Tranquilidad
Durante las semanas siguientes, Nathan ayudó a Takara en el huerto del albergue. Le gustaba trabajar con ella y aprendió mucho observando lo que hacía. Takara sólo se alimentaba de legumbres cultivadas por ella misma. Se sentía más ligera, decía, porque escogía alimentos fácilmente digeribles.
Además de su relación con la naturaleza, Nathan descubrió aspectos importantes en cuanto a su relación con el tiempo. Independientemente de las circunstancias, Takara nunca se apresuraba ni olvidaba nada. Pero lo que más impresionaba a Nathan era la calma que irradiaba.
─ Pareciera que el tiempo fuera tu amigo, dijo Nathan.
─ El tiempo es amigo de todo ser viviente, respondió Takara.
─ Sin embargo, a veces luchamos contra él.
─ Es totalmente insensato hacerlo, ya que el tiempo es lo único que tenemos realmente a nuestra disposición.
─ Takara, hay algo que me preocupa desde hace ya varios días.
─ Entonces ya viene siendo la hora de que compartas conmigo lo que sientes.
─ Ahora sé que sólo confiando en el tiempo, podremos alcanzar la verdadera calma. Pero, si es el tiempo quien decide todos los cambios, entonces ¿Qué importancia pueden tener nuestros actos?
Takara miró a Nathan y se dio cuenta de la importancia de la pregunta. Le propuso ir a pasear cerca del agua. Mientras caminaban, retomaron la conversación.
─ Ahora sabes que debemos confiar en el tiempo si queremos aprender a aceptar lo inevitable, pero eso no significa que debamos ser indiferentes ante todo lo que sucede. Es importante encontrar el equilibrio entre la paciencia y la impaciencia.
Para comprender esta última frase de Takara, Nathan le dedicó un largo momento de reflexión.
─ ¿Quiere decir que necesitamos tanto la impaciencia como la paciencia? preguntó Nathan.
─ Podría decirse de esa manera. No es por casualidad que somos capaces de generar cambios a través de nuestros actos. Tomemos, como ejemplo, el jardín de hierbas aromáticas o el huerto. Si para mí fuera suficiente con sólo ver las plantas ¿En qué estado crees que se encontrarían?
─ En este caso, también se trata de encontrar el justo equilibrio.
─ Si somos espectadores demasiado pasivos de nuestra vida, podríamos volvernos perezosos en el plano espiritual y, en consecuencia, nuestros gestos tendrían cada vez menos relevancia. Por lo tanto, es muy importante que nuestros actos correspondan a nuestras intenciones.
─ ¿Entonces la calma no sería una suerte de estancamiento?
─ La vida jamás se detiene. Cuanto más avancemos en nuestra vida, tanto más veremos que se desarrolla sin parar y que ofrece una infinidad de posibilidades, mostrándonos en forma progresiva su aspecto único.
─ ¿Cómo se podría explicar que mucha gente jamás haya prestado atención a su misión única y ni siquiera sea consciente del sentido profundo de la vida?
─ Jamás lo han sabido o jamás se han interesado. De manera que viven la vida como una sucesión de acontecimientos caóticos que llaman destino.
─ Ahora lo entiendo mejor. Por su miedo al destino, escogen lo que se les muestra como cierto y así se extravían por completo.
─ Efectivamente. Se pierden justamente por miedo a perderse.
─ Para mucha gente, la vida no es otra cosa que esperar lo que va a suceder.
─ De esta manera pasan la mayoría del tiempo rememorando los momentos perdidos.
─ ¿Podría cambiar una persona que jamás haya adaptado su vida a su misión?
─ Nuestro comportamiento no es la consecuencia de nuestras experiencias, sino de nuestros anhelos.
Estas últimas palabras de Takara alegraron a Nathan, aunque no supo inmediatamente si esto ocurría por la esperanza o por la confianza que le producían, o quizás por un poco de las dos.
─ ¿Qué podría alimentar el interés en su misión única? preguntó el joven.
Takara se sentó sobre una roca e hizo ademán de que Nathan se sentara frente a ella.
─ ¡Nuestra misión única aparecerá cuando liberemos nuestra fuente inagotable!
─ ¿Nuestra fuente inagotable?
─ Quienquiera que siga una pista falsa, se separa de la fuente de todo conocimiento y tendrá que volver a encontrarla si desea descubrir sus mayores anhelos.
Nathan supo que la fuente inagotable de la que hablaba Takara era otro nombre para referirse a nuestra fuerza interior. Takara prosiguió:
─ Sólo podremos descubrir el verdadero sentido de nuestra vida si somos conscientes de esta fuente. Si aprendemos a movernos de manera intuitiva, dominaremos nuestros sentimientos y, por lo tanto, nos libraremos de la cadena interminable de nuestras limitaciones.
Estas palabras produjeron diversas reflexiones en Nathan. Takara se percató de ello y siguió contemplando el agua en silencio. Al cabo de un rato, Nathan preguntó:
─ ¿No debería existir alguna manera para hacerle entender a la humanidad que la vida no se basa en el destino?
─ Sólo cuando tomen consciencia de que existe la fuente inagotable podrán reconocer el orden universal y el lugar único que ocupan en él.
─ Siento que debe de existir una manera para hacer que todo el mundo, sin excepción, tome consciencia.
Takara se puso de pie, colocó sus manos en el rostro de Nathan y le dijo:
─ ¡Disfruta de la evolución, Nathan!
Después dejó que Nathan reflexionara y regresó al albergue. Nathan estuvo nadando el resto del día y durante los días siguientes. Jamás había encontrado tanta inspiración estando en el agua. Una noche, a punto de llegar al albergue, sintió el olor de la leña ardiendo. De hecho, alguien había encendido una gran hoguera. Un joven, cerca de las llamas, removía las ramas que ardían en el fuego sirviéndose de un largo bastón. Nathan se topó con su mirada y supo inmediatamente que Dian había llegado.
─ ¡Por fin!, encantado de conocerte, le dijo.
─ Intentaré ser agradable, respondió Dian con una sonrisa.
Nathan se sentó en el suelo, algo apartado de las llamas. Dian se sentó a su lado y le preguntó:
─ ¿Cómo está Myate?
─ Cuando me fui se sentía mejor.
─ Leewana está ahora con ella.
Los dos jóvenes quedaron por largo rato sumidos en sus pensamientos.
─ No podemos esperar más tiempo, Nathan.
─ El que nos encontremos todos ahora, significa que nuestro proceso de aprendizaje está llegando a su fin.
Takara, que había preparado té, se sentó cerca de ellos.
─ ¿Ya has elegido tu habitación? preguntó Nathan a Dian.
─ Dian no necesita hacerlo, intervino Takara.
─ Yo necesito aprender a controlar mi espontaneidad, dijo Dian. Muy a menudo, trato de imponer mi voluntad.
─ Por su naturaleza, Dian desconoce cualquier tipo de moderación, dijo Takara.
Nathan recordó claramente lo que Takara le había enseñado: cuando debemos restablecer el equilibrio, debemos localizar el elemento responsable de tal desequilibrio. Nathan pudo adivinar lo que Dian necesitaba.
─ ¿Qué debe hacer Dian para ser más moderado? preguntó el joven.
─ Tomar consciencia de la armonía entre los contrastes, respondió Takara. Cuando reconozca esta armonía, entenderá mejor la necesidad de los contrastes para que nuestras energías converjan hacia nuestra evolución.
Nathan reflexionó y preguntó:
─ ¿Es cierto que tratamos, y muchos lo hacen con nosotros, de cambiar a quienes se han equivocado de camino?
─ Depende de qué forma queramos cambiarles, dijo Takara.
─ Por mi parte, explicó Dian, cuando quiero que alguien tome consciencia de que se ha extraviado en el camino hacia el objetivo de su vida, lo hago a menudo de manera destructiva.
─ Cuando llueve a cántaros, dijo Takara, arrastra a las plantas que no tienen raíces profundas y, por lo tanto, mueren. De igual manera sucede con los espíritus lentos, cuando no se les habla de una manera adecuada sobre la vida espiritual.
─ También me cuesta abstenerme de acusar a la gente por su mala elección, dijo Dian.
─ Dian podría producir verdaderos estragos si no aprende a comprender y a abstenerse de juzgar, dijo Takara. Debe aprender que no todo el mundo es capaz de hacerse las preguntas adecuadas sobre la vida que lleva y sobre el mundo en el que vive.
Nathan escuchaba con atención. Se percató de su propia impaciencia.
─ Dian va a hacer un viaje a Bolivia, anunció Takara. Allí aprenderá a entender que todo lo que sucede es necesario, incluso aquello que produce sentimientos negativos.
─ ¿Por qué Bolivia? preguntó Nathan.
─ Dian irá al “Salar de Uyuni”, el desierto de sal más grande del mundo. No existe mejor lugar en la faz de la tierra para aprender a reconocer la armonía de los contrastes.
─ ¿Conoce también mi próxima misión, Takara? preguntó Nathan.
Takara volvió a servir té a sus huéspedes antes de responder.
─ Cuando te vayas de aquí, volverás a ver a alguien que no has visto en mucho tiempo, alguien que se ha extraviado gravemente.
─ ¿Mi misión consistirá en hacerle tomar consciencia de ello?
Takara asintió con la cabeza.
─ Pero es lo que hacemos siempre. ¿Por qué sería diferente esta misión? preguntó Dian.
─ Esta vez, Nathan se sentirá fuertemente involucrado en el plano emocional. Será totalmente nuevo para él. Tendrá que aprender a manejar todo lo que sucede en lo más profundo de su ser.
Nathan entendió la relevancia de su próxima misión y preguntó:
─ ¿De quién se trata?
─ No estás haciendo la pregunta adecuada, Nathan, le dijo Takara.
Nathan sabía que lo que ella quería decir era que no tenía mucho sentido saber más sobre la persona de la que le hablaba, sino que sería mejor preguntarle cuál sería el elemento responsable de su desequilibrio. Al ver que Nathan reflexionaba, Dian trató de ayudar:
─ Piensa que esta misión influirá enormemente en cómo te involucras emocionalmente.
─ ¿Crees que lo que le suceda a la gente no me importe mucho?
─ Por tu naturaleza, siempre vas hacia adelante, sin preocuparte de lo que encontrarás en tu camino, dijo Takara.
─ Entonces, debes aprender a detenerte en lo que la gente siente realmente.
Nathan entendió el mensaje de Takara. Luego preguntó:
─ ¿Cómo puedo aprender a ser menos indiferente?
─ ¡La compasión crece a medida que tomamos consciencia de nuestro guía interior!
─ ¿Mi guía interior?
─ Tu sensibilidad, Nathan.
Los días siguientes, Nathan y Dian pasaron juntos mucho tiempo. Los dos sabían que se hallaban ante el umbral de una misión difícil, sin embargo, se sentían fortalecidos porque estaban convencidos de que, junto a Myate y a Leewana, estarían a punto de lograr algo único. Cada día entendía un poco más que, si unían sus fuerzas, podrían lograr algo de una trascendencia indescriptible. El día que Nathan se marchaba del albergue, Takara buscó a los dos jóvenes. Les dijo que le siguieran y fue a la habitación en la que se encontraban las obras de arte. Se dirigió inmediatamente hacia la pintura ante la cual Nathan se había detenido el primer día y la miró atentamente. Nathan y Dian la siguieron.
─ Los dos habéis aprendido que los elementos se pueden observar en tres dimensiones.
─ Lo recuerdo muy bien, dijo Dian. En la primera dimensión, vemos el mundo físico; en la segunda, el mundo de las ideas; y en la tercera, el camino que nos conduce hacia nuestra consciencia.
─ ¿Has conocido a Melvin, el filósofo brasileño? preguntó Nathan.
─ No, respondió Dian. Lo he aprendido de un psicólogo búlgaro.
─ La obra que vemos aquí, retomó Takara, muestra la totalidad de la segunda dimensión.
─ ¿Quiere decir que todos los pensamientos están reunidos en esta pintura? preguntó Dian.
─ Sí, así es. La forma que toma una idea en el mundo físico depende de cómo el espectador la observe.
Nathan y Dian cruzaron miradas sin comprender. Les era difícil seguir la explicación de Takara. Se dirigió a la cocina y los jóvenes le siguieron. Sostuvo una manzana en la mano y preguntó a Nathan:
─ ¿Qué piensas cuando ves esto?
─ ¡Pienso en una manzana!
Takara colocó la manzana en una tabla de picar, tomó un cuchillo y cortó un trozo fino, lo dejó a un lado y volvió a tomar la manzana en su mano. Hizo la misma pregunta a Dian:
─ ¿Qué piensas cuando ves esto?
─ Aunque la forma haya cambiado un poco, pienso lo mismo que Nathan, ¡Que es una manzana!
Takara volvió a colocar la manzana en la tabla de picar y tomó el trozo que acababa de cortar. Interrogó una vez más a Nathan:
─ Ahora creo que lo entiendo, dijo Nathan.
─ Sí, dijo Dian, también lo entiendo.
─ Enhorabuena, dijo Takara. En la primera dimensión, una idea o pensamiento supone una cantidad, pero no ocurre lo mismo en la segunda dimensión.
Takara hizo ademán de que le siguieran. Salieron de la cocina y se dirigieron al jardín. Takara se volvió hacia ellos para preguntarles:
─ ¿Os acordáis de lo que tenía en la mano en la cocina?
─ Sí, por supuesto, una manzana, respondió Dian.
Takara les hizo entender que los pensamientos existían por sí solos, incluso si no podían observarse en el mundo físico. Mientras Nathan y Dian se sentaban sobre un banco en el jardín, Takara trajo una jarra de zumo de frutas. Llenó tres vasos.
─ ¿Los pensamientos deciden por sí solos el momento en el que penetran en el mundo físico? preguntó Nathan.
─ Esto es posible cuando nos convencen de darles una forma determinada, ya que el deseo de todo pensamiento es el de ser transmitido, respondió Takara.
─ ¿Los pensamientos tienen deseos? preguntó Dian sorprendido.
─ Así como los seres humanos, los pensamientos tienen su propia naturaleza.
─ ¿También tienen una misión única dentro del orden universal? preguntó Nathan.
Takara sonrió. Podía verse su satisfacción. Había logrado convencer a Nathan y Dian de la importancia de esta reflexión. Volvió a llenar sus vasos y dijo:
─ Todos los pensamientos están relacionados los unos a los otros y tratan siempre de unir la primera y la tercera dimensión. Como no dependen ni del tiempo ni del espacio, pueden incluso provocar grandes cambios.
─ ¿Qué tipo de cambios? preguntó Dian.
─ Transmitir pensamientos que hoy en día no tenemos en la primera dimensión, dijo Takara con un tono serio.
Nathan y Dian no olvidarían esta conversación. Gracias a Takara, entendían mejor el papel que desempeñaban las energías presentes en el orden universal, cómo influían en nosotros, y sentían que les serían de una gran utilidad.
Nathan se despidió de Dian y de Takara. Justo en ese momento, se levantó un poco de viento, como a menudo sucedía cuando Nathan se despedía de alguien.
─ Ha sido un gran placer conocerte, Nathan. Durante tu próxima misión, piensa en esto: lo que importa, es lo que ocurre en ti.
─ Gracias, Dian. Para mí también ha sido un placer conocerte y también tengo algo que decirte, un mensaje que te dará fuerza cuando te encuentres en Bolivia: si no fuera por el frío, no sabríamos lo que es el calor.
Takara sonrió y dijo:
─ Leewana pasó mucho tiempo aquí. Tuvimos la oportunidad de conocernos bien, pero creo que sigue sorprendiéndome.
Nathan y Dian no entendieron lo que Takara quería decir y Dian le preguntó:
─ ¿Quieres decir que estos últimos mensajes los ha enviado ella?
─ Hoy nos ha enviado muchos mensajes, dijo Takara riendo.
Nathan se puso en pie y abrazó a Takara y a Dian. Luego tomó su equipaje y se marchó del albergue. Vio llegar al joven pastor que le había indicado el camino. Nathan se dirigió hacia él y le preguntó:
─ ¿Podrías indicarme el camino al puerto?
─ ¿Has cambiado de idea?
─ ¿A qué te refieres?
─ ¿No querías quedarte en Chuenchai?
─ Sí, pero me marcho hoy.
El chico parecía sorprendido. Miró a Nathan por un momento y luego caminó en silencio. Nathan le siguió y preguntó:
─ ¿Por qué te sorprende verme?
El chico miró de nuevo a Nathan y dijo:
─ ¿Puedo preguntarte algo?
Nathan asintió.
─ ¿Cuánto tiempo hace que me viste por primera vez?
─ Hace algunas semanas, ¿No lo recuerdas?
El joven pastor seguía sorprendido.
─ ¿Qué tiene eso de sorprendente? le dijo Nathan.
─ Tu misión debe de ser muy importante...
─ ¿Qué relación existe entre tu asombro y mi misión?
─ Como he dicho antes, el tiempo pasa más lentamente en Chuenchai, pero durante tu visita, el tiempo pasó en verdad muy lentamente...
─ ¿Tiene algo que ver con mi misión?
─ La dilación que se produce en el albergue depende de la magnitud de la misión única del visitante. Cuanto más se detiene el tiempo, más importante es la misión.
El joven pastor se detuvo y dijo en tono serio:
─ ¡Jamás había visto a alguien entrar y salir el mismo día!
Para Nathan, tal observación confirmaba una vez más la importancia de su tarea. El resto del camino transcurrió en silencio. Al llegar al puerto, el joven se despidió de Nathan. Una vez más, se levantó el viento.
─ Tengo un último mensaje para ti, algo que te servirá durante tu próxima misión.
Nathan escuchó con atención.
─ Muéstrate compasivo ante quien cometa graves errores, ya que desconoces lo que su corazón ha sufrido antes de cometerlos.
Después de estas palabras, el joven pastor se alejó, no sin antes agradecerle el mensaje y unas palabras de agradecimiento a Leewana. Nathan tomó el primer barco con destino a Laem Ngop. Ya a bordo, se hizo a si mismo dos preguntas: ¿en qué consistiría su próxima misión?, y, ¿quién sería esa persona desorientada? Con estas incógnitas, se quedó dormido.