Percepción
Habían pasado ya casi siete años desde que Nathan fue salvado del Harap. En el acta de nacimiento que Mauro hizo levantar, indicó como día aquel en que Mauro salió del coma. Como año, cinco antes, ya que era más o menos la edad que Nathan debía de tener el día de su rescate. Oficialmente, el niño cumpliría doce años este verano.
Era una hermosa mañana de domingo. El día acababa de empezar. Hacia bueno. Un pequeño tragaluz dejaba penetrar el sol dentro de la habitación de Nathan. Todos los pájaros festejaban la primavera y su canto sacaba al pequeño de su sueño. Hay que decir que el invierno habia sido largo. Nathan no tenia que ir a ningún sitio y podia quedarse tranquilamente en la cama. Estaba contento de no tener que pensar en nada y de no tener que salir. Llevó su mirada a un póster que un día se había encontrado en la calle y que había colgado en una de las paredes de su habitación: un velero que navegaba por el mar. En el poster aparecía un mar azul con un velero azul oscuro dotado de espléndidas velas blancas. El póster había sido como una ventana al verano durante los fríos días de invierno. Nathan examinaba la nave con cuidado. De repente, quiso saber si había algo a bordo. Pero un rayo de sol le juega una pasada y le impide verlo. Para obtener la respuesta, Nathan debería salir de la cama pero, como estaba calentito debajo de las mantas, no tenía muchas ganas. Intentaba pensar en otra cosa… Sin embargo, no dejaba de preguntarse si había algo a bordo del velero. Y cuanto más lo pensaba, más fuerte era su deseo de averiguarlo. Nathan se puso nervioso, quería saberlo ya. Como todavía no quería salir de la cama, se apoyó en el suelo e intentó examinar el velero bajo otro ángulo. Pero por mucho que estirara su cuerpo al máximo, no conseguía verlo porque el sol se reflejaba precisamente en la parte de la imagen que deseaba examinar más detalladamente. Finalmente, saltó de la cama. En su movimiento se golpeó con la mesita de noche y su viejo despertador empezó a sonar al caer al suelo. Su curiosidad era tan grande que dejó que sonara el despertador y se fue a mirar el póster de cerca.
Se arrodilló delante del barco. Debajo de la vela mayor, distinguió un viejo mapamundi.
Apagó el despertador, se volvió a meter en la cama y cerró los ojos. El ruido había despertado a Mauro. Acababa de regresar de un largo viaje. Cuando Nathan abríó de nuevo los ojos sintió lo que llamaría más tarde un “momento de lucidez”. Se preguntó: “¿Cómo un pensamiento como ese ha podido apoderarse de mí tan de repente? Y, sobre todo, algo tan superficial como querer saber lo que se encuentra en un póster…”. Se extrañó de que algo tan insignificante pudiera adquirir tanta importancia. Nathan se quedó un momento sumido en sus pensamientos. La voz de su padre, que le llamaba para desayunar, le sacó de su ensimismamiento. Nathan se levantó, se vistió y se dirigió hacia el lavabo para refrescarse. Encontró el agua muy vigorizante. Tuvo la sensación de que le despertaba de verdad. Cerró el grifo y se miró al espejo sin secarse. Volvió a pensar en lo que acababa de suceder y decidió contárselo a su padre. Se dirigió hacia la cocina.
Mauro levantó la vista del periódico dominical que estaba leyendo y le dio los buenos días estrechándolo entre sus brazos. Hacía tres semanas que no se habían visto y estaban contentos de volver a estar juntos. Nathan abrazó a su padre y se sentó a la mesa. Mauro ha preparado todos los ingredientes para hacer una tortilla. Explicó sabiamente:
─ Acuérdate de que es importante comer bien por la mañana porque no sabes lo que te puede deparar el día.
Nathan reconocía enseguida la manera típica que tenía su padre de transmitir los mensajes. Por su parte, Mauro miraba a su hijo con cierta admiración: no solo era extremadamente inteligente, sino que se había convertido en un joven guapo y atlético. La gran pasión de Nathan era estar dentro del agua. Nada le generaba un sentimiento de libertad más fuerte. Además, el agua era siempre para él una misteriosa fuente de inspiración. No le había hablado a nadie de su don y se las arreglaba para que nadie se diera cuenta. Su padre era el único que sabía que podía quedarse bajo el agua durante tanto tiempo.
Nathan se dio cuenta de hasta qué punto la llegada de Mauro a su vida había sido una suerte para él. Sabía cuánto le debía. Había expresado sus sentimientos a este respecto en una carta que dejó sobre el escritorio de su padre para que la encuentre a la vuelta de su viaje. Mauro leyó la carta la noche anterior antes de irse a dormir, una carta sincera y conmovedora.
─ Estas últimas semanas han sido difíciles, le dice a Nathan, y tu carta ha llegado en un buen momento. Me ha emocionado.
─ Quería darte las gracias por todo lo que has hecho por mí y volverte a decir todo lo que representas para mí.
─ Estamos muy unidos, le dice su padre, y eso me hace feliz. Te extrañarás, sin duda, si te digo que me has servido de inspiración cuando pasaba momentos difíciles.
─ Hay veces en que cuando estás lejos, dice Nathan, tengo la impresión de que estás muy cerca de mí. Es extraño, ¿verdad?
─ Nuestros sentimientos dicen mucho más que nuestros pensamientos. En esos momentos, es posible que yo también estuviese pensando en ti.
Ávido lector de literatura filosófica, Mauro era un erudito, y también un hábil psicólogo. Tenia, sobre todo, la facultad de comprender intuitivamente a sus interlocutores. Además, tenía el don de pronunciar siempre la frase oportuna.
Mauro sacó la sartén del fuego, puso la tortilla sobre la mesa y la dividió en dos. A continuación sacó dos vasos grandes, que llenó de jugo de manzana.
─ ¿Sabes lo que más me ha gustado de la carta? Que la hayas escrito sin que fuera por una ocasión especial.
─ La he escrito espontáneamente. Pensaba en lo mucho que has hecho por mí.
─ La gratitud es el recuerdo del corazón.
Padre e hijo disfrutaban del reencuentro. Nathan, como siempre, quería saber lo que su padre había visto y vivido durante su viaje. Mauro acababa de visitar varias ciudades de Europa del Este con un equipo de televisión. El primer reportaje estaba situado en Praga, en la República Checa, el segundo en Bratislava, en Eslovaquia, y el último en Budapest, en Hungría. Mauro había quedado impresionado por la belleza de estas ciudades y por el interés que suscita su cultura.
Después de desayunar recogieron la mesa intercambiando puntos de vista sobre lo que determina el modo de pensar de los seres humanos.
Nathan volvió a recordar lo que le sucedió en su habitación. Deseaba saber cuál sería la interpretación de Mauro. Le preguntó:
─ ¿Te has sentido alguna vez completamente absorbido por una idea que se vuelve importante?
Mauro miró a Nathan e intuyó que se trataba de una pregunta importante. Le sonríó.
─ Sí, me ha pasado también… cada vez que reconozco una señal.
─ ¿Cada vez que reconoces una señal? preguntó el niño.
─ Sé que cuando me llega un pensamiento espontáneamente, no es sin motivo alguno, explicó. Tengo que intentar comprender el significado.
─ A menudo dices que el azar no existe. ¿Te refieres a eso?
─ Sí. Aprendemos a reconocer las señales.
─ ¿Qué entiendes por “señales”?
─ Las señales están ahí para ayudarnos en el curso de nuestra evolución. Al aprender a interpretarlas, descubrimos que aportan respuestas cuando tenemos que elegir.
─ ¿Cómo se reconocen las señales?
─ Confiando en lo que sentimos.
─ ¿Aparecen a menudo?
─ A medida que aprendas a escuchar lo que sientes, notarás que las señales aparecen con mayor frecuencia.
─ ¿Existen señales para todo el mundo?
─ Sí, pero para percibirlas hay que ser abierto.
A Nathan le pareció muy interesante lo que escuchaba. Las conversaciones con su padre le aportaban siempre un gran placer. Tenía la impresión de que esos diálogos eran como un alimento para el espíritu. Aunque no lo entendía siempre todo enseguida, tarde o temprano acababa viéndolo claro.
Como hacía mucho tiempo que Mauro y Nathan no habían tenido un momento de calma para intercambiar sus puntos de vista, decidieron pasar el día juntos. Nathan ordenó su habitación mientras Mauro ultimaba un artículo que tenía que enviar urgentemente a un colega de Amberes. Por la tarde, se dirigieron a la ciudad portuaria que atraviesa el río Escalda. Mauro condujo hasta el río y aparcó el coche. Nathan cogíó una manta del maletero y los dos se dirigieron juntos hacia la orilla. Mauro escogió un lugar tranquilo junto a la ribera. Habían traído un termo de té y algo para picar. Todo estaba dispuesto para que este importante momento fuera para ellos la ocasión de dedicarse a su actividad preferida: un intercambio de ideas en un ambiente de paz y sosiego.
Nathan fue el primero en hablar.
─ Me gustaría volver a hablar de las señales.
─ ¿Qué quieres saber?
─ ¿Cómo se pueden interpretar bien?
─ Hay que echar mano de nuestra fuerza interior y aprender a tener confianza en ella.
─ ¿Hablas de nuestra vocecita interior?
─ El nombre no tiene ninguna importancia. La fuerza interior, la vocecita, la intuición y otros nombres más se refieren a lo mismo. Lo importante es aprender a liberar esa fuerza en nosotros.
─ Pero, ¿Qué es lo que hay que hacer para liberar esa fuerza?
─ Cuando nos dejamos llevar por lo que sentimos, miramos la vida de una manera más consciente. Admitimos que nuestra fuerza interior puede hacernos comprender los mensajes que toda situación trae consigo.
Esta conversación con su padre exigía a Nathan toda su atención. Quería entenderlo todo y retenerlo todo. Intuyó que lo que hoy estaba escuchando le sería útil a lo largo de toda su vida. Mauro se levantó y se acercó al agua. Puso una rodilla en el suelo y se quedó así durante un momento, con la mirada perdida en el vacío. Al volver junto a Nathan, le propuso dar un paseo hasta el centro de la ciudad.
Por el camino, Nathan retomó el hilo de la conversación.
─ ¿Son útiles esos mensajes?
─ Nos ayudan a discernir lo que es importante para nuestra evolución de lo que no lo es.
─ ¿Pero no tenemos que estar primero seguros de haberlos interpretado correctamente?
─ Si esperamos a estar en lo cierto, nos quedaremos bloqueados. Lo importante es tener confianza.
─ ¿Se puede vivir sin certeza? se sorprendió el niño.
─ Sí, cuando nos demos cuenta de que no podemos estar seguros de muchas cosas, tal vez ni siquiera podamos estar seguros de nada.
─ ¿La inseguridad no es algo parecido a la debilidad? insistió Nathan.
─ Muchas personas lo piensan y consideran que lo que han aprendido es la única verdad y se aferran a ella durante el resto de sus vidas.
─ Hay algo que no entiendo. Si no hay certeza, ¿entonces sólo hay duda?
La duda te vuelve curioso y te lleva a una mayor comprensión de las cosas.
─ Pero, ¿cómo se puede confiar si se duda todo el tiempo?
─ Si estamos seguros de algo, ya no estamos abiertos a otras posibilidades y eso es precisamente lo que nos impide ampliar nuestros conocimientos.
─ Entonces, ¿la certeza nos impide cuestionarnos las cosas?
─ Eso es. Es mejor aprender a desarrollar nuestra fuerza interior y confiar en ella. Así, seguiremos desarrollando el conocimiento necesario para nuestra evolución.
─ Pero, ¿la fuerza interior siempre está en lo cierto? ¿Qué pasa si nos equivocamos?
─ Todos los acontecimientos, aunque sean molestos o angustiosos, pueden reforzar nuestra confianza. Las experiencias son necesarias para liberar nuestra fuerza interior. De este modo, trabajamos en nuestra gran misión: acrecentar nuestro conocimiento.
─ ¿No me has enseñado que nuestra misión más importante es la de amar a nuestro prójimo?
─ El conocimiento puro y el amor puro son una sola y misma cosa.
Nathan no entendía nada y levantó los ojos hacia su padre. Mauro intentó concretar su pensamiento:
─ El conocimiento puro consiste en saber lo que está bien. El amor puro consiste en hacer el bien. Cuanto más conozcas el bien, más harás el bien.
─ ¿Cada uno de nosotros puede experimentar el bien y el mal de forma diferente?
─ Efectivamente. Para distinguir el bien del mal, cada uno parte de sus propias percepciones. Es importante estar abierto a nuevas maneras de ver las cosas que nos den la audacia de modificar nuestras percepciones.
─ Maneras de ver las cosas… ¿Qué cosas?
─ Sobre todo nuestras capacidades y los objetivos que perseguimos en la vida.
Las ideas bullían y se agolpaban dentro de la cabeza del muchacho y tenía necesidad de calmarse un poco. Intentó recapitular todo lo que su padre le había enseñado aquel día: algunos pensamientos comportan señales a las que debemos estar abiertos y de las que podemos deducir mensajes que nos ayudan cuando tenemos que elegir. Para poder interpretar esos mensajes correctamente, tenemos que desarrollar nuestra fuerza interior y confiar en ella. Entonces, tendremos una mayor conciencia de nuestras posibilidades y de nuestra evolución personal.
Nathan estaba entusiasmado con lo que había aprendido ese día en Amberes. Tenía la impresión de que ahora comprendía mejor lo que ya sabía desde siempre. Tenía un sentimiento de gran satisfacción y muchas ganas de aprender aún más. Ahora ya sabía con claridad lo que le gustaría hacer en un futuro: atesorar conocimientos por medio de conversaciones. Nada le daba más satisfacción que ampliar su visión sobre las cuestiones fundamentales relativas al mundo y a los seres humanos. Se dió cuenta de que podía ser muy feliz porque Mauro poseía una biblioteca muy bien dotada. A lo largo de los años, el niño leería un número incalculable de libros. Escribiría sobre las cuestiones más importantes que le llegasen a la mente y hablaría de ellas regularmente con su padre.