Paciencia
Nathan se dirigió al aeropuerto de Hanói. En la sala del área de salidas, se sentó entre otros viajeros y revisó el mapa mundial que siempre llevaba consigo. Con las palabras de Linh aún impresas en su mente, pensaba en su próximo destino. De repente, tuvo la plena intuición de que sería la costa tailandesa. Nathan se informó sobre los vuelos a Tailandia. El próximo salía a mediodía. Decidió tomar ese avión. En la noche, aterrizó en el aeropuerto de Don Muang de Bangkok. Atravesó la abarrotada área de llegadas. Tomó un taxi para ir al centro de la ciudad. Se respiraba un calor húmedo. Nathan se sorprendió de los contrastes de la ciudad: por un lado, el lujoso centro comercial, los modernos rascacielos y las grandes casas de ricos, y, por el otro, la pobreza y la miseria que reinaban en los abundantes tugurios de la ciudad. Así como en las demás metrópolis, Nathan se hallaba nuevamente ante la gran desigualdad existente entre ricos y pobres. Nathan pidió al chófer que lo llevase a algún hotel barato y se dirigió al distrito de Banglamphu, donde el joven pasó la noche. Al día siguiente, durante su paseo matutino, conoció a Suchart, un joven simpático que se ofreció a hacerle de guía. Pensó que era una buena idea y Nathan le pidió a Suchart que le mostrase los lugares más auténticos. Suchart supo de inmediato adónde ir. Tomaron un tuk-tuk, un típico taxi ciclomotor, y se dirigieron hacia el río que atravesaba Bangkok, el Chao Phraya. Una vez ahí, se subieron en una larga y plana embarcación llamada «hang yao» y navegaron por estrechos canales bordeados de palafitos. Se bajaron en Thon buri y siguieron el camino a pie. Suchart mostró a Nathan los barrios antiguos mientras le narraba la historia de la ciudad. De repente, mientras pasaban junto a uno de los numerosos templos de la ciudad, a Nathan le llamó la atención un grupo de personas que esperaba en fila ante un portal. Suchart se dio cuenta del interés de Nathan y le explicó de qué se trataba:
─ Toda esta gente quiere conocer al nuevo maestro.
─ ¿El nuevo maestro? preguntó Nathan curioso.
─ No hace mucho que está aquí, pero ya es muy popular.
─ Esperemos aquí.
Suchart estaba un poco sorprendido, pero también se colocó en la fila junto a Nathan. Un poco más tarde, entraron en una sala y se sentaron al fondo en el suelo. De repente, una música resonó en el lugar y apareció un hombre entrado en carnes. Se sentó en una silla alta y pidió silencio. Cuando se dispuso a hablar a la audiencia, Nathan le pidió a Suchart que la tradujese lo que decía.
─ El maestro agradece a todos aquellos que hayan traído una ofrenda.
Nathan había notado que la mayoría de los visitantes había llevado dinero, joyas u otras ofrendas que colocaron sobre una tarima prevista para ello. Suchart siguió traduciendo:
─ Dice que quienes estén listos a obedecerle, serán liberados.
Nathan sintió lo mismo que en Brasil cuando aquel hombre que lideraba el ritual pretendía purificarle. Aunque el presunto maestro no se dirigía a él en particular, Nathan creyó conveniente que debía hacer algo.
─ ¿Qué piensas de este hombre, Suchart?
─ No me parece sincero.
─ Así también lo creo, Suchart. ¡Sígueme!
Nathan se puso en pie y se dirigió hacia adelante en la sala. Suchart no tenía ni idea de lo que Nathan iba a hacer, pero le siguió sin dudar. El maestro paró de hablar al ver que los dos jóvenes se acercaban. Cuando se acercaron a él, Nathan le pidió a Suchart que tradujese lo que iba a decir de manera que todo el mundo pudiera escucharlo.
─ ¿Puedo saber de qué se trata todo esto? preguntó Nathan.
Era evidente que el maestro no se sentía cómodo ante la intervención de Nathan.
─ ¿Quién eres tú para interrumpirme de esa manera? preguntó éste.
─ Me llamo Nathan y quiero saber por qué exige obediencia absoluta.
─ Soy el elegido para enseñar las reglas. Las reglas que hay que seguir para alcanzar la sabiduría.
─ La sabiduría se manifiesta sólo en quienes son libres de elegir y no en quienes siguen ciegamente reglas impuestas.
Todos los presentes pudieron notar que el maestro empezaba a inquietarse. Entonces se expresó con rabia:
─ ¿Qué sabes tú de la sabiduría?
Nathan evadió la pregunta. Juntó las ofrendas y las distribuyó entre los visitantes. Suchart miró a Nathan, miró a Nathan como sin saber qué hacer, pero decidió ayudarle. Nathan le dio las gracias y le pidió nuevamente que tradujese lo que iba a decir.
─ La sabiduría jamás se manifiesta a través de la obediencia o de la sumisión hacia otra persona. La sabiduría tampoco sirve para obtener prestigio o riquezas. La sabiduría es lo que precisamente nos inspira siempre a dar.
El maestro estaba encolerizado. Quiso hablar, pero parecía haber perdido la voz. En ese instante, Nathan recordó lo que le había sucedido a la vidente cuando fue a verle junto a Moshé, en París. Nathan sintió pena por el hombre. Cogió a Suchart por el brazo y se dirigió de nuevo al maestro, esta vez con tono suave.
─ Mi mensaje no es sólo para ti, sino para todas las personas aquí presentes. Tengo un consejo para vosotros. Utilizad vuestros talentos para transmitir el verdadero saber, quienquiera que comparta el verdadero saber obtendrá una verdadera satisfacción.
Después de estas palabras, Nathan se marchó rápidamente del templo, seguido por Suchart, que estaba muy impresionado por lo que acababa de suceder. Una vez fuera del templo, se dio cuenta de lo que acababa de vivir.
─ ¿Por qué has hecho eso?
─ Como te he dicho antes, para transmitir un mensaje.
Suchart caminó junto a Nathan sin decir palabra durante un momento.
─ Pero, ¿por qué de esta manera?
─ ¿Crees que existe otra?
Suchart no supo qué responder en ese instante.
─ Si sentimos que algo es malo, dijo Nathan, no debemos hacer lo que se espera de nosotros, sino expresar nuestro sentimiento sin temor ni duda alguna.
─ Pero en un momento dado, ¿por qué no supo el maestro qué decir?
─ A veces sucede que nuestros sentimientos se hacen con el control.
Por un momento, Suchart se sumió en sus pensamientos.
─ Pero es imposible que...
─ Cuando te des la posibilidad de cambiar la verdad, podrás tú mismo producir grandes cambios.
─ ¿A qué cambios te refieres?
Nathan detuvo a Suchart y apoyó su mano sobre el hombro del joven.
─ Cuanto más profunda sea la intensidad de tu vida, aun más el universo liberará en ti una fuerza que te permitirá cambiar lo que debe ser.
Nathan retomó su camino mientras Suchart permanecía en el mismo lugar. Las palabras de Nathan nuevamente le habían impresionado mucho.
─ ¡Nathan! ¡Espera! ¡Quiero saber más!
─ Más tarde. Ahora tengo hambre. Llévanos a algún lado donde podamos comer.
Regresaron al centro de la ciudad y fueron a Sanam Luang, una gran plaza repleta de gente. Varios puestos ambulantes vendían cosas para comer, así como amuletos y plantas medicinales. Suchart conocía a la propietaria de un restaurante cerca de la plaza y los dos jóvenes se dirigieron al lugar. Cuando estaban en la mesa, Suchart quiso que Nathan le hablara más sobre los cambios que podía realizar.
─ Sabía que este encuentro no era una casualidad.
─ ¿Existen acaso encuentros casuales? señaló Nathan.
Suchart miró a Nathan, admiraba su visión de la vida. Tenía la impresión de que Nathan no le había escogido sólo como guía, sino que quería animarle a hacer algo.
─ Nathan ¿tienes algún mensaje para mí?
─ ¿No tenemos todos nosotros mensajes que darnos los unos a los otros?
Suchart supo que debía escoger sus preguntas con más exactitud.
─ ¿Conoces el objetivo último que debo tratar de alcanzar?
─ Nadie mejor que tú para saberlo, Suchart.
─ Hace mucho que me devano los sesos con esto.
─ Sin embargo, sabes más de lo que piensas.
─ ¿Puedes ayudarme?
─ Es lo que trato de hacer.
Suchart se tomó su tiempo para pensar su siguiente pregunta.
─ ¿Qué podría hacerme entender lo que ya sé?
Nathan se dio cuenta de que Suchart progresaba rápidamente en su forma de pensar.
─ Tu sensibilidad te hará entender lo que ya sabes.
─ ¿Mi sensibilidad?
─ Te permite encontrar la causa de tu desconocimiento. Has aprendido a obtener pistas de los demás, mientras que, desde hace tiempo, tu sensibilidad trata de manera silenciosa de mostrarte el camino.
─ Espera, es demasiado complicado para mí, replicó Suchart.
─ Entonces, sírvete de las señales.
─ ¿Te refieres a los acontecimientos inesperados?
─ ¡Los acontecimientos inesperados se producen para recordarnos lo que queríamos inicialmente!
─ ¡Eso no me ayuda mucho!
─ Claro que sí. Simplemente, no estás acostumbrado a recibir respuestas válidas.
─ ¡Pero si no me has dado ninguna respuesta!
─ Sí. Respuestas que ponen en tela de juicio todas tus preguntas.
Suchart estuvo en silencio por un momento. Después de reflexionar, entendió que Nathan había querido mostrarle que no necesitaba de nadie para trazar su camino.
─ ¿Hay algo que me pueda ser útil? preguntó entonces a Nathan.
─ Veo en ti una natural alegría de vivir. Sólo te queda saber cómo compartirla con los demás.
─ Gracias, Nathan. Ahora tengo por lo menos una pista.
─ No olvides que sólo quien sigue buscando, encontrará cosas buenas.
Después de comer, Nathan y Suchart fueron a pasear por un laberinto de callejuelas en las que había todo tipo de tiendas.
─ Mañana me marcharé de Bangkok, dijo Nathan, seguiré mi viaje por la costa.
─ ¿Ya sabes adónde irás?
─ ¿Qué lugar me aconsejas?
─ Depende de lo que busques.
─ ¡Busco tranquilidad, Suchart!
Suchart reflexionó un instante.
─ El año pasado fui con unos amigos a la isla de Koh Chang. Nos alojamos en un palafito en el pueblo Bang Bao al sur de la isla. Jamás olvidaré la tranquilidad que reinaba en ese pequeño pueblo de pescadores.
─ Gracias por tu propuesta, Suchart.
Los dos jóvenes se despidieron. A la mañana siguiente, Nathan tomó el tren hacia la provincia de Trat y luego, el barco hacia la isla de Koh Chang. Llegó bien entrada la tarde. Pasó la noche en un pequeño hotel, en una habitación con vistas al mar. En la mañana, pasó horas nadando y luego continuó su viaje hacia el sur de la isla. Al llegar a Bang Bao, el pueblo de pescadores, supo de inmediato por qué Suchart se había sentido tan bien en ese lugar. La vista era extraordinaria, con los palafitos y el azul del mar de fondo. Ante tanta belleza, Nathan tuvo plena certeza de que había llegado al lugar indicado. Se instaló en una terraza. No había clientes, sólo una chiquilla que le sonrió amablemente. Nathan le preguntó dónde podía encontrar un lugar para pasar la noche. La chica le dijo que todo estaba ocupado, a menos que... dudó un poco antes de decirle el nombre de un hostal aislado. Nathan había notado su indecisión y le preguntó si ella sabía por qué aún había sitio en ese hostal. La chiquilla respondió que Chuenchai era muy distinto a un hostal común. Nathan le preguntó qué tenía de especial. La joven respondió que se trataba de una escuela de formación de tipo espiritual. Nathan se sorprendió y respondió que sólo necesitaba de un lugar para ducharse y que dispusiera de una cama para dormir, pero que ciertamente aprovecharía que su estancia pudiese aportarle algo más. La chica le sonrió. Tomó una hoja de papel y le dibujó un mapa. Indicó que el lugar era difícil de encontrar, pero que el mapa le llevaría por el buen camino. Nathan le ofreció una bebida y luego se puso en marcha por el camino indicado. Ahora bien, el camino en el mapa que la chica había dibujado tan bien se terminaba de forma abrupta y en el lugar en el que se encontraba no había ningún hostal. Decidió descansar un poco y se sentó para admirar el límpido cielo azul. Pero al cabo de un momento, cuando empezaba a impacientarse, se le acercó un joven pastor y Nathan se dirigió a él en inglés.
─ ¿Sabes dónde puedo encontrar el hostal Chuenchai?
Nathan le mostró el mapa, pero el joven le hizo entender a través de señas que no era necesario.
─ Te llevaré yo mismo, le dijo.
Caminaron a lo largo de un río y se adentraron en un bosque. El joven pastor permaneció callado, hasta que preguntó a Nathan:
─ ¿Qué sabes de este hostal?
─ Muy poco. En el pueblo, una chica me dijo algo sobre el lugar.
El chico miró a Nathan sin decir nada. Siguieron caminando. Luego, Nathan preguntó a su vez:
─ Y tú, ¿qué sabes de Chuenchai?
─ Se trata del hostal de una anciana japonesa a la que llamamos «La que sabe».
Nathan se sorprendió de oír ese nombre por tercera vez. Primero en España, después en México y ahora en Tailandia. El chico siguió andando. Nathan, cada vez más con mayor curiosidad, preguntó por qué le habían puesto ese nombre a la mujer. El joven pastor se detuvo y miró a Nathan como si la pregunta fuera innecesaria. Él respondió:
─ Porque sabe cosas de la gente que ellos mismos desconocen.
Retomaron su camino. Nathan preguntó de nuevo:
─ ¿Qué más sabes sobre Chuenchai?
El joven no respondió al instante. ¿Habría sólo oído...? Nathan estaba a punto de repetir su pregunta cuando obtuvo la respuesta:
─ Entre las paredes de Chuenchai, el tiempo pasa lentamente.
Antes de que Nathan tuviese tiempo de responder, el joven pastor le señaló una gran edificación. Después de desearle buena estancia a Nathan, se marchó sin mirar atrás. El hostal había sido construido años antes en la linde del bosque, cerca del río. Se trataba de una linda morada. Pensando en las últimas palabras del joven pastor, Nathan fue hasta la puerta principal. Abrió la puerta y entró en un pequeño vestíbulo. Llamó para ver si alguien acudía, pero no obtuvo respuesta. Siguió y entró en una gran sala en la que había muchas esculturas y retratos. Nathan dejó su equipaje, observó las pinturas y se detuvo ante una de ellas. En un rincón, un cuadro aislado atrajo su atención. Era el único que no se trataba de un retrato. Ilustraba sombras de colores de formas humanas que parecían mezclarse las unas con las otras. Nathan la examinó más de cerca. Estaba embelesado ante la belleza de la obra. Las sombras humanas le recordaron su estancia en el Sahara. Ahora también sentía que querían decirle algo. Una anciana entró en la habitación y le sonrió. Era pequeña y llevaba un conjunto de seda de colores vivos. Sus cabellos estaban recogidos en un moño. Pese a su avanzada edad, respiraba juventud. Se dirigió a Nathan en inglés.
─ ¡Te estaba esperando! le dijo.
Sorprendido, Nathan quiso preguntarle cómo sabía que la visitaría. Sin embargo, pensó que la chiquilla del pueblo quizá le había llamado para avisarle de la llegada de un cliente. Antes de que pudiera responder, la señora le dijo:
─ Veo que te ha llamado la atención esa obra tan única. Eso está muy bien.
Todo lo que ella decía le despistaba. La señora se dio cuenta y dijo:
─ Me llamo Takara. Bienvenido a Chuenchai.
─ Gracias. Yo me llamo Nathan.
─ ¡Claro!
Nathan trató de no mostrarse desconcertado.
─ ¿Tendría una habitación libre?
─ Tu habitación está lista, sólo necesitas encontrarla.
Nathan no pudo evitar mostrarse sorprendido nuevamente por esa rara respuesta.
─ Creo que no le he entendido bien.
─ Todas las habitaciones están libres, a excepción de la que se encuentra abajo, que es donde duermo.
─ ¿Cuántas habitaciones tiene?
─ En total son siete, así que sólo están disponibles seis.
─ Entonces, no será difícil encontrar una para mí.
─ A veces es rápido y a veces se necesita tiempo. Es la ley de lo inesperado.
─ Creo que aún no entiendo bien.
─ Por supuesto que todavía no, ¡pero ya llegará el momento!
─ Da igual que escoja una habitación u otra, ¿no?
─ No todas las habitaciones son apropiadas para ti. Hay sólo una en la que te sentirás perfectamente bien. Está en ti encontrarla.
Nathan pensó que estaba tratando con una mujer muy particular, pero también sabía que gran parte de los conocimientos que había adquirido provenía de personas que parecían raras. No dudó que acabaría por entender lo que parecía extraño en ese momento.
─ ¿Hizo usted todas las cosas hermosas que veo aquí?, le preguntó a Takara.
─ Todas estas obras son regalos que me han hecho. Así como la pintura ante la que te encuentras.
Nathan contempló nuevamente el cuadro abstracto.
─ El pintor logró darle una expresión profunda. ¿Lo conoce?
─ El creador de esta obra es siempre quien la mira.
─ ¿Qué quiere decir?
─ Lo que ves es una proyección de tu imaginación que se manifiesta sin que las imágenes pasen por la razón.
Estas palabras eran tan inusuales para Nathan que las creyó casi irreales; sin embargo, estaba fascinado.
─ ¿Ve esta pintura de un modo distinto al mío? preguntó éste.
─ Como sucede con todo lo que vemos, Nathan.
Nathan entendió que el cuadro simbolizaba nuestra percepción.
─ Creo que ahora lo entiendo.
─ Aún no, por supuesto, ¡pero ya llegará el momento!
Con estas palabras, Takara fue al vestíbulo. Regresó con seis llaves y se las dio a Nathan, haciéndole entender que podía empezar a buscar.
─ ¿Voy a encontrar la habitación apropiada?
─ Es cuestión de ser paciente.
Nathan pudo reconocer la voz de la sabiduría.
─ Quédate suficiente tiempo en cada habitación para que sientas en cuál estás mejor.
─ ¿Sabe ya cuál es esa habitación?
─ Si te lo dijera, no te haría un favor.
Nathan comprendió que se trataba de un aprendizaje.
─ ¿Qué voy a aprender además de saber cuál es la habitación en la que me sentiré mejor para dormir?
─ Aprenderás a reconocer los lugares que te proporcionen la mejor sensación.
Nathan entendió mejor el motivo de su tarea y confió en que Takara deseaba su bien.
─ Hay una cosa más que debes saber, Nathan. Una de las habitaciones no es en absoluto apropiada para ti. Es muy importante aprender a reconocer ese tipo de lugares.
Nathan tomó su equipaje y subió al primer piso. A medio camino, se volvió hacia la anciana. Takara le miraba y sonreía.
─ No puedo aún decirle cuánto tiempo me quedaré aquí.
─ Intenta disfrutar de cada día.
Nathan empezó a inspeccionar las habitaciones. Todas se parecían. Eran de las mismas dimensiones y estaban decoradas y amuebladas de la misma forma. La única diferencia que Nathan pudo observar fue la disposición de los muebles. Pasó algunos minutos en cada habitación, pero por mucho que se concentrara, ninguna habitación parecía más apropiada que otra. Desanimado, volvió a bajar para ver a Takara. No la encontró por ninguna parte. De repente, oyó el sonido del agua. Se dirigió en esa dirección y vio una luz que se filtraba a través de una puerta de vidrio. Abrió la puerta y un magnífico espectáculo se ofreció ante él. En la parte trasera de la casa había un espléndido jardín de plantas aromáticas y de flores exóticas con una fuente que colmaba grandes recipientes sobre el césped. Los recipientes estaban hechos con hojas firmemente atadas las unas a las otras. Takara tenía unas hojas largas y finas en las manos que usaba como cuerdas y las enrollaba alrededor de las hojas muertas que colgaban de las ramas. Arrancaba con delicadeza las hojas muertas y las colocaba en un pequeño recipiente a la sombra. Luego, tomaba las ramas secas, hacía pequeños agujeros en la tierra y echaba unas semillas. Nathan miraba la escena. Le impresionaba la tranquilidad y la dedicación que mostraba la anciana. El jardín era una verdadera obra de arte. Mientras Nathan admiraba cómo Takara realizaba atentamente su tarea, ésta se dirigió hacia él sin interrumpir su labor.
─ Te encuentras en el corazón de Chuenchai.
─ ¡Es fantástico!
Takara no se distrajo y siguió con su trabajo.
─ He visto las seis habitaciones, pero no veo nada que las diferencie.
─ El tiempo es una condición para aprender a sentir.
─ ¿No podría facilitarme la búsqueda?
─ Podría, pero el asunto es saber si es apropiado.
─ ¿Entonces es realmente importante que lo logre por mi mismo?
─ Es importante que la paciencia se convierta en tu aliada.
Nathan recordó lo que Linh le había dicho hace poco, que para él se trataba de un proceso de aprendizaje necesario. Takara se limpió las manos e hizo ademán de seguirle. Entraron en una habitación completamente vacía que tenía las paredes, el suelo y el techo pintados de blanco. Takara se puso delante de Nathan y le tomó las manos.
─ Trata de vaciar tu mente y no dejes que ningún pensamiento te distraiga por un momento.
Nathan así trató de hacerlo.
─ Ahora, piensa sólo en el agua. ¿Qué ves?
─ Me veo fluir por las montañas y por los valles.
─ El agua fluye siempre donde puede hacerlo. Posee una naturaleza tan vasta que no conoce noción alguna de espacio ni de tiempo. La única manera que tiene para obtener tales nociones es tomando forma humana.
─ ¿Quiere decir que mi elemento natural no es capaz de entender que todo debe ocurrir en un momento y en un lugar específico?
─ Por ello, el agua ha enviado a un mensajero, primero para entender, y luego para hablar.
Nathan miró a Takara y le tomó las manos. Lo que acababa de decirle le hacía entender muchas cosas. Acababa de entender el verdadero motivo de su existencia. Por primera vez sentía más intensamente la presencia de su elemento natural. Supo perfectamente que todo lo que había vivido había sido necesario para entender mejor el comportamiento humano y los cambios que debían producirse.
─ Ahora entiendo la causa profunda de mis debilidades.
─ Aprenderás ahora que el tiempo condiciona todos los cambios y que cada uno de nosotros posee la capacidad de escoger sus centros de interés. También comprenderás a aquéllos que no tienen el mismo sentido de las realidades profundas.
─ ¿El agua no siempre se muestra comprensiva?
─ El agua también ha pasado por sus momentos de ira. Piensa en las inundaciones en Dhaka o en las circunstancias que marcaron tu llegada a la vida.
Ahora estaba todo claro para Nathan y todo tenía sentido.
─ ¿Cómo puedo remediar mis defectos?
─ Como para cualquier defecto, hay que tratar de encontrar el justo equilibrio. Si logramos saber cuál es el elemento que está en juego, podremos encontrar la causa del desequilibrio.
─ ¿De qué elemento se trata en el caso de la impaciencia?
─ Para encontrar el equilibrio entre la paciencia y la impaciencia, deberás tomar en cuenta al tiempo. Todas las cosas deben acabar para poder dar lugar a algo nuevo.
Las palabras de Takara hicieron reflexionar a Nathan.
─ Entonces, ¿mi impaciencia no me permitiría aceptar lo que se me presenta?
─ Exacto. La impaciencia no nos permite entender que no todo sucede como lo hemos deseado.
─ De hecho, en esos momentos se hace más difícil soportar el tiempo.
─ El tiempo forma parte de nuestro mundo y domina todos los cambios. La paciencia nos enseña a aceptar la duración necesaria de estos cambios.
─ ¿La paciencia nos conduce a la calma que todos buscamos?
─ La calma no es sino confiar en el tiempo, que hace que los cambios se produzcan en el momento adecuado.
─ Ahora entiendo por qué la paciencia es tan importante. Pero aún no entiendo por qué debo aprender también a reconocer los lugares en los que me siento mejor.
─ El tiempo y el espacio están estrechamente relacionados. ¡Existe siempre un lugar en el que el tiempo es idóneo para los cambios que debemos dar!
Los ojos de Nathan brillaron. Abrazó a Takara y salió de la habitación. Al subir las escaleras, sintió que estaba listo para cumplir con su tarea. Encontró rápidamente la habitación en la que se sentía menos cómodo, pero encontrar la habitación en la que se sentiría mejor, le tomó más tiempo. Finalemente, satisfecho después de haberla encontrado, fue a reencontrarse con Takara.