Señal
Cada tres meses, Nathan acompañaba a Simón a Asia para comprar ropa. Tenía así la oportunidad de visitar la India, Pakistán y Bangladesh. A Moshé no le gustaba viajar y sólo estuvo con ellos en Bangladesh. Por el contrario, a Nathan le gustaban esos viajes lejanos. Pero duraban poco. No eran lo suficientemente largos como para hacerse una buena idea de las culturas locales. Sin embargo, el joven hacía siempre extraños descubrimientos junto a Simón. A veces le ocurrían incidentes extraños. En algunas ocasiones se daba cuenta de que le miraban fijamente. A veces, le seguía una persona, otras veces varias. Cuando Simón les preguntaba por qué seguían a Nathan, la respuesta resultaba ser a menudo misteriosa.
Simón había viajado regularmente a Asia desde hacía muchos años y estaba acostumbrado a ser abordado por desconocidos que contaban historias interminables, hecho que hace que al principio considerara estos incidentes como insignificantes. Incluso se reía, diciendo que era bueno para los negocios. Pero sin embargo, a la larga, tuvo que reconocer que todo lo que estaba pasando era completamente insólito. Entre aquellos a los que preguntaba por qué seguían a Nathan, algunos respondían: “Es un protector”. Otros decían: “Es un santo”.
Simón sabía muy bien que la espiritualidad jugaba un gran papel en esta parte del mundo, pero reconocía que se producían escenas muy sorprendentes en los tres países. En varios lugares, los niños y a veces los padres también, venían espontáneamente a traerle agua a Nathan. Sin ningún motivo. Los niños no respondían cuando Simón les preguntaba la razón de su gesto. Sonreían amablemente. Miraban a Nathan beber y se marchaban. Para Nathan, la relación con el agua no era algo nuevo, pero le extrañaba que personas que no conocía de nada establecieran ese vínculo también. De sus viajes por Asia, Nathan recordaría sobre todo el hecho de que los que se acercaban esperaban algo de él. No parecían tener un deseo inmediato sino una esperanza, como si supieran que algo iba a pasar pronto.
El primer viaje de Nathan le llevó a Bombay en la India. La ciudad le impresionó mucho, sobre todo, porque estaba abarrotada de gente. La segunda noche, Nathan y Simón fueron a Colaba, un distrito del sur de la península. Se sentaron en la terraza de un pequeño restaurante junto a la orilla y mientras estaban comiendo, un hombre se acercó a Nathan. Sus cabellos eran negros como el jade y sus ojos oscuros. Tenía un aspecto cuidado. Llevaba una larga camisa blanca sobre un pantalón blanco y unas sandalias oscuras. La blancura de su ropa contrastaba con su piel oscura. El hombre se dirigió a Nathan en hindi:
─ ¿Ya sabes que tienes una misión importante?
La mesa contigua estaba ocupada por estudiantes. Una de las jóvenes se dio cuenta de que Nathan no había entendido al hombre y le tradujo lo que acababa de decir.
─ ¿Por qué este hombre piensa que tengo una misión importante? preguntó Nathan.
La joven continuó en su papel de intérprete y tradujo la respuesta:
─ A causa de tu elemento natural…
Simón pensó que el hombre tenía un comportamiento extraño y se preguntaba cúales eran sus intenciones. Le preguntó:
─ Según usted, ¿Cuál es su elemento natural?
─ ¡La fuente inagotable de la tierra!
Eran unas palabras premonitorias. Simón notó que Nathan estaba desconcertado y le pidió al hombre que les dejase tranquilos. El hombre hizo lo que le pidió Simón y continuó su camino. Nathan y Simón le siguieron con la mirada. Cuando se había alejado un poco, el hombre se giró para mirar de nuevo a Nathan. Juntó las palmas de la mano delante del pecho, se inclinó y continuó su camino sin volverse. Nathan no sabía muy bien qué pensar de este encuentro.
Simón notó la confusión de Nathan y le puso en guardia frente a la gente deshonesta.
─ Estáte siempre abierto a todas las posibilidades, pero ten cuidado también con las personas que puedan tener malas intenciones.
─ ¿Cómo puedo diferenciar los que son honestos de los que no lo son?
─ No hay por un lado gente honesta y por otro gente que no lo es. Todas las personas son a veces honestas y, otras veces, deshonestas.
─ ¿Todos mentimos algunas veces? preguntó el joven
─ Cuando intentamos dar una imagen de nosotros mismos que no se corresponde con lo que somos verdaderamente, mentimos. Todo el mundo actúa así, algunos más que otros.
─ ¿Cómo se puede saber en qué momento alguien es honesto de verdad?
─ ¡No centrándonos en sus palabras o sus actos sino en sus intenciones reales!
─ ¿Los más deshonestos de todos no son justamente ésos que consiguen esconder mejor sus verdaderas intenciones?
─ Exactamente, respondió Simón. La mentira es ya algo tan habitual en ellos que, cuando mienten, ya no son conscientes de ello.
Nathan se quedó un momento en silencio con la mirada perdida en el horizonte. Después, le preguntó a Simón:
─ ¿Cree que este hombre quería engañarme?
─ No dispongo de suficientes elementos para poder contestar con seguridad. Pero si era su intención, no le he dejado ninguna posibilidad.
─ ¿Es posible que este hombre estuviera diciendo la verdad?
─ Pienso que cree lo que estaba diciendo. Sin embargo, tú sabes que, así como el agua toma la forma del cuenco que ha llenado, la verdad adopta los rasgos de la persona que la detenta.
─ Tal vez, deberíamos haber escuchado a este hombre durante más tiempo.
─ Ví que te había desconcertado y, en esos momentos, uno es facilmente influenciable.
─ En efecto, ¡me me ha dejado muy impresionado!
─ Estate tranquilo, si este hombre es honesto, acabarás entendiendo el significado de sus palabras.
En el transcurso de su segundo viaje, se produjo otra situación insólita cuando estaban en Karachi, en el sur de Pakistán. El último día de su viaje, Nathan y Simón estaban en compañía de tres colegas. Hacía mucho calor y había mucha humedad, y se fueron de excursión a la isla de Manora, no lejos de Karachi. Soplaba una suave brisa y se estaba mejor que en la ciudad. La isla estaba llena de gente. Numerosos habitantes de Karachi habían decidido irse a la isla para encontrar algo de frescor. El pequeño grupo se paseaba por el mercado local cuando, de repente, dos hombres mayores se acercaron a Nathan. Se parecían el uno al otro con sus barbas blancas y y su gorro enrrollado. Los dos llevaban una camisa beis bajo un chaleco de color oscuro. Al ver a Nathan de lejos, atravesaron imediatamente la multitud para acercarse a él. Uno de ellos se plantó delante del joven, le puso las manos sobre los hombros y le dirigió la palabra en urdu:
─ ¡Armate de paciencia, por Dios!
Samir, uno de los tres hombres del grupo, que había estado al lado de Nathan en todo momento, había seguido también la escena. Los otros no se habian dado cuenta y ya se habian alejado. Samir no entendía qué querían sus dos compatriotas de este joven. Le pidió al que había hablado que repitiera lo que había dicho.
─ ¡Dígale que se arme de paciencia!
Samir tradujo:
─ Dice que tiene que tener paciencia.
─ ¿Con quién y con qué? preguntó Nathan.
─ ¡Sé paciente con nuestra ignorancia!
Samir no se fiaba. Simón y los demás hombres de negocios se habian alejado y le propuso a Nathan ir a su encuentro. Cuando querían despedirse de los dos hombres, el que no había hablado todavía le pidió a Samir que tradujera otra frase:
─ Dígale que tiene que ser valiente para poder indicarnos el camino.
Samir tradujo para Nathan y añadió que no sabia en absoluto cómo interpretar estas palabras. Saludaron a los dos hombres y retomaron su camino. Nathan estaba callado. Este acontecimiento le había desconcertado tanto como el que se había producido en Bombay. ¿Eran estos dos hombres portadores de un mensaje importante o se trataba simplemente de gente deshonesta? La conversación había dejado a Samir perplejo y se fijó en Nathan con curiosidad. Indagó:
─ El segundo hombre hablaba de indicar el camino. ¿Qué quería decir?
─ Desgraciadamente, no sé más que usted.
Samir no habia quedado en absoluto satisfecho con la respuesta de Nathan, pero no insistió.
─ ¿Qué significa “paciencia” para la gente de aquí? preguntó Nathan al pakistani.
─ Mi tío me enseñó que la paciencia enseña a comprender los errores de los demás.
─ Y mi padre me ha enseñado que los errores de los demás nos indican el camino.
Nathan y Samir apretaron el paso para unirse al resto del grupo. Volvieron a reunirse con sus compañeros. Nathan le contó a Simón lo que le había pasado. Simón escuchó con atención y frunció el entrecejo. Le dio su interpretación de los hechos:
─ Si esos hombres y el hombre de Bombay han dicho la verdad, es que debes de disponer de un don fuera de lo común. No puede ser de otro modo.
Ya en la India, Nathan había tenido la intuición de estar en presencia de una señal. Después de su aventura en Pakistán, le parecía aún más evidente que los dos acontecimientos fueran señales e intentaba encontrarles el significado. Quería permanecer lo más racional posible y conservar su espíritu crítico. Pero por mucho que le daba vueltas al problema en todos los sentidos, no encontraba una explicación con sentido para estos acontecimientos. El misterio seguía siendo completo por el momento.
Una tercera situación extraña tendría lugar durante su estancia en Bangladesh. El país acababa de ser víctima de unas impresionantes inundaciones. El agua del mar había cubierto grandes extensiones del territorio a causa de un maremoto provocado por un huracán. Por si esto no fuera suficiente, los ríos y riachuelos se habían salido de su cauce tras las lluvias abundantes que habían caído a lo largo de la última noche de su estancia. Nathan estaba con Simón y Moshé en Dhaka. Estaban alojados en el último piso del hotel. Desde su habitación, Nathan tenía una vista panorámica sobre la capital. Al abrir la ventana esa mañana, pudo constatar los destrozos provocados por el agua. Dhaka ya no era más que un inmenso barrizal en el cual numerosas personas se encontraban aisladas después de haber perdido sus bienes. La gente gritaba presa del pánico.
De repente, Nathan se fijó en la azotea del edificio que se encontraba justo en frente. Una mujer mayor estaba sentada sobre una silla y le miraba fijamente a los ojos. Su cara estaba llena de arrugas. Llevaba una vieja prenda larga llena de barro. Probablemente, habría estado andando por las calles llenas de fango y Nathan dedujo que no vivía ahí. Continuaron observándose hasta que Nathan se sintió incómodo. En ese momento, Moshé llamó a la puerta. Nathan se volvió y fue a abrirle. Moshé le dijo que tenían que darse prisa porque, dado el estado de las carreteras, no sería fácil llegar a tiempo al aeropuerto. Nathan preparó rapidamente su bolsa sin dar mayor importancia a la mujer. Bajó y se reunió con Simón y Moshé que estaban desayunando. Se sentó y pidió el desayuno. Simón dijo que tenía miedo de que no iba a ser fácil llegar al aeropuerto. Se marcharon en cuanto llegó el taxi.
Nathan no olvidaría jamás el espectáculo que se ofrecía ante sus ojos. Las calles se habían convertido en un lodazal. Los coches apenas podían circular. Por todas partes, había gente implorando ayuda. En varias ocasiones, el chófer tuvo que parar. Nathan tenía el corazón en un puño ante tanta desgracia y se dirigió a Simón:
─ ¿Por qué la naturaleza puede ser tan cruel? ¡Es absurdo!
─ ¡El hecho de que la naturaleza sea cruel no quiere decir que sea absurda!
─ ¿Qué sentido tiene?
─ Tiene que ver con el cambio que tendrá lugar como después de cualquier catástrofe.
─ ¿Qué cambio?
─ El cambio de mentalidad. Durante las catástrofes, las personas pueden desarrollar facultades como la valentía, la compasión y la capacidad de relativizar.
El taxi se puso en marcha de nuevo. A Nathan le resultó difícil relativizarlo todo como lo hacía Simón.
─ ¿No podemos hacer nada para ayudar? preguntó.
─ De momento no podemos hacer mucho, suspiró Simón.
─ ¿No es justamente ahora cuando necesitan nuestra ayuda? insistió Nathan.
─ En la calma que sigue a una catástrofe, cada uno puede hacer el balance de lo que ha aprendido.
Siguieron viajando hasta que el taxi derrapó y se salió de la carretera. El coche patinaba y los tres hombres salieron para empujar. En pocos minutos, consiguieron llevarlo de nuevo a la carretera. En el momento en que Nathan estaba a punto de subir al coche después de los demás, pasó algo extraño. La mujer que había visto sobre la azotea estaba de nuevo ante él. Le miraba, esta vez, sonriendo. Nathan le devolvió la sonrisa, se montó en el coche y cerró la puerta. ¿Cómo es posible que esa mujer estuviera primero cerca del hotel y ahora aquí? se preguntó. ¿Cómo había podido llegar hasta aquí en tan poco tiempo? ¿Se trataba de una nueva señal? ¿Debía él hacer algo? Antes de que hubiera podido tomar una decisión, el taxi se puso en marcha de nuevo.
Una hora más tarde, llegaron al parking del aeropuerto. Al final, el trayecto no había sido problemático y habían llegado a tiempo. Después de pasar por el mostrador de facturación, Simón, Moshé y Nathan se dirigieron a la terminal. Había largas colas y los asientos estaban practicamente todos ocupados. Simón compró un periódico y se sentó. Nathan y Moshé decidieron dar una vuelta. De repente, Nathan volvió a ver a la anciana. Ahora era la tercera vez. ¿Habría facturado ella también y la habrían dejado pasar como a ellos? La mujer se sentó y le miraba. Sonreía ahora también. Nathan no entendía nada, pero ahora estaba totalmente convencido de que había venido por él. Le explicó a Moshé que era la tercera vez que veía a esa mujer aquella mañana. Moshé también estaba intrigado. Los jóvenes se acercaron a ella para preguntarle si seguía a Nathan pero sólo hablaba bengalí.
Moshé buscó a alguien que comprendiera también el inglés. Un poco más lejos, encontraron a un hombre que quiso seguirles para traducir su conversación. Moshé repitió la pregunta:
─ ¿Está siguiendo a Nathan?
La mujer respondió de manera muy tranquila, siempre con la misma sonrisa:
─ Sí, así es.
A Nathan no le sorprendió del todo.
─ ¿Me va a continuar siguiendo en el vuelo de regreso a Europa? le preguntó.
─ Vas a tener que viajar aún mucho, respondíó la mujer. Todavía estás empezando.
─ ¿Empezando qué? le preguntó Nathan.
─ ¡El principio de tu búsqueda!
─ ¿Busca algo? se extrañó Moshé.
─ La buena dirección para todos nosotros, afirmó la mujer.
─ ¿La buena dirección hacia dónde? pregunta Moshé.
─ La aprenderá un día y entonces, ¡la comunicará a todos!
Nathan escuchaba y no sabía en absoluto lo que debía pensar. Se planteaba las mismas preguntas que en la India o en Pakistán. ¿Quería aquella mujer engañarle? ¿Dónde veía ella algo que ni él mismo veía? ¿Quería darle a entender algo? Nathan y Moshé miraron a Simon que estaba sentado un poco más allá. Sumergido en su periódico, todavía en el mismo sitio, no se había dado cuenta de lo que había pasado. La mujer miraba a Nathan con ternura y le tocaba la cara con la mano. Nathan le pidió al hombre que siguiera traduciendo. A él también se le había despertado la curiosidad y estaba dispuesto a seguir.
─ ¿Puede preguntarle dónde voy a encontrar la buena dirección?
Moshé se interpuso:
─ Ten cuidado de no dejarte influir por ella.
─ No te preocupes por mí. Quiero tener su respuesta.
─ Debes dejarte llevar por la corriente.
Cada vez se hacía más difícil entender lo que la mujer quería decir, pero Moshé quería saber por qué había seguido a Nathan. Se dirigió hacia el intérprete.
─ ¿Puede preguntarle por qué está aquí?
─ Porque así, me resultará más fácil recordar el sentimiento de la esperanza.
─ ¿Qué es lo que espera?
─ ¡A ti!
─ ¿Qué es la esperanza para usted?
─ ¡La esperanza es el sabor de la alegría futura! declaró la mujer.
─ ¿Está segura de lo que piensa de mí?
─ No estoy segura de nada, pero de todas formas, no es necesario. Se trata de lo que siento cuando te miro.
─ ¿Y qué ve en concreto? preguntó Moshé. ¿Y cómo sabía que Nathan estaba en ese hotel?
─ He seguido a Nathan porque posee algo que poca gente tiene.
Nathan se preguntaba qué imaginaba saber de él esa mujer que no había visto jamás.
─ ¿Qué es lo que poseo? le preguntó.
─ La gente te quiere por lo que transmites sin que tengas que esforzarte por gustarles. Es muy raro. Las personas como tú son envíadas para cumplir un objetivo superior.
En este momento, anunciaban el vuelo a París y se rogaba a los pasajeros que se presentasen en la puerta de embarque. Nathan se despidió de la mujer y dio las gracias al intérprete. Se reunió con Simón acompañado por Moshé. En el avión, Nathan intentaba recordar todo lo que le había dicho la mujer. De nuevo, había un acontecimiento que revelaba cómo le veían algunas personas: como alguien fuera de lo común y, además, vinculado a un destino muy preciso del que no estaba completamente seguro. Moshé y Nathan hablaron con Simón de lo que había pasado. Simón recordaba también los encuentros de Bombay y Karachi. Sin embargo, él tampoco consiguía darles una explicación con sentido. Poco después, Simón se quedó dormido. Moshé susurró entonces a Nathan:
─ Sé quien puede ayudarte.
Nathan adivinó que Moshé había esperado que Simón estuviera dormido para hablarle de ello.
─ Dime.
─ Conozco una mujer que puede ver cosas que los otros no ven.
─ ¡Una vidente!
─ ¡Shh! le dice Moshé. Mi padre no debe saberlo.
─ ¿Por qué?
─ Piensa que esa gente es peligrosa.
─ ¿Por qué dice eso?
─ Según él, se apoderan de los demás, es su forma de ganarse la vida.
─ ¿Y a ti no te da miedo?
─ No, al contrario. Voy a ver a esta mujer regularmente y lo que me dice se cumple a menudo.
─ Déjame pensarlo. Ya te diré si quiero ir o no.
Cada vez que volvía de Asia, Nathan llamaba por teléfono a su padre para transmitirle sus impresiones. Le contaba los hechos extraños que se habían producido y Mauro tampoco sabía darle una respuesta inmediata. Le recomendaba a Nathan que escribiera las experiencias interesantes ahora que aún estaban frescas en su memoria y que intentara establecer relaciones posibles. Nathan le preguntó a Mauro qué le parecía la idea de ir a consultar una vidente.
─ ¿Podría una vidente aclararme las cosas?
─ ¡Nadie dispone de más información sobre ti que tú mismo!
─ ¿Corres un riesgo si vas a ver a una vidente?
─ Sólo hay riesgo para aquéllos que no son totalmente conscientes de su fuerza interior y que, por lo tanto, son fácilmente manipulables.
─ ¿Qué puede pasar?
─ En el mejor de los casos, los videntes intentan hacer a sus clientes dependientes de manera que tengan que volver y continuar pagando por su dosis de satisfacción. Estos videntes son mercaderes de la satisfacción.
─ ¿Y en el peor de los casos?
─ En el peor de los casos, los videntes son opresores que quieren y exigen una sumisión completa.
─ Entonces ¿me lo desaconsejas?
Mauro se tomó un momento de reflexión y después dijo:
─ No, puedes ir. Sé que eres lo suficientemente fuerte.
Algunos días más tarde, los jóvenes fueron a ver a la vidente. Por el camino, Moshé avisó a Nathan de que la mujer podría parecer extraña, pero que no debía tenerlo en cuenta. La vidente vivía en una pequeña casa del barrio de Mouzaïa, en el distrito diecinueve. Se había hecho de noche cuando los jovenes llamaron a la puerta. Una señora mayor vino a abrir. Llevaba un largo vestido violeta y muchas joyas. Moshé debía de venir a menudo por aquí, constató Nathan. La mujer le conocía bien. Entraron. La sala, iluminada solamente por unas velas, estaba llena de muebles. Nathan no se sentía cómodo.
─ He traído a alguien, le dijo Moshé a la mujer.
Nathan se dio cuenta de que no le habían avisado de su llegada.
─ Buenas noches, señora, le dijo. Encantado de conocerla. Me llamo Nathan.
La mujer mira a Nathan y no dice nada durante unos segundos.
─ ¿Tiene tiempo para él?
La mujer quería decir algo, pero por más que lo intentaba, no podía hablar. Se sentía débil y tuvo que sentarse. Moshé y Nathan intercambiaron una mirada y la ayudaron a sentarse en un sillón. Sobre la mesa había una botella y un vaso. Nathan llenó el vaso y se lo llevó. Se arrrodilló al lado de la mujer y se lo dio. La mujer miró a Nathan, tomó el vaso con las dos manos y bebió.
─ No me siento bien, dijo. Hoy no lo conseguiría.
Moshé se sintió decepcionado, pero sobre todo estaba extrañado.
─ ¿No podría hacer una sola sesión? Nathan ha venido especialmente para verla.
La dama continuó mirando a Nathan.
─ ¿Por qué me necesita Nathan?
Moshé no encuentra la respuesta apropiada inmediatamente.
─ El también quiere saber cosas.
La mujer no le había quitado los ojos de encima a Nathan y continuó observándolo.
─ Nathan aprenderá todo lo que debe saber, afirmó.
Moshé no entendía por qué se comportaba de ese modo. Nunca la había visto así. Insistió:
─ También quiere protegerse de las personas malintencionadas.
─ Nathan ya está protegido, declaró la mujer. ¡Incluso goza de una protección fuera de lo común!
Nathan se dio cuenta de que la mujer se sentía incómoda por su culpa y quería irse. Se despidió de ella.
─ Le doy las gracias por su tiempo, le dijo, y siento haberla molestado.
Nathan le hizo una señal a Moshé de que iba esperarle fuera. Nathan salió y se sentó en el coche. Volvió a pensar en lo que acababa de pasar.
¿Por qué, de repente, esa mujer no podía hablar? ¿Por qué no ha querido recibirle? ¿Qué quería decir cuando afirmaba que ya gozaba de protección? Él, que esperaba obtener respuestas, se encontraba ahora con más preguntas… Moshé salió de la casa con aire turbado.
─ ¿Crees que he ofendido a esa mujer?
─ No, pero es verdaderamente raro. No sé qué pensar.
─ ¿Ha dicho algo más después de que saliera yo?
─ Me ha dicho que no te traiga más aquí.
Durante el camino de vuelta, los dos guardaron silencio.