Pensamientos
Las noches siguientes, Nathan y Vadim charlarían juntos muy a menudo. Deborah iba de vez en cuando y se sentaba con ellos a escucharles. Los dos hombres sostenían largas conversaciones sobre lo que más necesitaba saber el hombre moderno. Para Vadim, Nathan pronto se había convertido en una ayuda muy valiosa en el momento de preparar sus conferencias. El profesor poseía un gran conocimiento de los temas que trataba, aunque cada vez se impresionaba más de la intuición de Nathan. Por ese motivo, apenas un mes más tarde, le pidió un favor. Le habían invitado a un evento en Atlanta y la misma noche tenía que dar una conferencia en Los Ángeles, así que Vadim le pidió a Nathan si podía sustituirlo. El tema de la conferencia era “el pensamiento”, un tema que, ciertamente, habían tratado esos últimos días. Nathan respondió que sería un placer para él dar la conferencia y se preparó para su primera gran prueba. El público estaba compuesto por personalidades de los círculos literarios, algunos incluso eran muy conocidos. La ponencia se haría dentro del marco de un seminario dedicado a la inspiración. Deborah a su vez, quiso acompañar a Nathan a Los Ángeles. Unos días más tarde, Nathan y Nigel paseaban en Yosemite, un parque natural grandioso. Conversaban una vez más sobre la necesidad de saber qué motivaba en realidad nuestros actos.
─ Le comenté a varios amigos lo que me habías dicho sobre el destino y el libre albedrío, dijo Nigel. Quedaron muy impresionados.
─ ¿Cuál fue el verdadero motivo que te llevó a hablar con tus amigos, Nigel?
─ ¿Qué quieres decir?
─ ¿Cuál era tu verdadero objetivo? ¿Informar o impresionar?
Nigel estaba algo confundido por la reacción de Nathan. En realidad, Nathan no esperaba una respuesta por parte de Nigel, su mensaje era suficientemente claro.
─ Trata de liberarte de esa necesidad de buscar la aprobación y el poder, son dos cosas que no te harán feliz, sino todo lo contrario, dijo Nathan.
Nathan sólo intentaba que Nigel recapacitara. Al ver que lo había conseguido, quiso relajar a su amigo.
─ Tranquilo. Es sólo parte del proceso de evolución personal. ¿Ves lo importante que es aprender a saber cuáles son los sentimientos que subyacen en tus motivos?
─ ¿Los motivos también tienen sentimientos?
─ Los motivos también son pensamientos, por lo tanto, tienen una existencia propia. Como te decía antes, todos somos capaces de asociar sentimientos a nuestros pensamientos.
─ ¿Sabes de dónde vienen los pensamientos? preguntó Nigel.
Al oír la pregunta, Nathan se giró hacia él. En ese momento, supo que debía invitarle al seminario que iba a dar en Los Ángeles.
─ Vadim me pidió dar una conferencia en Los Ángeles la próxima semana, dijo Nathan. Hablaré del origen de los pensamientos. ¿Te gustaría venir?
─ ¡Sí, mucho!
─ Estupendo. Deborah también irá. Nos quedaremos allá todo el fin de semana.
─ El padre de Seth vive en San Diego y nos ha invitado varias veces a quedarnos en su casa. Quizás podríamos pasar antes por allí. Para Seth será seguramente un placer. Le comentaré nuestra idea.
Durante los días siguientes, Nathan preparó su ponencia. Vadim le dio algunos consejos prácticos. En poco tiempo, Nathan se convirtió en un orador brillante. Mientras tanto, Seth había respondido con entusiasmo a su propuesta de irle a ver.
Nathan, Deborah, Nigel y Seth volaron juntos a San Diego, donde les esperaba el padre de Seth. Era un hombre jovial. Sólo conocía a Deborah y a Nigel, entonces se dirigió a Nathan y se presentó. Su nombre era Richard.
─ ¡Así que tú eres el famoso Nathan! He oído hablar de ti y te quería agradecer por haber salvado la vida de mi hijo.
─ Gracias por su hospitalidad, respondió Nathan. Por lo sucedido en Puerto Ángel, ahora todos somos más conscientes de todo.
─ Sí, es verdad, confirmó Deborah.
─ Debo decir que, a partir de ese momento, Seth cambió mucho, agregó Richard. Está más tranquilo y más cauteloso. ¿Tendrá algo que ver con eso?
─ Todo gran cambio siempre comienza en el interior de uno mismo para luego manifestarse en el exterior, respondió Nathan.
Richard no entendió en ese momento lo que Nathan quería decir, aunque sus palabras parecían confirmar que ese chico tenía carácter. Richard vivía en una linda casa situada en el medio de un gran jardín con estanques de peces de colores y una piscina grande con forma de enorme concha de mar. Seth y Nigel se pusieron el bañador y se zambulleron en la piscina. Nathan y Deborah se sentaron con Richard bajo la sombra de los árboles frondosos que engalanaban la propiedad. La señora de habla hispana que servía a la familia, Anna, vino a preguntarles qué deseaban beber. En cuanto Nathan supo que era de México, le contó que recientemente había visitado gran parte del país.
─ Soy de Guadalajara. Casi toda mi familia está allá, pero ya hace cinco años que no voy.
Nathan sintió cierta nostalgia en aquella mujer al hablar de su ciudad natal. Suponía que no podía permitirse realizar viajes tan a menudo como deseaba.
─ Seguramente echa de menos a sus seres queridos, le dice en español.
─ Sí, echo de menos a mi gente, también a mi país... respondió ella.
─ Así aprendemos a ver con el corazón. El corazón sobrepasa todas las fronteras.
En el rostro de Anna se había dibujado una gran sonrisa.
─ En mi tierra se dice que cuando amamos a una persona percibimos mejor las cosas, respondió.
Con gran alegría, Anna regresó a la casa para preparar zumo de fruta natural. Richard, quien también hablaba español, había seguido la conversación.
─ Eres muy perspicaz, Nathan.
─ Cuando uno escucha a su corazón, oímos lo que sucede en el corazón de los demás.
─ ¿Cómo lo logras? preguntó Richard.
─ Si hablamos de nuestros sentimientos más profundos, logramos desvelarlos.
Richard parecía cada vez más impresionado por el joven.
─ Me enteré de que vas a dar una conferencia en lugar de Vadim y a un público de reconocidos escritores y guionistas.
─ De hecho, es mañana por la noche, ¿Le gustaría asistir? preguntó Nathan.
─ Tengo previsto otro asunto, pero podría posponerlo.
─ No se arrepentirá, aseguró Deborah.
Después de un breve momento, Richard le propuso:
─ Nathan, podrías ganar mucho dinero dando conferencias. Podría ayudarte, tengo buenos contactos.
─ Gracias, Richard, pero no lo hago por dinero.
Anna trajo las bebidas servidas en elegantes vasos de cristal.
─ Entonces, ¿cuál es tu objetivo? preguntó Richard.
─ Me preocupa la humanidad, respondió Nathan.
Hubo un momento de silencio. Todos degustaron sus zumos de fruta. Al cabo de un rato, Richard comenzó de nuevo a hablar.
─ Pero, para ayudar a la humanidad, se necesitan recursos y dinero.
Nathan observó el lujo que le rodeaba. Sospechaba que, para Richard, el tema podría ser algo delicado. Entonces se expresó con la prudencia necesaria.
─ Lo que le hace falta al mundo no es dinero. Lo que le hace falta es tomar conciencia.
─ ¿A qué te refieres, Nathan?
─ ¡A entender lo que la humanidad necesita!
Seth vino a beber unos sorbos de su zumo de fruta y regresó a la piscina.
─ ¿Desprecias el dinero, Nathan? preguntó Richard.
─ Trato de que el dinero sea menos importante en mi vida.
─ ¿Crees que es malo disfrutar de la riqueza?
─ De ninguna manera, siempre y cuando nadie salga perjudicado. Pero la vida me ha enseñado que quienes disfrutan de la riqueza son quienes menos la necesitan.
Hubo otro momento de silencio. Más tarde, Nathan sabría por medio de Seth que sus palabras habían hecho reflexionar a su padre.
─ Nathan, quisiera preguntarte algo, dijo Richard. Cuando te dije que Seth se había vuelto más cauteloso, dijiste que los grandes cambios empiezan primero en el interior para luego manifestarse en el exterior. ¿Qué querías decir con eso?
Deborah miró a Nathan.
─ ¿Puedo responder? dijo ella.
─ Por supuesto, Deborah, le dijo Nathan.
─ Lo que Nathan quería decir con eso es que los grandes cambios son el resultado visible de nuestra evolución personal. Una evolución que comienza al nacer y es diferente para cada uno de nosotros según nuestras experiencias y lo que aprendemos de ellas.
Richard asintió con la cabeza. Parecía satisfecho con la respuesta.
Al día siguiente, tomaron el desayuno en la terraza.
─ ¿Cuáles son vuestros planes para hoy? preguntó Richard.
─ Quisiera mostrar a nuestros huéspedes los mejores lugares de San Diego y luego, podríamos ir a la playa, dijo Seth.
Nathan, Deborah y Nigel estaban de acuerdo con el programa. Al acabar de desayunar, los cuatro amigos se fueron a ver la ciudad. Al mediodía, fueron a comer a uno de los restaurantes del muelle antes de ir a la playa. Nathan encontró un buen lugar para echarse una siesta como de costumbre. Nigel hizo lo mismo. Deborah leía un libro, mientras que Seth se había puesto los cascos para escuchar música. Cuando Nathan y Nigel se despertaron de su siesta, fueron todos a nadar. Al salir del agua, Nathan les pidió que no le esperasen para volver a casa, volvería un poco más tarde. Ya solo, Nathan se sumergió en el agua hacia lo más profundo y así pudo recobrar fuerzas para lograr su primera misión como guía. Disfrutaba del silencio total que reinaba bajo el agua y encontró la fuerza que necesitaba para elegir las palabras que le permitirían transmitir mejor su mensaje. Oyó de nuevo aquella voz, que hacía unos días había oído por primera vez en su habitación en San Francisco, que le decía: «El universo te pondrá siempre a tu disposición la fuerza que necesitas.» Palabras que aumentaron la confianza en sí mismo. Desde hace tiempo, sabía que toda su vida dependía de los mensajes que transmitiría y que el universo entero le ayudaría para lograr su misión. Hoy estaba plenamente convencido de ello desde todas las entrañas de su ser. Una vez fuera del agua, se sintió armado de una confianza inquebrantable. Era la primera vez que sentía una confianza tan intensa. Regresó a casa de Richard y se duchó antes de ir a cenar. Anna había preparado un delicioso plato a base de pescado. Después de cenar, todos fueron a prepararse para ir a Los Ángeles. Todos se vistieron de forma elegante para la ocasión. Nathan se puso un pantalón y una fina camisa azul claro. Los cinco se marcharon en el todoterreno negro metalizado de Richard. Después de unas horas de viaje, llegaron a Los Ángeles. En el edificio donde se celebraría el congreso, había mucha gente que había venido al seminario, era más gente de lo que se esperaban. Incluso Deborah, acostumbrada a acompañar a Vadim a sus conferencias, estaba impresionada de la cantidad de personas que habían venido en esta ocasión. Había muchas personalidades y, por ende, muchos periodistas. Para esa noche, en el programa estaba prevista la intervención de tres oradores. Cada uno debía hablar una hora y hacer una pausa de quince minutos. El primer orador era un psicólogo importante de Chicago de gran experiencia profesional. El segundo era un filósofo que vivía en Brasil. El tercero era Nathan, que venía en lugar de Vadim. El joven estaba impresionado por su serenidad. Nigel y Seth, en cambio, estaban nerviosos. En cuanto a Deborah, sentía la serenidad de Nathan y también se sentía tranquila. Encontraron asiento uno al lado del otro y se acomodaron.
El primer orador explicó cómo funcionaba el cerebro. Adaptó su ponencia a su público y utilizó términos tan sencillos como comprensibles. Después de la primera pausa, el segundo orador tomó la palabra. Cuando apareció, Richard pareció muy entusiasmado. Seth le preguntó qué sucedía y su padre le explicó que se trataba de un viejo amigo suyo que hacía unos años se había marchado a Brasil. Fue una sorpresa agradable. El filósofo era un hombre apuesto, de piel oscura y de unos cuarenta años. Se llamaba Melvin. Su explicación de cómo nuestra inteligencia pragmática aprehendía la realidad fue muy interesante. Indicó que, por medio de nuestros cinco sentidos, aprehendemos la realidad tal como se manifiesta en la superficie. Además, explicó que debíamos ser conscientes de que así como nos la revelan, nuestros sentidos también nos ocultan la realidad. Luego, Melvin mostró que la realidad podía subdividirse en tres dimensiones. Todos conocen más o menos dos de ellas. Pero, según él, mucha gente debía redescubrir la tercera. Nathan debía recordar cada palabra de esa parte.
La primera dimensión era, según Melvin, cómo observamos el mundo físico. La llamaba “la primera realidad”. Según su explicación, consistía en la vida que cada uno de nosotros vive de acuerdo a su nivel de evolución. La segunda dimensión comprendía el mundo de los pensamientos que nos rodean. En esta segunda realidad, se encuentran todas las formas de influencia consciente, sin excepción.
Melvin se extendió más en la tercera dimensión. Según él, esta realidad consistía en la percepción de la Conciencia, que nos aproximaba a nuestra esencia profunda. Melvin explicó que tal Conciencia se hallaba más allá del mundo físico y no se podía encontrar en la primera dimensión. Tampoco se encontraría en la segunda dimensión, ya que se hallaba más allá de los pensamientos. Melvin insistió en que sólo podíamos percibir esta dimensión de forma individual y sólo el ejercicio personal nos permitiría entrar en nuestra Conciencia y entender nuestras necesidades reales.
Nathan y Richard se miraron. Ayer mismo habían hablado de lo que los hombres necesitaban verdaderamente. Desde sus primeras palabras, Nathan sintió que Melvin le aportaría mucho. Durante la pausa, Richard fue al encuentro de Melvin. Vio que estaba un poco más lejos, sentado a una mesa y rodeado de varias personas que venían a felicitarle. Cuando Melvin vio a Richard, le reconoció inmediatamente. Los dos hombres estaban muy contentos de volverse a ver. Mientras conversaban, Richard le explicó por qué había asistido al seminario. Melvin había conocido a Vadim en Seattle y le recordaba con afecto. A su juicio, Vadim había preparado muy bien aquella ponencia. Entonces, dijo que el joven que venía en lugar de Vadim, sin duda, debía tener un gran potencial. Melvin no podía creer que esa noche Nathan daría su primera conferencia. Su curiosidad por oírle, entonces aumentó. Richard miró a su alrededor, buscaba a Nathan con la mirada para invitarlo a su mesa justo cuando anunciaban que la pausa había terminado. Melvin se sentó al lado de Richard, en el puesto de Nathan. Anunciaban la toma de palabra del joven. La presentadora leyó una nota de Vadim, quien se disculpaba por no estar presente y afirmaba que sería un honor para el público asistir a la primera ponencia de alguien con un don único para transmitir su mensaje. Después de esta introducción, Nathan se levantó. Se dirigió al micrófono y respondió con humor a las palabras de Vadim.
─ Gracias Vadim, ¡como si la presión ya no fuera suficiente! dijo.
Seguidamente, Nathan miró al público. Se sorprendió de no estar nervioso. Aun estando frente al público, se sentía tan relajado como siempre. La atención de la audiencia le produjo una sensación agradable. Era consciente de que todas las fuerzas del universo se encontraban ahí para apoyarle. Sentía que estaba predestinado a vivir este momento. Dio comienzo a su ponencia con un agradecimiento especial a Vadim por haberle concedido esta oportunidad y por sus palabras de respeto. Nathan informó al público que su ponencia trataría sobre el origen de nuestras motivaciones. Además, agregó que había preparado esta ponencia con la ayuda de Vadim. Antes de proseguir, Nathan preguntó a un cámara si podría recibir una copia de la grabación. El hombre se sorprendió por la pregunta, aunque respondió que se encargaría de hacérsela llegar. Su introducción había aumentado la curiosidad del auditorio. Nathan había logrado capturar toda su atención.
─ Me han dicho que esta noche se encuentran entre ustedes escritores, guionistas, actores y otras personas que se dedican a crear. Por lo tanto, podrán comprender perfectamente que siempre se logra crear gracias a la intervención del pensamiento. La cuestión aquí es saber por qué nadie usa sus pensamientos de manera creativa, aún sabiendo que cada ser humano está en la tierra para crear algo único. Hablemos primero de la naturaleza de los pensamientos y luego, de lo que nos lleva a convertir ciertos pensamientos en actos. En otras palabras, retomando las palabras del orador anterior, hacer que el conocimiento pase de la tercera a la segunda dimensión, y luego, a la primera.
Nathan le guiñó el ojo a Melvin, quien le devolvió el guiño y sonrió.
Luego, Nathan explicó detalladamente cómo funciona el pensamiento. Explicó, entre otras cosas, cómo nuestros pensamientos siguen un plan bien trazado que forma parte de la evolución universal. Nathan habló varias veces del orden universal. Habló asimismo de la importancia de distinguir los pensamientos constructivos de los destructivos. Nathan afirmó que, si fuéramos capaces de reconocer los pensamientos constructivos y aprendiéramos a usarlos de forma creativa, podríamos revelar cosas hasta el momento ocultas. Nathan finalizó con una llamada a la Conciencia de su público sobre el rol privilegiado que tenían en difundir las nuevas ideas por el mundo entero. Destacó de esta manera las posibilidades que se les ofrecían, pero también la responsabilidad que esto conllevaba.
Al terminar su ponencia, hubo un momento de silencio. Sus palabras retumbaban en cada uno de los presentes. Los presentes empezaron a aplaudir, se pusieron de pie en señal de admiración y aplaudieron cada vez con más fuerza. La conferencia concluyó así con una gran ovación. Seguidamente, gran parte del público quiso conocer a Nathan. Por ello, el joven pudo reunirse con sus amigos sólo al cabo de un buen rato. Sus amigos le felicitaron por su discurso y le confirmaron que sus palabras habían conmovido al público. Al rato, Nathan conoció a Melvin. Se agradecieron mutuamente por lo que habían aprendido de la ponencia de cada uno. Luego, Nathan le contó sobre el viaje que había comenzado hacía varios años y que por, el momento, se hospedaba en San Francisco en casa de Vadim, de Deborah y de su madre. Melvin le dijo que se quedaría aún unas semanas en Estados Unidos antes de volver a Brasil. Deborah, que oía la conversación, invitó a Melvin a San Francisco. Estaba segura de que Vadim estaría contento de verle también. Melvin aceptó la invitación y le agradeció a la joven, pero respondió que primero debía atender otras obligaciones. Richard, que había estado charlando con otros conocidos, llegó justo en ese momento y les propuso a todos ir a tomar una copa al bar. Melvin y Richard recordaron momentos de cuando eran jóvenes y la noche acabó de forma agradable.
Al día siguiente, Richard regresó a San Diego mientras que Nathan y sus amigos se dirigían a Laguna Beach. A Nathan le encantó el lugar. Los jóvenes dieron un largo paseo y visitaron una galería de arte, donde Jennifer había expuesto en alguna ocasión, según contó Seth. Nathan pensó en Sophie y que quizás, tanto ella como Jennifer, deberían conocerse. Como hizo en Nueva York, Nathan se preguntó si a ella le interesaría exponer en aquel lugar. El propietario de la galería se mostró entusiasmado.
Al día siguiente, los jóvenes regresaron a San Francisco. Durante el vuelo, Nathan meditó sobre todo lo que había sucedido esos últimos días. A su llegada, Vadim le felicitó por la conferencia. El profesor le habló de los comentarios positivos que había recibido. Durante los días siguientes, Nathan obtuvo cada vez más ofertas para dar conferencias en distintos lugares, pero decidió no aceptar las invitaciones.
El fin de semana siguiente se celebraría la reunión mensual de Carmel. Deborah y su madre salieron hacia Carmel el viernes por la tarde y Nathan les acompañó. Vadim iría al día siguiente. Una vez llegados a su segunda residencia, la madre de Deborah se fue a la cama. Nathan y Deborah fueron a dar un paseo. Había caído la noche y pudieron admirar el cielo estrellado. En ese momento, Nathan no pudo evitar recordar algo que había leído un día, que de noche los pensamientos buscaban nuevos anfitriones entre los seres humanos. Deborah le dijo que debía reposarse para el día siguiente, puesto que las reuniones solían ser largas. Nathan respondió que, al sentirse a gusto en ese lugar, ya estaba reposando.
Al día siguiente, había unas diez personas en la reunión. Nathan era mucho más joven que el resto del grupo. La mayoría de los reunidos eran profesores y científicos que venían de todas partes de Estados Unidos. Todos se conocían, exceptuando a Nathan. Al mediodía, se acomodaron en la sala de estar y tomaron una taza de café. A modo de introducción, Vadim presentó a Nathan. Explicó que el joven estaba realizando un gran viaje, que había salido de Europa, luego había ido a África y, finalmente, había llegado a América. Seguidamente, Vadim destacó el éxito que tuvo la ponencia de Nathan en Los Ángeles. Uno de los presentes dijo que también había oído que Nathan había deslumbrado en Los Ángeles, aun siendo su primera conferencia. Otra persona preguntó a Nathan sobre qué había tratado su ponencia.
─ Dado que en el público se hallaban celebridades del mundo cultural, quise que reflexionaran sobre lo que les motivaba realmente en su trabajo, respondió Nathan. También les mostré las consecuencias que sus mensajes pudiesen acarrear.
Los asistentes pudieron darse cuenta de que Nathan confiaba mucho en sí mismo al haberse arriesgado a abordar ese tema ante un público crítico, dada su corta edad y falta de experiencia. Sin embargo, lo había logrado.
La tertulia había comenzado. Se revisaron varios temas. Nathan evitó intervenir y se conformó con escuchar con atención. En un momento dado, una mujer le preguntó qué había sido lo más importante que había aprendido hasta entonces durante su viaje. Nathan se tomó su tiempo para pensar antes de responder.
─ Que mucha gente vive la vida sin escuchar sus emociones y que, por lo tanto, no hay coherencia entre sus objetivos y sus actos.
Un hombre le preguntó cuál podía ser, según él, la causa de esta situación.
─ El mundo evoluciona de tal manera que nos concentramos cada vez más en el desarrollo intelectual y tecnológico. Por ello, la humanidad se encuentra sumergida en un ambiente competitivo y casi no se preocupa por los aspectos de la existencia correspondientes al cuerpo y a las emociones.
Nathan hizo una breve pausa para tomar un sorbo de café. Procuró que su pausa durara lo suficiente como para captar la máxima atención de sus interlocutores, luego prosiguió.
─ La mayoría de la gente no intenta hallar las señales que les indiquen el verdadero objetivo de su vida. Menos aún, buscan realizar una actividad concreta que les procure satisfacción interior. Para muchos, lo importante es el dinero o el estatus social.
Uno de los presentes intervino y dijo que la idea de Nathan de escuchar nuestros sentimientos internos, debía difundirse a nivel mundial.
─ ¿Qué opinas, Nathan? preguntó Vadim.
─ Que no se puede imponer una idea.
Una mujer comentó que, en este caso, se debía transmitir el mensaje sutilmente. Por lo que Nathan destacó otro elemento que debía tomarse en cuenta.
─ Así como el agua toma la forma del cántaro que la contiene, las ideas toman una forma diferente según la persona a la que se le comunican.
Nathan aludía claramente a la diversidad de la percepción. La mujer le preguntó entonces qué proponía.
─ No podemos imponer ideas a los demás. Pero lo que sí podemos hacer es incitar a la gente a recapacitar.
Alguien insinuó que se necesitarían quizás siglos antes de que los seres humanos tomen Conciencia. A lo que Nathan respondió:
─ Si se anuncia la idea con suficiente fuerza, el tiempo no sería importante.
Hubo un momento de silencio. Nadie más pronunció palabra y todas las miradas se fijaron en Nathan. El joven prosiguió:
─ Lo que quiero decir es que lo que nos aleja de un mundo ideal es sólo un instante, ese instante en el que todos tendremos el mismo pensamiento y decidiremos ponerlo en práctica a través de nuestros actos.
En esta ocasión, Nathan tampoco dejó a nadie indiferente. En los días que siguieron a la reunión, Vadim y él conversaron sobre el futuro del mundo.
Una mañana, recibieron una carta dirigida a ambos procedente de Brasil. La enviaba Melvin, el filósofo que había dado una ponencia la misma noche que Nathan. Les decía que por sus obligaciones, no pudo ir a visitarles a San Francisco. Se disculpó y les invitó a ir a Brasil. Podrían hospedarse en la posada de un amigo suyo. La posada se encontraba en la costa cerca de Bahía de Salvador. Melvin vivía en el centro de esa ciudad. Nathan y Vadim hablaron sobre su propuesta y decidieron ir a Brasil durante las vacaciones académicas. Vadim se quedaría sólo una semana y Nathan, que no tenía ningún tipo de obligación, prolongaría seguramente su visita. Se marcharon a Brasil el primer fin de semana de vacaciones. Deborah, Nigel y Seth les acompañaron al aeropuerto. Los tres amigos le dieron las gracias a Nathan. El primero fue Seth.
─ Mi salvación marcó el final de una vida y el principio de otra vida nueva. No olvidaré jamás que he renacido gracias a ti y mantendré siempre mi promesa.
Los dos se abrazaron. Nigel fue el siguiente.
─ Gracias a ti, sé que somos capaces de cambiar nuestro futuro en todo momento y que cada uno de nosotros puede lograr grandes cosas, dijo. Te lo agradeceré siempre.
Después de los agradecimientos de Nigel, los dos se dieron un abrazo. A su vez, Deborah también se despidió. Intentó retener las lágrimas pero no pudo.
─ Me has hecho el regalo más hermoso que cualquier ser humano pueda recibir. Me has brindado toda la confianza de que realmente existe un orden que rige el universo.
Le susurró al oído:
─ Aunque en algún momento ya no nos veamos más, sé que seguiré oyendo hablar de ti.
Nathan le miró a los ojos, sin decir palabra. Deborah interpretó su silencio y le abrazó.
Nathan aún tenía un último mensaje para sus amigos.
─ ¡Cuidaos los unos a los otros y recordad que el sentido de nuestra vida es darle un sentido!