Reflexión
Nathan tenía ahora diecisiete años. En aquel soleado día de otoño, tenía previsto hablar con su padre de las últimas preguntas que se había planteado y, para ello, había preparado una lista. Se dirigieron al parque donde se encuentra el Atomium, el famoso monumento de las nueve grandes esferas, uno de los símbolos de Bruselas. Había mucha gente. No se lo esperaban. Pero no importaba, sabían que una vez que empezaran a conversar, no les distraería nada de lo que pasara a su alrededor. Mauro compró unos helados y se sentó en el banco donde Nathan ya había tomado asiento. Como estaba previsto, las horas que siguieron estuvieron llenas de intercambios fructíferos.
En un momento dado, ocurrió un hecho que Nathan no olvidaría. Un conocido de su padre pasaba cerca de donde estaban y vió a Mauro. Se dirigió hacia ellos y Mauro se levantó y fue a su encuentro. Nathan se quedó en el banco y, de lejos, intentó seguir la conversación entre los dos hombres. Le gustaba pasar el tiempo analizando la manera en que la gente se comunica. Se dio cuenta de que su padre escuchaba con mucha atención a su interlocutor pero sólo tomaba la palabra de vez en cuando, cosa que despertó la curiosidad de Nathan. Al final de su conversación, Mauro se despidió de su compañero y le dijo a su hijo que viniera junto a él.
Regresaron tranquilamente al coche. Por el camino, Nathan le preguntó a Mauro si hacía mucho que conocía a ese hombre y de qué hablaban. Mauro reconoció enseguida la curiosidad de su hijo. Le contestó que trabaja con ese señor desde hace años pero que no le conocía mucho. Siguió explicándole:
─ Algunas personas nos dan energía, mientras que otras nos la quitan. Todo depende del objetivo que se persiga. Cada uno de nosotros busca alcanzar su objetivo. Nuestros objetivos determinan no solo lo que somos sino también la manera en que nos comportamos con los demás.
─ ¿Cuál es la mejor manera de saber si perseguimos objetivos adecuados? preguntó Nathan.
Mauro no contestó enseguida.
─ ¿Te acuerdas de nuestra conversación acerca de la fuerza interior?
¡Y tanto que se acordaba!
─ Sí, me acuerdo perfectamente, aseguró el mancebo.
─ Cuanto más conscientes seamos de esa fuerza, prosiguió Mauro, mejor nos daremos cuenta del grado de precisión de los objetivos que perseguimos. Aquella persona que no sea consciente de su fuerza interior no podrá saber si sus objetivos son adecuados.
─ ¿Ocurre a menudo que las personas persigan objetivos inadecuados? preguntó Nathan.
─ Puedes intuirlos prestando atención a la energía que emana de ellos.
Nathan reflexionó un poco. Interroga a su padre:
─ ¿Y qué pasa con tu colega?
─ Tiende a ser competitivo. Le gusta tener el control y además siempre intenta, consciente o inconscientemente, manipular a los que le rodean.
─ ¿Se da cuenta de ello?
─ Él parte del principio que esa es la actitud que hay que adoptar en las relaciones con los demás.
─ ¿Le has hablado de ello?
─ Ya lo he intentado varias veces, pero tenemos que ser prudentes. No estaría bien por nuestra parte emitir un juicio sobre él.
─ ¿Por qué?
─ Primero, porque no podemos estar nunca totalmente seguros de tener razón. Después, porque frente a un mal comportamiento es mejor manifestar comprensión que hacer un comentario. Esa persona se sentirá mejor.
─ ¿quiere decir eso que debemos comprender sin juzgar?
─ Nuestras palabras serán más efectivas.
─ ¿Podríamos de ese modo llegar a cambiar a alguien?
─ Querer cambiar a alguien no debe ser un objetivo en sí mismo. Es mejor examinar con esa persona cuál es su verdadera motivación. De esa manera, hay más posibilidades de que se dé cuenta por sí misma de que su comportamiento molesta.
─ Pero, ¿cómo podemos hacerlo sin juzgar? se extrañó el chico.
─ ¡Planteando las preguntas adecuadas como lo hacía Sócrates!
─ Ahora entiendo por qué tu colega se quedaba callado durante un rato cada vez que hablabas: ¡sabías cómo hacerle reflexionar!
─ Es lo que se llama “provocar un silencio que invita a la reflexión”.
Nathan ya había aprendido muchas cosas pero aún no quería dar por terminada la conversación.
─ ¿Crees que tu colega lo ha entendido bien?
─ Si piensa que lo que he dicho es lo suficientemente importante para reflexionar sobre ello, hay muchas posibilidades de que entienda mis mensajes, lo cual influirá seguramente en su comportamiento.
─ Exactamente. En ese caso, nuestro encuentro tendrá significado para él también y no habrá sido por puro azar.
─ ¿Lo verá entonces como una señal?
Mauro hizo un gesto afirmativo con la cabeza. El muchacho hizo un resumen de lo que había retenido:
─ Todo depende entonces de lo que decidamos hacer con lo que llamamos coincidencias.
─ Si entiendes bien esto, le dijo Mauro, podrás distinguir entre las personas que ven la vida como un cúmulo de coincidencias y las que buscan conscientemente el significado profundo de los acontecimientos de su existencia.
─ Siempre he tenido la intuición de que la vida tiene más sentido de lo que parece.
─ ¡En tu caso, es cierto!
Mauro se estaba refiriendo al milagroso rescate y Nathan lo sabía. Reflexionó de nuevo y luego le preguntó a su padre:
─ ¿Es posible que el encuentro con tu colega signifique algo para mí también?
─ El razonamiento sirve tanto para ti como para mi colega. Si esta conversación te hace tomar conciencia de ciertas cosas, entonces para ti tampoco es una coincidencia que hayamos escogido precisamente este día para dirigirnos a este lugar.
Nathan se sentía fascinado por las reflexiones de su padre.
─ Nuestra conversación ha ampliado tus conocimientos: has aprendido que es posible comunicar mensajes de manera sutil, planteando las preguntas adecuadas.
─ Sí.
─ Si te acostumbras a hacer preguntas que lleven a tus interlocutores a reflexionar, les harás más conscientes de su fuerza interior.
─ ¡Y de ese modo también podrán cambiar de comportamiento!
─ Habrás influido en su vida, concluyó Mauro.
Nathan se daba ahora cuenta de que toda acción acarrea consecuencias. Por el momento estaba sumido en sus pensamientos, intentando entenderlo todo. Hizo a Mauro partícipe de sus reflexiones:
─ ¿Se puede decir que hay mucha más coherencia en el mundo de la que podría suponerse a primera vista?
─ Todo está interrelacionado.
Mauro pronunció estas palabras con una voz seria. Nathan se dio cuenta de que se trataba de una noción muy importante.
─ Todo está interrelacionado… ¿absolutamente todo? preguntó el adolescente.
─ Cada cambio acarrea otros cambios y estos, a su vez, acarrean otros más.
Nathan intentaba comprender estos nuevos datos. Mauro no dijo nada más. Abrió su botella de agua, se mojó la frente y, con la mano, se llevó el cabello hacia atrás. Nathan observaba la escena hasta que su padre le dijo que viniera a refrescarse él también. Nathan se dirigió hacia él y le imitó.
De repente, Nathan volvió a experimentar un momento de lucidez: un pensamiento luminoso le vino a la mente. Si todo influye en todo, quiere decir que ¡todo está interrelacionado! Nathan comprendió ahora del todo a qué conclusión le había llevado su padre. Mauro vio en los ojos de Nathan que el mensaje le había llegado. El joven exclamó:
─ Si todo está interrelacionado, quiere decir que ¡el conjunto debe de formar un todo!
─ ¡No se olvida lo que uno aprende por sí mismo!
Esta conversación permanecería en su mente por mucho tiempo. Durante los días siguientes, a Nathan le costó mucho concentrarse en otra cosa. No podía evitar volver a pensar una y otra vez en las palabras de su padre. La fuerza interior, el conjunto que forma un todo… Parecía como si su mente estuviera todavía procesando toda esa información. Esa sensación duró varios días hasta que, una mañana, se despertó totalmente descansado. Las informaciones que había recibido estaban ahora perfectamente ordenadas en su cabeza. Había tomado conocimiento de las leyes fundamentales del mundo en el que vivía. Un mundo hecho de elecciones y experiencias.