Unión

 

 

Después de la cena, Songo llamó a la puerta. Examinó a Sophie, le tomó la temperatura y le preguntó qué había comido durante los últimos días. Ella le contó lo que recordaba.
─ ¿Cree que es grave? le preguntó ella.
─ No se preocupe, estos síntomas están provocados por un ligero desequilibrio del metabolismo.
Nathan y Sophie reconocieron el particular lenguaje de Songo.
─ Esto me ha ocurrido en un mal momento porque regreso mañana a Francia.
Songo se detuvo durante un instante:
─ ¿Hay algún momento bueno para caer enfermo? preguntó a Sophie.
Este comentario la hizo sonreir. Songo pidió a Nathan que calentara agua y a continuación abrió su maletín. Era una maletín grande con un compartimento lleno de hierbas medicinales. Songo sacó unas hojas largas que le dio a Nathan. Nathan se acordaba de que la gitana de Granada había utilizado también este tipo de plantas para curar a la mujer del pastor.
─ Cuando hierva el agua, dijo Songo, añade estas hojas.
─ Parecen malas hierbas, dijo Sophie.
─ Ese es el nombre que la gente da a las plantas de las que todavía no han descubierto las propiedades, respondió Songo.
Sophie continuó dudando.
─ ¿No tiene otros medicamentos? preguntó.
─ No hay nada mejor que esto para reequilibrar eficazmente el metabolismo.
El agua hirviendo se había transformado en infusión. Nathan trajo el cazo y lo puso sobre la mesita.
─ ¿Para qué sirven estas hojas? preguntó a Songo.
─ Son plantas medicinales que neutralizan el veneno.
─ ¿El veneno? se extrañó Sophie.
─ Comemos alimentos que no nos convienen en absoluto. Nuestros alimentos tienen que ser transformados por el sistema digestivo, sino acabarían siendo veneno para nosotros.
─ ¿Es por eso por lo que muchas comidas nos parecen tan pesadas? preguntó Sophie.
─ Sí, en diferentes grados, hasta que son asimiladas por la digestión.
Songo dejó que Sophie bebiera su infusión caliente a pequeños sorbos y le dio suficientes plantas para los días siguientes. Nathan estaba cada vez más fascinado por el anciano que parecía poseer muchos conocimientos.
─ ¿Cómo ha aprendido todo esto?
─ En parte, gracias a las viejas tradiciones y, en parte, gracias a la experiencia, respondió Songo. Creo en la fuerza de la naturaleza y siempre intento reproducir su armonía.
─ ¿Qué quiere decir con eso? preguntó Nathan.
─ Lo aprenderás observándome. Es suficiente con ver cómo me relaciono con los demás para comprender hasta qué punto soy consciente de la naturaleza.
─ ¿Qué quiere decir con ser consciente de la naturaleza?
Songo se dio cuenta de que Nathan estaba realmente interesado. Se sentó cómodamente en la misma posición que él y hacía los mismos gestos con la mano que él cuando le contestaba.
─ Reconozco que existe una fuerza infinitamente más grande que nos parece imposible a muchos de nosotros. Por ello, a veces se la denomina sobrenatural. Pero yo considero que es como la armonía natural que está al alcance de cada individuo.
─ Muchas de las personas que tienen una concepción moderna de la vida son escépticas en cuanto a su opinión de la armonía natural, y ven el mundo como un inmenso caos, dijo Nathan.
─ Esas personas tienen a menudo una relación menos consciente con la naturaleza y se alejan de su perfecta armonía. Desarrollan una confianza ciega en la tecnología y tienden a pensar que pueden tener así más influencia sobre el futuro.
Esta conversación le demostró a Nathan que Songo podría enseñarle muchas cosas y le reveló no solamente la sabiduría del anciano, sino también su personalidad que le resultaba cada vez más fascinante.
─ Sophie sale mañana para Francia. En cuanto a mí, me voy a quedar para descubrir mejor este país fascinante y me gustaría poder proseguir esta conversación con usted.
─ Esta es mi dirección. Ven a verme cuando tengas tiempo.
Songo se despidió de Nathan y Sophie, que discutirían sus planes durante la velada.
─ Soy la responsable de un importante proyecto artístico con niños, dijo Sophie. Está organizado en cooperación con la ciudad de Marsella.
─ Esa es una bonita iniciativa a la que dedicarte y, además, te va perfectamente bien, respondió Nathan.
─ ¿Sabes cuándo volveremos a vernos?
─ No, solamente sé que estoy deseando que llegue ese momento.
Sophie permaneció en silencio durante unos instantes.
─ Hemos pasado aquí momentos inolvidables.
─ Y nos llevamos de nuevo un montón de recuerdos.
Al día siguiente, Sophie se sentía ya mejor. La infusión de Songo había funcionado. Mientras hacía sus maletas, Nathan se había ido a renovar el alquiler del apartamento y el del coche. Llevó a Sophie al aeropuerto por la tarde y se despidieron de nuevo llenos de emoción. Un día mas tarde, Nathan se dirigió al espléndido litoral del norte de Ciudad del Cabo, donde se bañó y volvió a pensar en su viaje. Estaba convencido, más que nunca, de que se encontraba en un buen sitio para proseguir con su aprendizaje y quería saber si podía pasar algo de tiempo con Songo. Le llamó a la mañana siguiente y quedaron en verse. Songo vivía en una casita de campo dentro de una magnífica hacienda. Esta daba trabajo a personas que vivían en pequeñas viviendas dentro de la propiedad.
A Nathan le sirvieron una copiosa comida. Disfrutó, sobre todo, de los bredies, un estofado típico del país. Durante la comida, reveló sus intenciones.
─ ¿Si me quedo en su casa y le ayudo con sus actividades cotidianas, podría mi presencia serle de utilidad?
─ ¿Puedo preguntarte cuáles son los motivos? preguntó Songo.
─ Son dos: en primer lugar, querría darle las gracias por haber curado a Sophie. Me ha llamado para decirme que está estupendamente bien.
─ Me alegra saber que está mejor.
─ En segundo lugar, me gustaría acompañarle en sus visitas médicas para aprender lo más posible junto a usted.
─ ¡Uno de esos dos motivos es más que suficiente!
Durante las semanas siguientes, Nathan se familiarizó con la vida cotidiana de Songo. Visitaron juntos a una gran cantidad de pacientes. Nathan se dio cuenta de que Songo tenía una sólida reputación y que se le requería en todo el país. Una tarde en la que estaban libres, Nathan y Songo se fueron a Chapman´s Peak, un lugar situado fuera de Ciudad del Cabo con un litoral magnífico. Se sentaron en una roca para admirar la vista. Nathan quiso hablar de algo que le intrigaba. Los dos habían visitado a personas pertenecientes a toda clase de orígenes y religiones. Sin embargo, todas compartían la misma confianza sin límites en Songo. Había sabido ser aceptado por todos.
─ ¿Por qué existe tanta incomprensión entre la gente de orígenes diferentes?
─ Porque, en general, prestamos más atención a las diferencias que a las semejanzas.
Esas palabras le recordaban a Nathan los comentarios de Adnan.
─ ¿Cómo es entonces que le entienden en todas partes? preguntó.
─ Para comprenderlo, tienes que armarte de paciencia y aprender a inspirar confianza.
Nathan retomó la manera de hablar de Songo.
─ ¿Cómo se consigue ser aceptado por gente que vive de forma diferente y cómo se puede inspirar confianza?
─ Bueno, Nathan, la Conciencia no es más que una pequeña parte de nuestra actividad psíquica. La mayor parte la constituye el inconsciente. Cuando abordas a alguien, es mejor dirigirse a su inconsciente.
─ ¿Cómo puedes dirigirte a su inconsciente?
─ Primero, tienes que atravesar unas redes tejidas por la desconfianza. Es lo que acabas de hacer al imitar mi particular manera de hablar.
Era lo que Nathan había hecho. Se había familiarizado con el estilo de Songo y sus originales metáforas. Sabía también que Songo atraía así la atención de sus interlocutores sobre su mensaje. Sabía que debía escuchar atentamente, plantear las preguntas adecuadas y recurrir a su imaginación.
─ ¿Cuál es el papel de las redes de la desconfianza?
─ Impiden que la información llegue al inconsciente.
─ ¿Consigues siempre atravesar esas redes?
─ Empiezo a analizar el lenguaje corporal de mis interlocutores. Observo la mayor cantidad de detalles posibles y los imito cuando estoy en su presencia.
─ ¿Los imitas?
─ A menudo, tiene más impacto lo que la gente ve que lo que escucha.
Esas palabras confirmaban a Nathan el poder de lo visual.
─ La gente tiene la impresión de que soy uno de los suyos, prosiguió Songo. Muchas personas piensan que si te comportas como ellas, es porque has sido educado de la misma manera y compartes sus preocupaciones.
Esas lecciones le resultaban muy valiosas a Nathan. Comprendía mejor la influencia de las imágenes en la comunicación. Se sentía bien en compañía de Songo y, cada vez más a gusto, en Sudáfrica, un país cuya deslumbrante belleza le impresionaba. Un poco más tarde, Nathan y Songo se dirigieron a los ghettos de Johannesburgo. Songo visitaba desde hace tiempo algunos barrios donde conocía a mucha gente. Era la segunda vez que Nathan iba allí y, al igual que la primera vez con Sophie, le impresionaban las condiciones miserables de vida que reinaban.
─ ¿Cuántos niños sudafricanos viven en la pobreza? preguntó a Songo.
─ No sabrás más por conocer su número, respondió Songo.
Songo no dijo nada más y Nathan no insistió. Continuaron andando hasta que Songo se dirigió hacia un niño pequeño que llevaba un pantalón corto y una camiseta rota. Estaba muy delgado y hacía tiempo que no se lavaba. Esbozó una tímida sonrisa cuando vio que Songo quería hablarle. Songo hablaba en xhosa.
─ ¿Cómo te llamas?
─ Moyo, dijo el chico.
─ Es la primera vez que te veo por aquí.
─ Llegamos la semana pasada y estamos durmiendo allí.
Moyo le señaló con el dedo unas grandes conductos de hormigón por donde deambulaban algunos grupos de niños. Songo traducía la conversación. Nathan reaccionó extrañado:
─ ¿Vives ahí? le preguntó a Moyo señalando los conductos.
─ Sí, con mi hermano pequeño, respondió Moyo.
─ ¿Con quién has venido aquí? preguntó Songo.
─ Con mi hermano pequeño, dijo Moyo.
Songo tradujo y Nathan, de nuevo, se quedó estupefacto.
─ ¿Dónde están tus padres?
─ Hace un año que vivimos solos, respondió el niño.
─ ¿Qué edad tienes? preguntó Songo.
─ Nueve años.
Nathan sentía una compasión sincera y se puso en cuclillas.
─ Y tu hermano, ¿qué edad tiene?
─ Mi hermano pequeño tiene seis años, dijo Moyo.
Nathan se dirigió a Songo.
─ ¿No podemos ayudarles?
Songo le miró sin responder. Después de una breve pausa, retomó la conversación con el niño:
─ ¿Necesitas algo?
Moyo dudó un momento y luego se decidió a pedir un favor.
─ ¿Conoces a esos jóvenes que viven en los conductos?
─ Conozco a algunos. ¿Por qué lo dices?
─ Algunos nos molestan.
─ Voy a hablar con ellos para que sepan que tu hermano y tú sois amigos de Songo. Songo besó a Moyo en la frente. Nathan hizo lo mismo y le deseó buena suerte al niño.
─ Ves, Nathan, dijo Songo, este joven no se ocupa solamente de el, sino también de su hermano pequeño. De esta manera, con nueve años, hace el papel de padre y de madre.
─ No es más que la historia de dos niños, pero eso te enseña más que saber cuántos de ellos viven en la miseria.
Nathan entendió la lección que Songo le acababa de dar y se sumergió en sus pensamientos.
─ ¡Los hombres carecen de humanidad!
Songo se había dado cuenta de hasta qué punto Nathan estaba emocionado.
─ Todavía no somos capaces de vivir como nosotros queremos, en paz, armonía y amor. Somos los únicos seres en el mundo que se destruyen a sí mismos.
─ Necesitamos tantas cosas para ayudarles a todos, respondió Nathan.
Songo se detuvo a mirarle.
─ Un poco de amor puede hacer maravillas.
Al día siguiente, Nathan y Songo hicieron una excursión a un cañón espectacular. Al llegar se fueron en un observatorio llamado “la ventana de Dios” desde donde tenían una vista magnífica sobre el gigantesco cráter. Nathan estaba todavía impresionado por lo que había visto el día anterior. Songo, que era perfectamente consciente de ello, aprovechó el día para permitirle reponerse y “digerir” sus impresiones. Era la razón por la que había elegido ese lugar espectacular.
─ Es importante, dijo a Nathan, que te impregnes de bellas imágenes después de las desagradables escenas que viste ayer.
─ Mucha gente no se da cuenta de la suerte que tiene al no tener que vivir en esas condiciones. A menudo me pregunto por qué hay tanta miseria, tanto sufrimiento, tanta pena.
Songo puso su mano sobre el hombro de Nathan.
─ La desgracia cobra sentido cuando uno de nosotros se compadece de la desgracia de otro y cambia su comportamiento.
Nathan se acordó que estos comentarios se parecían a los que había pronunciado Simón durante las inundaciones en Bangladesh.
─ ¿Cómo puede cobrar sentido la desgracia?
─ El dolor del prójimo nos permite desarrollar en nosotros la humildad, la valentía, la generosidad y el amor que son cualidades indispensables para transformarnos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea.
“¡Transformar el mundo que nos rodea!”. Las últimas palabras de Songo siguieron resonando en la cabeza de Nathan.
─ Pero el dolor físico, la miseria e incluso la muerte, ¿son realmente indispensables? pregunta Nathan.
─ La vida no es únicamente una alianza entre los vivos, sino también una alianza entre los vivos y los muertos y los que están por nacer. La muerte nos ayuda a tomar conciencia de la vida. Si viviéramos eternamente, no podríamos experimentar la vida.
Esto constituía para Nathan una visión totalmente nueva de la muerte.
─ Pero dejemos la muerte por el momento, ya volveremos sobre ella. Recuerda simplemente que es suficiente con que cambies lo que puedas cambiar y que debes aceptar el resto, pero aprende, sobre todo, a distinguir una cosa de la otra.
Nathan reconocía la sabiduría de Songo y confíaba cada vez más en él. Tras esto, los dos hombres dieron un largo paseo alrededor del cañón.