lo poseían. Fue durante unas vacaciones en Italia cuando Nathan hubo de enfrentarse a lo peculiar de su don. Mauro y unos amigos habían alquilado un chalé en Sorrento, una ciudad situada en la costa napolitana. Durante su estancia, Gianni, uno de los padres de familia que les acompañaban, propuso hacer una excursión en barco a lo largo de la costa. Así que alquilaron un barco con capitán por un día para poder visitar las islas de Capri y de Ischia. Una vez en mar abierto, algunos de entre ellos saltaron al agua para darse un chapuzón. Sin que nadie se diera cuenta, Nathan se tiró al agua. Anna, una amiga, fue la primera en darse cuenta de la larga ausencia de Nathan, y el pánico se declaró a bordo. Todo el mundo se puso inmediatamente a buscar al niño. Mauro y los otros hombres saltaron al agua, pero nadie vio al chiquillo y a bordo se impuso el pánico. Cuando Nathan salió a la superficie, no era consciente para nada del pánico que había provocado. Todo el mundo estaba tan alterado que se decidió dar media vuelta y regresar inmediatamente.
Durante el viaje de vuelta, le preguntaron a Nathan dónde había estado tanto tiempo. Él respondió que había buceado hasta el fondo del mar. El capitán declaró que era difícil de creer, porque el mar tenía una profundidad de, al menos, cincuenta metros en aquel lugar; y añadió que era inimaginable que un niño pudiera mantenerse tanto tiempo sin respirar. Nathan, por su parte, no dejaba de repetir que decía la verdad. Mauro, que entendía el carácter un tanto especial de la situación, reaccionó de una forma sorprendente. Delante de sus amigos se mostró muy enfadado con Nathan y le reprochó haberle causado tanta angustia a todo el mundo. La verdadera intención de Mauro era montar una escena para que sus amigos no se hicieran más preguntas. Les dijo:
─ Nathan se había escondido. ¡De vez en cuando, le da por hacer este tipo de jugarreta!
Un poco más tarde, por la tarde, cuando Mauro y Nathan se quedaron solos, Mauro admitió que no estaba en absoluto enfadado y que le creía, pero que había fingido enfadarse por su propio bien. Mauro le pidió que le diera más detalles sobre lo que había pasado bajo el agua. Nathan repitió que había buceado hasta llegar al fondo, añadiendo que si se había quedado mucho tiempo, era porque había encontrado los restos de un naufragio y había pasado un tiempo examinándolo. Cuando Mauro le preguntó cuánto tiempo había estado bajo el agua antes de salir a la superficie, se dio cuenta de que Nathan no entendía porque este detalle tenía tanta importancia. Mauro repitió la pregunta y Nathan respondió:
─ Unos diez minutos, creo.
Es entonces cuando Mauro se convenció completamente de que Nathan poseía un don. Le explicó por qué esta característica era excepcional y le recomendó encarecidamente no hablar de ello con nadie. Nathan le preguntó a su padre si sabía de dónde le venía este don. Mauro no supo que responderle, pero le dijo que se trataba de un don tan extraordinario que seguramente había una razón para ello. Según él, este don sólo podía ser algo bueno, y, por lo tanto Nathan no debía inquietarse. Le tranquilizó diciéndole que la verdadera razón de este don ya aparecería cuando fuera necesario. Cuando Mauro se disponía a salir de la habitación, Nathan le hizo una última pregunta. Le preguntó que significaba “Il Dono”. Su padre suponía que eran palabras italianas, pero no sabía lo que quería decir. Le preguntó a Nathan por qué quería saberlo, y éste le respondió que había leído este nombre en el barco que había encontrado bajo el agua.
Al día siguiente, Mauro volvió solo a la ciudad costera cerca del lugar donde había tenido lugar el incidente. Quería saber si los habitantes habían oído hablar de un barco que hubiera naufragado. Le contaron la historia completa en el ayuntamiento. Hacía años que, en efecto, un barco se había hundido en la zona donde Mauro había ido a nadar con sus amigos. La historia tomó un giro de intriga cuando oyó el nombre del barco: “Il Dono”. El funcionario municipal añadió que este término significa en italiano: “¡el don”!