Observación
Durante la travesía, el cielo estaba despejado. El sol pegaba fuerte. El agua estaba limpia. Había delfines que saltaban alrededor del barco emitiendo pequeños gritos. Emergían del agua varios a la vez en perfecta sincronía, pasaban rapidamente delante del estrave del barco dejando ver su vientre claro y retomaban sus saltos al otro lado. Nathan tenía la impresión de ser acompañado hacia su nuevo destino. En un momento dado, todos los delfines desaparecieron de repente. Pero su alegría de vivir permanecería en el corazón de los pasajeros.
El puerto de Tánger ya estaba a la vista. El aire era cálido aunque fuera invierno. A medida que el barco se aproximaba a la costa, Nathan reconocía los olores que el viento había traído hasta Cádiz. Ponía por primera vez el pie en suelo africano y sus sentidos estaban increiblemente excitados. Todo era diferente: la gente, los edificios, la lengua con sus consonancias tan diferentes, Nathan se dio cuenta de que había penetrado en otro mundo. Después de pasar por la aduana, se puso a buscar a Adnán. Pablo lo había descrito como un hombre apuesto, con el pelo corto y una pequeña barba. Llevaría un sombrero de paja y le esperaría a la salida. Al caminar, Nathan vio a un hombre que correspondía a esta descripción. Apoyado contra el muro, iba vestido con un típico atuendo árabe y llevaba un sombrero de paja.
Al ver a Nathan, se acercó a él sonriendo y le dirigió la palabra en francés.
─ ¿Nathan, supongo?
─ Sí, respondió Nathan sonriendo. Buenos días, Adnán. Gracias por haber venido a buscarme.
─ Es un placer. ¿Qué tal la travesía?
─ Muy buena. Hemos visto delfines que nos han acompañado durante un trecho del viaje.
─ Eso es una señal que confirma que vas en la buena dirección.
Nathan se quedó sorprendido por el comentario de Adnán.
─ Mi coche está un poco más para allá, dijo Adnán.
Al ir andando, Nathan miraba con extrañeza lo que le rodeaba. Adnán y él dejaron la zona del puerto.
─ ¿Es la primera vez que vienes a un país árabe? preguntó Adnán.
─ He estado en Asia, pero no es lo mismo.
Lo que llamaba la atención a Nathan es que, a pocos kilómetros de la costa europea, existiera un mundo totalmente diferente. Tan cercano pero tan distinto.
─ Ahora, son las diferencias las que te llaman la atención, pero más tarde ¡te interesarás por lo que nos une!, dijo Adnán.
Nathan reconoció enseguida ese tono que denotaba sabiduría como ocurría con su padre, con Simón y con Pablo. ¿Significaría también Adnán tanto para él? se preguntó el joven. Adnán continuó:
─ En origen, somos todos parecidos. Más tarde, adquirimos los hábitos que son responsables de las diferencias que constatamos entre nosotros.
Nathan había quedado impresionando no sólo por lo que le decía Adnán, sino también por la tranquilidad que desprendía. Lo que también llamaba la atención era la cantidad de personas que saludaban a su anfitrión. Algunos simplemente le hacían un gesto con la cabeza, otros venían a su encuentro para intercambiar algunas palabras.
─ ¿Parece que conoces a todo el mundo? preguntó Adnán.
─ Aquí se da mucha importancias a las personas que se conoce y se les dedica tiempo, respondió Adnán.
Llegaron al coche, un viejo auto que ya llevaba muchos kilómetros a las espaldas. Adnán puso el equipaje de Nathan en el maletero y subió al coche. Dejaron la ciudad.
─ Tánger es una ciudad muy poblada, dijo Adnán. Yo vivo en un sitio más tranquilo.
─ ¿Dónde vives?
─ Después de haber crecido en una ciudad, en Fez, vivo ahora en un pueblo, Oued Laou. Está en la costa, al sureste de Tetuán.
Adnán encendió la radio, sintonizó una emisora local y tomó la dirección de Tetuán. Rodeado de montañas, el paisaje revelaba una tierra árida. Nathan constataba la semejanza con algunas regiones de España que conocía. Nathan y Adnán se detuvieron para comer en un restaurante al aire libre donde podías escoger la carne y que te la asaran. Nathan dejó que Adnán pidiera por él. Una vez asado, el trozo de carne resultó ser un delicioso manjar especiado. Los viajeros se aconomodaban alrededor de una larga mesa de madera. De manera espontánea, Adnán entabló conversación con otros clientes. Nathan intentaba entender lo que decían, pero aparte de alguna que otra palabra, no entendía nada de nada.
─ La lengua árabe parece muy particular, comentó.
─ Para un árabe, es más bien tu lengua la que parece muy diferente, respondió Adnán. Pero entiendo lo que quieres decir: empleamos sonidos muy diferentes a los que tu oído está acostumbrado.
Se marcharon después de haber comido, no sin antes haber saludado a los otros viajeros. Al pasar por Tetuán, se detuvieron a hacer algunas compras. Después tomaron la dirección de Oued Laou y atravesaron una bella región montañosa. La carretera era peligrosa por momentos. Pero como Adnán parecía conocer bien el lugar, Nathan no se inquietaba. Cuando llegaron a Oued Laou, aún era de día. La casa de Adnán estaba en el flanco de una colina. Era un paisaje verde. Parecía una postal. Adnán vivía en una sencilla casa de pescadores con una vista fantástica sobre el Mediterráneo. Nathan salió del coche y disfrutó de la vista. Adnán hizo entrar a Nathan y le enseñó su habitación. Un buen olor a comida llenaba la casa. Laila, una señora mayor, estaba ocupada preparando la cena. Como no entendía el francés, ella y Nathan tenían dificultades para comunicarse.
─ Laila se ocupa de la limpieza de la casa, cuenta Adnán. Ha perdido a su marido. Aquí, mucha gente tiene que vivir modestamente pero nos ayudamos los unos a los otros.
─ ¿Tiene hijos? Preguntó Nathan
─ Tiene una hija adoptiva, Sanah, que trabaja para una institución de carácter social. Por el momento, está en Palestina. Vuelve a Marruecos dos o tres veces al año. Tendrás ocasión de conocerla.
Adnán dejó que Nathan descansase mientras él se dirigía a su taller para reparar las redes para la pesca. Durante las semanas siguientes, Nathan se quedó en Oued Laou y trabajó con Adnán en su barco de pesca. Por la tarde, se echaban una siesta. Un día, Nathan se despertó con el olor del té a la menta que había preparado Laila. Se levantó, se aseó rápidamente y bajó para reunirse con ella. Adnán también había bajado. Se sentaron. El sol resplandecía. Laila virtió el té en los vasos.
─ Oued Laou es agradablemente tranquilo, comentó Nathan.
─ No hay nada como el silencio para desarrollar el sentido de la audición , dijo Adnán.
─ ¿Hay algo en particular que oigas mejor cuando hay silencio? preguntó Nathan.
─ Se oyen muchas cosas en el silencio. Aprendo muchísimas cosas con la tranquilidad del mar y las montañas.
─ ¿Qué es lo que te ha enseñado el mar?
─ Sobre todo he aprendido a escucharme mejor a mí mismo y también a escuchar a los demás.
Nathan conocía muy bien la fuerza de la inspiración del mar. Se había dado cuenta de que Adnán tenía también un estrecho vínculo con el mar. Nathan se preguntaba si le iba a hablar de su don. Laila puso sobre la mesa un plato de pastelitos que había preparado ella. A Nathan le gustaban especialmente las medias lunas con almendras. Laila estaba contenta. Miró a Nathan y le pidió a Adnán que le tradujera lo que quería decir.
─ Laila dijo que tenía algo excepcional.
─ Cómo se dice “gracias” preguntó Nathan.
─ “Choukran”
─ Choukran, repitió Nathan dirigiéndose a Laila. Luego se hizo silencio.
Adnán se dio cuenta de que Nathan miraba al mar sumido en sus pensamientos y le hizo una propuesta:
─ Mañana iremos a bucear. Te llevaré a ver sitios preciosos. Ya verás, los más profundos son los más bellos.
Nathan miró a Adnán y se preguntaba si el hombre sabía algo de su don.
─ ¿Te sumerges con botella de oxígeno? le preguntó
─ A veces, dijo Adnán, pero no tengo la misma sensación de libertad.
─ Ya tengo ganas de que llegue mañana, dijo Nathan.
Laila había dejado sobre la mesa un plato de higos y de dátiles.
─ ¿Estos frutos son de la región? preguntó Nathan.
─ Sí, respondió Adnán. ¿Sabes que aquí se pueden coger todos los frutos gratis?
─ ¿No los venden? se extrañó Nathan.
─ En esta región, los frutos no se consideran como mercancías, explicó Adnán. Son de todos porque los ofrece la tierra.
Una noble idea, pensó Nathan, sobre todo para las personas desfavorecidas. Se preguntó cuál era el origen.
─ ¿Tiene que ver con la religión? preguntó.
─ ¿No derivan todas nuestras costumbres de nuestras convicciones? respondió Adnán.
─ ¿En qué crees? preguntó Nathan.
Adnán miró a Nathan durante un momento y luego con un tono serio le dijo:
─ Creo en una fuerza creadora.
─ ¿Qué se encuentra dónde?
─ Tu pregunta equivale a preguntarle a un pez de alta mar donde se encuentra el agua.
─ ¿Podemos encontrar entonces esa fuerza en todas partes?
─ No hay ningún lugar en el que no exista.
Nathan miró el horizonte y se dejó persuadir por las palabras de Adnán. A la mañana siguiente, los dos hombres se levantaron temprano. Desayunaron café y buñuelos calientes. Nathan quería proseguir la conversación que habían iniciado la noche anterior.
─ Cuando vemos lo maravilloso que es el mundo, es extraño que no todo el mundo crea en una fuerza creadora…
─ Cada uno de nosotros experimenta el mundo como le han enseñado, dijo Adnán. El que no ve nada milagroso en el orden que rige el universo no necesita admitir la existencia de una fuerza creadora.
─ Pero en ese caso, ¿no experimentará el mundo en su totalidad?
─ Para experimentar el mundo de forma completa, no podemos prescindir de la confianza en la fuerza creadora. Sólo esta confianza puede ayudarnos a interpretar correctamente lo que percibimos con nuestros sentidos.
Nathan reflexionaba sobre lo que acaba de decir Adnán. Adnán bebió un sorbo de café y prosiguió:
─ He aquí una historia para ilustrar mi comentario: un hombre viejo estaba durmiendo y tuvo un sueño. Caminaba solo por el desierto. Al mirar hacia atrás, distingue las huellas de los pasos que ha dejado a lo largo de su vida. Y al lado, ve otras huellas que forman una línea paralela a la suya…Alguien ha hecho la misma ruta. Para el viejo, estas huellas confirman que siempre ha estado acompañado en los momentos de felicidad y en los momentos de infortunio.
Adnán tomó de nuevo un sorbo de café antes de continuar la historia:
─ Después de un momento, el viejo, que contempla su vida, se da cuenta de que en los momentos más duros de su existencia sólo hay una línea de pasos y se dice a sí mismo: “¡Es en las dificultades cuando no conseguía salir por mi mismo que me han dejado colgado!” Se deja caer a tierra con un profundo sentimiento de soledad e incerteza.
─ ¿Qué pasó entonces? preguntó Nathan.
─ Algunos instantes más tarde, el viejo ve a lo lejos una mujer que lleva un niño. “Qué extraño, se dice a sí mismo. ¿Qué hace esta mujer en el desierto?”. Se frotó los ojos y miró de nuevo. La mujer todavía estaba allí pero desapareció rapidamente.
─ ¿Estaba ella en realidad allí? preguntó Nathan.
─ Así como el niño era llevado por su madre, así el había sido llevado durante los periodos más dificiles que había atravesado.
Nathan comprendió la moraleja de la historia que Adnán acababa de contarle. Adnán concluyó:
─ No olvides jamás tu confianza en la fuerza creadora y ten… cuidado con las malas interpretaciones, acabó Nathan. Tienes razón. Cuando estaba con Pablo, he podido constatar que él también tenía una gran confianza en la fuerza creadora.
─ La fuerza creadora también es un maravilloso misterio, concluyó Adnán con un guiño.